Sabemos parir
Por Mercedes Campiglia
Eran las 10:00 de la noche y tenía cuatro centímetros de dilatación cuando llegamos al hospital, de modo que supimos que nos encontraría la madrugada en este trabajo de parto que había empezado sin que nadie lo apresurara a las 41 semanas con tres días. Cuando el cuerpo se puso a empujar al niño, su cabeza encontró un cérvix que no le ofreció resistencia porque se había ido ablandando con el pasar de los días y, como las contracciones eran buenas, el corazoncito pulsaba rítmicamente y el líquido que escurría por su vagina era claro... todo pintaba excelentemente.
Después de una sobada en la espalda se metió a la regadera acompañada por su marido y, transcurrido un rato, desde el otro lado de la puerta se escuchó un reventar de agua que confirmó que las membranas habían terminado de romperse. Dolor en la espalda, ganas de ir al baño, náuseas… todas señales espléndidas.
En un momento dudó si podría, yo estaba convencida de que sí: ”Recuérdenme por qué vale la pena tener un parto sin anestesia" dijo, y su marido se lanzó a dar una serie de amorosos argumentos de aliento que yo no habría podido formular. ¿Por qué? Pensé… en realidad no tengo respuesta más allá de la consabida cascada de intervenciones que la interferencia desencadena. Cada vez me siento menos inclinada a la defensa del parto con o sin anestesia y más a la defensa del derecho a decidir de las mujeres.
Pasado un rato escuché sonidos que me hicieron pensar que el bebé estaba cerca; me asomé con una luz entre sus piernas y confirmé mis sospechas. La vulva empezaba a abrirse. Le avisé a la enfermera, la ayudé a secarse y la invité a salir del baño para que su médico pudiera atenderla. “¿Como quieres acomodarte para que nazca?” Le preguntó él abriendo de tajo todas las puertas. “Creo que de pie” dijo ella; así había pujado a su primera hija. Até un rebozo a la cama para que tuviera de dónde sostenerse y pujó un buen rato en esa postura, pero pese a que la cabeza ya alcanzaba a verse, no terminaba por decidirse a salir definitivamente. Le sugerimos otras posiciones pero ninguna le acomodaba; la presión era demasiado intensa. “Quiero ir al baño” dijo y todos pensamos que era buena idea. Ni bien se sentó en el excusado escuchamos el pujo que habíamos estado esperando y en un par de minutos estaba recibiendo a su nene en brazos.
Pagó un hospital de primera para terminar, como tantas mujeres, pariendo en el baño… y su médico no tuvo inconveniente alguno con ello. Conocedor de la fisiología, le había advertido desde antes que esto ocurría con frecuencia y simplemente le pidió que se pusiera de pie cuando vio que la cabeza empezaba a asomarse. De eso hablamos cuando decimos que la mujer debe elegir libremente dónde y cómo pujar. Ella necesitaba el espacio íntimo y seguro que el baño le proveía, y no hubo cama Hill Room, silla maya ni recurso que pudiera reemplazarlo. Allí se acomodó el ginecólogo para atenderla, allí se fue el marido para abrazarla con los ojos llenos de lágrimas, allí se acercó el neonatólogo a confirmar que el bebé estaba perfectamente saludable.
Sabemos parir, solo necesitamos que nos dejen conectar con nuestro cuerpo y tomar el comando de la experiencia.