No hay nada más gratificante que poder observar cómo una mamá y un bebé se conectan, se sienten, se enamoran… Esto es lo que se logra cuando recurren a nosotras y en la visita posparto nos dan la oportunidad de ayudar a una mamá a encontrarse con su maternidad y a tener la confianza y seguridad que necesita…

Gracias a María, Pablo y al pequeño Javier por compartir su historia.

Patricia y Ana


EL HERMOSO CAOS DE TENER UN BEBÉ EN CASA

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El 22 de enero a las 10.28 de la noche nació nuestro hijo Javier. Nada se compara con la emoción y alegría que vivimos ese día.

La primera noche todo fue felicidad y tranquilidad. Javier estuvo con nosotros hasta las 4 de la mañana y posteriormente se lo llevaron a los cuneros a terminar de pasar la noche. Nosotros aprovechamos para descansar y amanecimos temprano con mucha ilusión de volver a ver a nuestro bebé.

Javier se portó muy bien durante todo el día. No lloraba y al parecer comía muy poco. Creímos habernos librado de todas aquellas historias que nos platicaban los amigos, de bebés que no paraban de llorar al tener hambre.

Llegó la noche y la enfermera del hospital nos preguntó si queríamos dormir con nuestro bebé en el cuarto o si preferíamos que se lo llevaran a los cuneros. Nos recomendó ampliamente lo segundo, pero eran tantas las ganas de no separarnos de Javier, que ni siquiera contemplamos esa opción. Hasta ese momento todo eran alegrías.

Poco tiempo después de dormirnos Javier empezó a llorar. La mamá, confiada en que su hijo tenía hambre, se lo colocó en el pecho para darle de comer. Pasó el tiempo y Javier no parecía satisfacerse, a pesar de llevar ya varias horas pegado a su pecho, se notaba desesperado y cada vez el llanto era mayor. Padre y madre lo cargamos, le sacamos el aire y le cambiamos el pañal, buscando la razón por la cual Javier no paraba de llorar. Viendo sus gestos, llegamos a la conclusión que nuestro hijo seguía con necesidad de comer. Fueron horas de mucha frustración y cansancio, principalmente para la madre que veía a su hijo llorar sin parar pero que no podía satisfacerlo debido a la poca leche que creía que su cuerpo apenas comenzaba a producir. A las 3 de la mañana, nos dimos por vencidos y llamamos para pedir ayuda a una enfermera. La solución que propuso la enfermera y que terminó por calmar el llanto de Javier, fue una toma de fórmula. Agotados y desmotivados por haber tenido que usar fórmula, recurrimos al sueño para reponer ánimos y retomar la ilusión.

Las siguientes 4 noches volvieron a ser complicadas y en un par de ocasiones recurrimos a la fórmula de nueva cuenta. Los pezones de la madre cada vez se lastimaban más, volviendo muy dolorosa cada toma de leche.

Un sentimiento de impotencia y angustia comenzaba a dominarnos; a pesar de que sus pechos ya estaban produciendo leche, los pezones estaban adoloridos y lastimados, impidiendo satisfacer el hambre de Javier. Desesperados y cansados,  platicamos acerca de la posibilidad de utilizar fórmula o biberón de manera recurrente. Sin embargo, antes de tomar una decisión tan importante, decidimos buscar a Ana y Paty, que mucho nos habían ayudado en el curso prenatal de Experiencia. 

Fue la mejor decisión que pudimos haber tomado; Ana y Paty acudieron en seguida a la casa para darnos consejos acerca de cómo amamantar a Javier y cómo reparar el daño en los pezones. Nos ayudaron a recuperar la confianza perdida y la ilusión de poder amamantar nuevamente.

Hoy se cumplen dos semanas del nacimiento de Javier y podemos compartirles que los momentos de impotencia y frustración que vivimos en los primeros días, hoy son momentos de unión, amor y cariño.

Ana y Paty: muchas gracias por estar cerca y por las enseñanzas y el cariño que nos dieron.

Un beso,

María, Pablo y Javier