La flor del durazno
Por Mercedes Campiglia
Ella es hermosa, tiene una de esas bellezas que se arraigan en el alma y se extienden más allá de la piel, floreciendo como el durazno. Su sonrisa tiene la cualidad peculiar, que he visto en algunas pocas, de iluminar con un sutil brillo a la opaca materia, como si estuviera dotada de una especie de bioluminisencia.
Su parto entonces, como era de esperarse, fue la primavera. Ocurrió de día como si la vida retirará todos los velos para no perder detalle del espectáculo. El proceso avanzó suavemente en su cuerpo hasta que estuvo lista y rodeada de sus afectos; su madre sosteniéndole la mano, su esposo metido al agua junto a ella y su entusiasta morrito de dos años saltando para hacer olas y dejarnos a todos empapados y sonrientes.
En una tina con algunas flores y un montón de juguetes Emma salió de su cuerpo, rosada y perfecta como un durazno. Y es que así es la verdadera belleza, fresca y ligera; poco tiene que ver con la perfección y nada en absoluto con las ideas prefabricadas y rígidas que nos hacemos de ella. La belleza no es materia, es luz; la que irradian algunos seres, esa que tiene la capacidad de encender con su brillo nuestras almas.
No podré nunca agradecer lo suficiente por toda la belleza que a mis ojos se les ha permitido en esta vida contemplar.
La voz interior
Por Mercedes Campiglia
16 horas pasé ayer metida atrás de una mascarilla N95 y unos goggles, acompañando a una mujer en trabajo de parto. Tuve una probada mínima de lo que el personal de salud enfrenta cada día: dificultad para respirar, visor que se empaña, temor de tocar superficies porque cualquiera de ellas podría estar infectada, sed y miedo de retirarse la mascarilla para beber agua, lo que conduce a que la garganta esté cada vez más reseca, hambre y temor de salir a comer porque alrededor del hospital circulan los enfermos y sus parientes; campo minado, gotas de sudor deslizándose por el cuerpo y la cara... pero, ante todo, la dificultad inmensa que comprende establecer un vínculo a través de semejante parafernalia. El otro, visto como potencial fuente de contagio, conduce a levantar barreras... y, en medio de las murallas, una mujer desnuda, como una ciudad sitiada, intentaba parir un hijo.
La fuerza de esa madre y el amor de su pareja para sostenerla en su deseo de parir, a pesar tenerlo todo en contra, me resultó absolutamente conmovedora. El nacimiento no se arrancó por sí solo... ¿cómo habría de hacerlo si sabemos hace tiempo que oxitocina y adrenalina son hormonas antagónicas? Y quienes acompañamos partos en estos tiempos hemos constatado cómo una y otra embarazada pasan de largo de la semana 41 porque no hay quien se anime a ponerse vulnerable en un momento en el que las personas se refugian en sus casas porque saben que el miedo cabalga desbocado por las calles.
Un “empujoncito” de oxitocina suele bastar para que el cuerpo se anime a iniciar el viaje, le dijo su médico, pero no resultó así en este caso, lo cual es completamente razonable considerando el hecho de que los padres eran asistidos por una doula apenas reconocible tras su coraza, que evocaba un pato y un médico que portaba una careta de Ironman. 28 horas de goteo de oxitocina -yo nunca antes había visto algo semejante- todas las posiciones, todas las maniobras y un avance microscópico pero constante. Cuando, con dilatación completa tras el titánico esfuerzo, vimos que el bebé se negaba a descender, el médico recomendó rotarlo con una ventosa: “guiar la cabeza puede ayudar para que finalmente nazca“; sonaba razonable intentarlo pero ella dijo NO. Lo dijo desde un lugar rotundo y contundente que no quedaba más que escuchar; sencillamente no quería seguir adelante. Y un parto humanizado comprende, ante todo, escuchar a la mujer y atender su deseo.
“Pensé que era más fuerte, estoy acostumbrada a conseguir lo que me propongo; lo había planeado tanto" dijo con los ojos llenos de lágrimas por primera vez cuando vio acercarse el fin de su largo y desafiante viaje. Sus palabras penetraron las murallas y estallaron, como si se tratara de cristales, todas las barreras que pudieran permanecer en pie, dejando mi corazón desnudo.
