Desde que nació Inés he tenido la intención de escribir la experiencia de mi parto, no sólo para no olvidarla, sino para poderla compartir. Mientras más leo y escucho las experiencias de otras mujeres, más me convenzo de la importancia de conocer y transmitir las historias de partos como el mío, en el que el respeto y el acompañamiento fueron vitales para convertirlo en mágico.

No voy a decir que no sentí dolor o que dar a luz es algo que se hace como cualquier otra cosa. Lo que sí puedo afirmar es que las sensaciones de dolor e intensidad que viví a lo largo de todo el trabajo de parto son únicas y prácticamente indescriptibles; todavía recuerdo lo difícil que era encontrar una manera cómoda de estar o de pasar la contracción. Sabía, sentía que debía moverme, que debía encontrar posiciones que ayudaran a hacer llevadero el dolor. Curiosamente, mientras más pasa el tiempo, más se desvanecen los “recuerdos sensoriales” (si eso existe) del dolor, y en cambio perduran las emociones: la alegría, la vitalidad, la fuerza. Sobre todo la sorpresa  -la magia- de recibir (y sentir) a Inés en mi pecho.

Se me rompió la fuente a la 1am y llegué al hospital a las 10:30. Tenía casi 8 cm de dilatación, así que buena parte del trabajo lo hicimos en casa. Fue vital la información y guía que Jezreel y yo recibimos a lo largo del curso de Guadalupe: la noche entera estuvimos trabajando: él hacía la maleta; releía los documentos que nos dieron en el curso para reconocer las etapas del parto; tomaba el tiempo de las contracciones… mientras yo cerraba los ojos, buscaba diferentes posiciones para “torear” la siguiente contracción, me movía, vocalizaba.

Ahora veo el proceso del parto como un verdadero viaje (journey es un mejor término). Experiencia llena de sensaciones que como nunca (o casi como nunca, quizá sólo el sexo es también así) está en la piel, en los huesos, en el centro del cuerpo. Y los ojos no se usan. Al menos yo me olvidé de la vista: tengo muy pocos recuerdos visuales; ciertas escenas acaso. Recuerdo más, mucho más, las voces, los ruidos, mi cuerpo. Mi voz vocalizando: abrir la boca y “cantar”: forma casi mágica para aliviar la presión en la cadera, para abrirla y ayudar a conducir -así lo visualizaba yo- a Inés hacia abajo.

Y cerrar los ojos al exterior fue lo que quizá me permitió con toda entereza dejarme llevar hasta el fondo de ese viaje. Allá adentro no existía el tiempo: sólo un presente contundente en el que sólo importaba “este” instante. Y en ese tiempo sin tiempo, esa mirada interna me dejaba “ver” que el dolor era fuerza que ayudaba al movimiento de Inés, y que aunque yo no podía controlar su intensidad ni duración, sí podía cooperar para conducirla. Buena parte de mi viaje consistió entonces en convertir el dolor en fuerza de apertura.

Inés nació en agua, cuatro horas después de que llegamos al hospital. Cada día que pasa me siento más contenta de haber traído a Inés al mundo de esta forma: no sólo rodeada de compañía y soporte (Jezreel, Mercedes y José Eduardo Serratos, mi doctor, fueron fundamentales), sino con toda la confianza y seguridad de que no habría nada que impidiera que todo saliera bien. Con ese acompañamiento pude estar en la intensidad y la fuerza que demanda el parto, pero también en un universo interno, muy íntimo y pacífico, inmersa en unas profundidades de mi conciencia que no conocía hasta ahora.

Me siento muy agradecida de haber sido orientada y apoyada por ustedes. El curso es realmente una maravilla. Es una preparación en serio: no sólo da información, sino confianza y fortaleza. La guía y la compañía de Mercedes el día del parto fueron importantísimas no sólo para mí, sino también para Jezreel, y finalmente para Inés: estoy segura que nacer con tanto respeto, alegría, canto y compañía, es una manera mágica de comenzar la vida.

Nely Maldonad