No hay nada más que ella hubiera podido hacer, no hubo estrategia alguna que no intentara... decir NO en ese contexto era simplemente un acto de fidelidad con la voz interior que le gritaba desde las entrañas que había llegado el momento de cambiar de ruta. No se trató en absoluto de un acto de cobardía, sino de la más valiente de las decisiones, la de renunciar al proyecto al que se había dedicado en cuerpo y alma. Peleó como una leona, incansable, y pelear es también reconocer cuando se está ante una batalla que resulta preferible no librar.
Escuchar nuestras voces, las que nos lanzan a contracorriente de lo que anhelamos, no es cosa sencilla. Requiere de enorme valentía. El parto es un camino que no queda más remedio que recorrer a ciegas, avanzando un paso a la vez, sin conocer de antemano el desenlace de la historia. Las decisiones se toman bajo el velo de una neblina espesa que impide ver lo que hay adelante de manera que nunca podremos saber el destino al que nos hubiera llevado una desviación que no elegimos.
No queda entonces más remedio que caminar mirando el pie que avanza, dar cada paso considerando la información que tenemos disponible en el momento y recurriendo, con frecuencia, a la brújula de la intuición. Existen criterios para tomar decisiones, guías de práctica clínica que indican en qué escenario se recomienda qué cosa. Pero desafortunadamente no hay guía capaz de vacunarnos de todo riesgo por lo que la voz más importante a escuchar es la de las mujeres a las que acompañamos.
Son ellas quienes pondrán el cuerpo y quienes se llevarán a casa los arañazos de la batalla, así que son ellas quienes deben estar todo el tiempo a cargo. Pero no es sencillo para nadie escuchar la voz de su intuición cuando no está alineada con el deseo.
Quienes las acompañamos humildemente aceptamos que no podemos más que caminar a su lado, haciendo uso de lo que nos dejan conocer nuestros saberes para asesorarlas, pero reconociendo de antemano que no somos dueños del destino de las almas. El desenlace será victorioso siempre que la mujer haya sido dueña de su cuerpo y capitana de su embarcación, independientemente de la tormenta que le toque atravesar, y habremos naufragado cada vez que intentemos tomar el timón por ella
Hoy fui la doula que hace años alguien fue para mí
Por Mercedes Campiglia
Su doctora les dijo que tendría que programar una cesárea para el día siguiente debido a una serie de factores que le preocupaban: el tamaño del bebé y la placenta, la presión elevada de ella, el volumen de líquido amniótico, la frecuencia cardiaca... entendiendo que ésta era la mejor vía, los padres empezaron a prepararse para recibir a su hijo en lo que imaginaban sería una cesárea humanizada a la que insistieron en que les acompañara. Pensé que poco tendría para aportar en este nacimiento pero no pude estar más equivocada.
En cuestión de horas todo fue cambiando precipitadamente... de forma fortuita descubrieron que su doctora tenía planes diferentes a los suyos, que no pensaba atenderla en el hospital pactado sino en otro en el que no estaba siquiera contemplada la posibilidad de que el padre estuviera presente en el nacimiento. Se fueron revelando una serie de engaños que les llevaron a perder la confianza y habiéndose perdido eso no hay vuelta atrás, algo sé rompe irremediablemente.
Buscaron entonces alguien que pudiera practicar la cirugía en la institución que habían elegido, de modo que padre y doula pudieran estar presentes. Pero en el camino encontraron mucho más que eso... se toparon de frente con la atención humanizada: una médica que les recibió de inmediato en su consultorio y fue capaz de tranquilizarlos dejándoles saber que todo estaba en orden. Pero no se conformó con eso, buscando calmar a este par de padres aterrados acudió varias veces a su casa, de dia y de noche, para cerciorarse del sano progreso de un trabajo de parto que para entonces ya había iniciado.
Con siete centímetros de dilatación el proyecto de tener un parto se transformó sorpresivamente en la decisión de apostar por un nacimiento en casa: “Confío en ti”, dijo ella, mirando a los ojos a esta médica recién llegada a su vida cuando le dijo que si quería permanecer en casa podía hacerlo porque ella tenía todo su equipo de atención domiciliaria a mano.
Inflamos la tina, la llenamos de agua caliente, subimos el banco de parto, informamos del cambio de planes al equipo de pediatras y, en lugar del nacimiento programado para ocurrir en una plancha de quitófano en el que la mamá estaría completamente sola, la pareja recibió a su bebé en un abrazo húmedo y tibio en la habitación de su propia casa.
La escena me catapultó a la experiencia del nacimiento de mi segundo hijo, 14 años atrás, cuando se me dijo a mí también que mi bebé estaba en peligro y tuve la fortuna de contar con una doula que me ayudó a pensar con calma y me acercó a un ginecologo que me acogió y me enseñó lo que era la atención humanizada, cambiando mi vida para siempre. También mi hijo nació en agua, escuchando la suave música que alguien puso para mi, recibido por las manos de su padre.
No sabía francamente que el 30 de mayo era día internacional de la doula pero no veo mejor forma de festejarlo que ésta. Confirmando la relevancia de esta labor sencilla de escucha y acompañamiento que lleva a las mujeres a conectar con esa fuerza femenina que habitaba en su interior y de pronto se les sale de las piernas y baña el mundo de vida.
Gracias siempre Guadalupe Trueba por haber estado para mí entonces. Gracias Ramon Celaya Barrera por haberme cachado y haber abierto la puerta maravillosa que sería tan central en mi vida. Gracias Itzel Mar adorada por ser siempre incondicional, amiga, cómplice y compañera. Gracias por tu confianza en el nacimiento que ha abierto tantas bellas experiencias para montones de mujeres. Gracias por tu compañía fresca!!!
Y gracias Kepler por tu fantástica templanza y paz interior!!! Fundamentales!!!
Sanar desde el parto
Por Mercedes Campiglia
Ella me pidió una consulta terapéutica hace meses con la intención de sanar la herida del nacimiento de su primer hija y abrirle paso al parto de la segunda, que para entonces crecía plácidamente en su vientre, sin saber nada de los contratiempos que habían acompañado la llegada de su hermana.
Un par de años atrás la historia había dado un vuelco haciéndoles pasar, de un momento al otro, del agua caliente de una tina a las carreras por los pasillos del hospital. No pudo pujar, no pudo tener a su niña en el pecho, no pudo siquiera conocerla hasta horas después de que hubiera nacido... recordaba a su doctora empujando a toda prisa la camilla hacia el quirófano... anestesia general, un minuto para nacer. Su esposo, a través de una pequeña ventana y con unos ojos empañados por el llanto, veía despedazarse sus sueños de parto como porcelana que se estrella contra el suelo. El cuerpo de su mujer se había transformado súbitamente en un borbotón de sangre.
Madre e hija salieron ilesas de la tormenta pero, aunque sus cuerpos se recuperaron plenamente, el miedo deja huellas ocultas en el alma. Supimos entonces que debíamos ser especialmente pacientes para este segundo nacimiento porque no solo a las fibras uterinas, sino también a las de nuestras emociones, les toma un tiempo encontrar el modo de funcionar tras haber sido cercenadas.
Primer arranque de contracciones... se detuvo; su doctora le llevó a la consulta un manojo de flores del jardín para contentarla. Segundo tiempo, contracciones que no terminaban de establecerse; su doctora pasó a visitarla a la casa e instaló amorosamente todas sus cosas para dejar listo el terreno... Cuando después de una noche de trabajo descubró desolada que tenía tan solo tres centímetros de dilatación, su doctora le secó las lagrimas, le acarició la pierna, le ofreció una cucharada de miel y se quedó a su lado para hacerla sentir segura. Esa es la clase de oxitocina que se requiere en estos casos.
Un nacimiento en casa, una casa llena de flores, dátiles y afectos. Su marido todo el tiempo a su lado, su mamá prudentemente cerca y su nena de dos años chapoteando a su lado en la tina de parto, cantando alegre y abrazándola, con menos sutileza de la que ella hubiera deseado pero con todo el amor necesario para derretirle el corazón.
Por momentos pensó que no podría pero encontró dentro de sí el empuje que necesitaba. Cuando nació esta niña grande y rosada sus padres rompieron en llanto y la hermana mayor corrió a buscar su estuche de colores para pintarle un par de dibujos que se convertirían en su primer regalo.
Otro bellísimo nacimiento de la contingencia que fue posible gracias a que estos padres valientes acallaron las voces del miedo... entre ellas la de un ginecólogo que les aseguró que resultaba imprescindible practicar una inducción en la semana 38 porque la bebé era tan grande que si seguía creciendo no podría nacer por parto. Y gracias también a qué se encontraron con una médica extraordinaria que permitió a la niña crecer lo que le dio la gana, sin apurar el proceso, para que naciera el día que le tocaba... interesantemente el día preciso en que su hermanita había anunciado su llegada. Ni muy tarde ni muy temprano, a las 10:20 de la mañana porque siendo domingo, tal como lo dijo su padre, “no es cuestión de madrugar”. El momento perfecto para desayunar unas deliciosas baguettes recién horneadas con crema de avellana.
Foto: Faride Schroeder
Nacer entre pétalos de rosa
Por Mercedes Campiglia
Cuando llegamos a su casa la luz de la tarde entraba entre las ramas de los árboles del ventanal de la sala. Había un auténtico bufete dispuesto en la barra de la cocina amorosamente preparado para la ocasión. Nos recibieron, entre emoción y risa, la madre de ella que había viajado explícitamente para estar presente en el nacimiento de su segundo nieto y la hija de diez años que se había preparado para la ocasión tomando todas y cada una de las clases del curso psicoprofiláctico y ahora, cámara al cuello, se disponía a documentar el evento. Se asomó también a explorar el terreno un perro de edad respetable, que después de olernos y serciorarse de que non epresentabamos una amenaza, se refugió en su cama un poco intimidado por la cantidad de gente.
Su doctora había llegado ya cargada con todos sus bártulos y empezaba el ritual de inflar y armar la tina detrás de un biombo que la familia había colocado para dar un poco de privacidad a la zona destinada al parto. Su fotógrafa tomaba imágenes con su cámara y un rato más tarde llegaría el pediatra para sumarse a la comitiva de recepción que, a estas alturas, estaba de fiesta.
Tras terminar de instalar lo necesario, los padres se pusieron su ropa de parto y empezó el viaje. Ella es una mujer extraordinariamente fuerte. Había tenido a su primer hija en un parto muy veloz siendo muy joven y ahora apenas nos dábamos cuenta de que tenía contracciones cuando su cervix llevaba más de la mitad del camino andado.
Una vez que el escenario estuvo listo y que encendió todas las lucecitas instaladas en la casa para la ocasión, se dispuso a parir. Trabajamos un rato en la habitación y en un instante cambió todo... el barullo inicial dio paso a los mantras, tomó su mala en la mano izquierda y empezó a recitar nombres que yo no conocía cuando las contracciones sacudían su cuerpo.
Su hija mayor iba y venía -ella la llamaba para sentirla cerca- su compañero se clavó a su lado y su madre esperaba ilusionada guardando una distancia prudente de la escena. En muy poco tiempo supimos que el nacimiento estaba cerca. Suele ocurrir de esa manera cuando se permite que los procesos arranquen sin presiones. Ella tenía a estas alturas 41.3 semanas de embarazo, había sentido contracciones unos días atrás que se detuvieron sin que nadie se preocupara por ello, y en esta segunda ronda de trabajo el útero se encontró con un cérvix blando y dispuesto a abrir.
Entró al agua que entre su hija y su madre se encargaron de llenar de pétalos de rosa. Su marido se sumergió con ella abrazándola por la espalda y todos los demás nos colocamos alrededor de la tina curiosos de ver el espectáculo de la llegada de la vida.
Después de parir a su niño y su placenta, lo cogió en brazos y se fue caminando, sin necesitar ninguna clase de ayuda, a sambullirse ahora en una cama de sábanas suaves, donde cabía toda la familia -hasta el perro- y ahí se fueron conociendo mientras se disputaban el derecho de tener un rato al bebé en brazos.
Cuando se recibe a un niño de esta manera, se le está enseñando sutilmente desde el primer instante de vida, que el mundo al que llega es un banquete, que su arribo es una fiesta y que lo que le aguarda es amor y belleza. De verdad son algo especial los partos en casa. Gracias a los equipos de profesionales que los hacen posibles!!!
Foto: Itzel Mar
Yo no lo sentí así
Por Mercedes Campiglia
41 semanas de embarazo, inducción, prostaglandinas. Después de la segunda dosis, con dos centímetros de dilatación, su cuerpo se puso a trabajar a marcha forzada. Ningún recurso resultó a partir de entonces suficientemente bueno para mitigar la inquietud interior que construye el trabajo sin descanso. Aún así, ella fue abriendo una brecha por la que transitar; abrió su cerviz pero también su intención a la experiencia.
Avanzamos con dificultad, con resistencia, haciendo camino con un machete en medio de la maleza... la dilatación progresaba de forma acelerada, tanto que las emociones no lograban alcanzarla. Masajes, posiciones, agua, suspenciones, amor... todo funcionando a medias porque ningún recurso era tan veloz como el ritmo de su cuerpo.
Cerca del final una pequeña zarandeada con una toalla que hizo las veces de rebozo porque el mío tiene, por el momento, prohibida la entrada a los hospitales. La cabeza chueca de su bebé se enderezó y pronto vimos su pelo asomando tímidamente en el sexo de su madre. Pujo, pujo, pujo... agotamiento, agua fría en la cabeza. Pujo, pujo, pujo... esfuerzo máximo, aire fresco, esencias. Esfuerzo máximo, mínimo progreso.
Salida del agua, ella en la cama, todos nosotros rodeándola. La niña tenía que nacer pronto, no había tiempo para sutilezas. Usamos nuestros cuerpos como apoyo, como polea, como soporte, para optimizar al máximo en el esfuerzo, mirando de reojo la ventosa que estaba ya desempacada y a mano, deseando no tener que hacer uso de ella. Un último empujón en el que dejó el alma, todos alentándola, mucho ruido en la habitación. Nació finalmente la cabeza, meconio, circular en el cuello. Un pujo más y se deslizó el resto de su cuerpo. Tuvieron que llevarla a una mesa al lado de la cama de su madre y darle un pequeño empujón hasta que finalmente se puso rosada y fuerte. Su madre la consolaba diciéndole “eres valiente hijita, vas a estar bien” mientras sentía salir una cantidad abundante de sangre de su cuerpo.
La pediatra impecable, en cuanto vio a la niña recuperarse la puso en el pecho de su madre donde rápidamente se las arregló para encontrarse con la leche. Paró el sangrado. Todos respiramos.
"Te digo la verdad, creo que mi cuerpo no produce oxitocina. No sentí eso que dicen que se siente en los partos. No me sentí en drogas, no experimenté de forma instantánea el amor más intenso de mi vida. Estoy feliz pero tranquila, como algo zen". "Te digo la verdad... yo tampoco lo sentí", le respondi acordándome del nacimiento de mi primer hijo que ocurrió en circunstancias muy similares.
Me pidió un minuto, me tomó de la mano en silencio, cerró los ojos y finalmente las emociones lograron alcanzar la carrera desbocada que había emprendido su cuerpo. Un par de lágrimas salieron de sus ojos, no supe lo que lloraban. le di un beso y me fui a casa exhausta.
Cada parto es único, no hay una buena y una mala manera de parir, parimos desde lo que somos, desde lo que nos ocurre. Parimos desde la verdad más absoluta de nuestro ser y eso es lo que hace de los nacimientos un acto absolutamente humano; revelador, agotador, potente y fantástico. Hoy ella no es diferente, no tendría por qué serlo... es la misma que siempre fue, pero con un cuerpo y un alma que fueron expandidos.
Maternidad
Por Mercedes Campiglia
Este 10 de mayo inició para mí con una de las escenas más bellas que la vida me ha dejado atestiguar. No existen palabras suficientes para narrar la hermosura de este nacimiento.
Ella ginecóloga, madre de un niño de cinco años nacido por cesárea, me llamó hace un par de semanas para pedirme que la acompañara en su segundo nacimiento que estaba planeado para ocurrir en casa. No lo había pensado así originalmente pero sus compañeros, ante la situación que estaban viviendo en los servicios de salud, le aconsejaron, en lo posible, mantenerse alejada de los hospitales.
Ellos vivían muy lejos de cualquiera de las instituciones que su doctora ocupaba como alternativa en caso de traslado, así que se instalaron para el parto en casa de la familia de ella, por lo que en el nacimiento estuvieron presentes no solo su hijo mayor sino también un hermano, una cuñada, una sobrina que estudiaba medicina y hasta una cineasta que está documentando partos en casa durante la pandemia a la que le concedieron el privilegio de estar presente en un momento tan íntimo.
Cuando llegamos Mari temblaba como una hoja y estaba tomada por el pánico. Tenía cuatro centímetros de dilatación, un bebé al que le faltaba descender y un cervix que parecía resistirse a ceder. Ella sabía perfectamente lo que todo eso significaba. Pero aun así empezamos a trabajar, las dos solas en una habitación oscura de la casa, mientras el resto de la familia y su doctora inflaban y llenaban la tina que habría de instalarse en la sala.
“De lo único que me acuerdo es que me dijiste que había que bajar al séptimo suelo a buscar al hijo y traerlo desde ahí hasta la vida y me pregunto en qué piso estoy ahora”. Y así es realmente, los hijos los tienen que ir a buscar las mujeres a lo más profundo de su ser para arrastrarlos de esa cueva oscura hacia la existencia.
Algo especial sucedió entones entre nuestros corazones, se enlazaron de una misteriosa forma; ella decidió sumergirse y se dejó llevar de la mano en un viaje profundo y sutil que recorrimos a traves de sus reinos. Cambiaron los sonidos, el temblor dio paso a los balanceos y acompañadas por una bellísima música que había elegido nos entregamos a la tarea de abandonarnos. Pocas veces he visto mujeres transitar tan dramáticamente de la resistencia a la absoluta entrega.
Cuando finalmente se apagaron los infladores y las mangueras, cuando dejaron de subir y bajar cubetas de agua y ollas calientes, cuando se instalaron el banco de parto y las flores y el altar que ella había armado en lo que algún día había sido un comedor, la familia se escondió discretamente en las habitaciones para dejarle la casa a ella. Nosotras bajamos a esta bellísima sala de partos que había nacido en el corazón de la casa desplazando mesas y sillones y ella se sumergió en un agua caliente llena de flores y olor a lavanda.
El primero en asomar fue su niño, que de inmediato se acercó curioso a observar cómo gemía su madre quien, para entonces, rugía ya como una fiera. De a poco fue asomando el resto, la sobrina se sentó junto al niño y los demás encontraron la manera de participar amorosa y sutilmente de la escena apoyando en la tarea de mantener caliente el agua y accesible lo que se necesitara. Su compañero se instaló directamente frente a ella, la tomó de las manos; de a ratos le sonreía y de a ratos a su hijo mayor; les contaba al oído cosas que ninguno de nosotros pudo escuchar pero que eran sin duda las cosas indicadas.
No hubo ni una pisca de miedo o desconfianza, no hubo ninguna clase de imporsación ni estridencia. Todo fue prístina y absolutamente auténtico. Un ir y venir entre negociaciones con el hijo que nacería, mentadas de madre y súplicas de ayuda al dios de sus altares. Ella se tocó y sus ojos se iluminaron cuando pudo sentir lo que había sentido tantas veces en la vaginas de otras mujeres, la llegada estaba cerca.
Dudó primero y luego decidió que debía empujar con fuerza. Su bebé nació en el momento justo en que la pediatra cruzaba por la puerta. Una fiesta de la vida, en la que la mirada bailaba deslumbrada entre la belleza del amor de la pareja, la protección de la familia y, al centro de la pista, este pequeño niño de ojos inquietos que vio sin pudor ni miedo cómo su hermano salía del cuerpo de su madre y cómo le seguían la placenta y la sangre. El bebé le pareció “muy bonitito“ y estaba feliz de tener un hermano. Cuenta su tía que en un momento se acercó a la habitación y le dijo: “vengo a respirar un poco para relajarme y regresar con mi mamá”.
Entre todos ordenamos el pequeño caos que acompaña la llegada de la vida. No faltaron manos para trapear, acarrear cubetas de agua, levantar toallas y trapos húmedos. La sobrina lavó la placenta, la cuñada consiguió un bello papel y la doctora hizo una impresión como recuerdo.
Y hoy, habiendo sido mi día de las madres inaugurado con semejante escena, no puedo más que pensar que la maternidad nada tiene que ver con tarjetas de rosas ni las frases melcochosas, la maternidad es la valentía de adentrarse en las catacumbas del ser, de pelear batallas descarnadas con los demonios y arrastrar a la vida de los pelos. La maternidad es aguerrida, está llena de sangre, es estridente como un grito, como un rugido... y es generosa porque comprende romperse en mil pesados para darle paso al otro. confiando en que mágicamente volveremos a reconstruirnos... y cuánto damos el salto al vacío descubrimos que efectivamente nos rearmamos, pero ahora más amplias.
Foto: Faride Schroeder
Olía a Lasaña
Me desperté con la sorpresa de que el parto había empezado para esta familia un par de horas antes de que yo tomara el teléfono, mi cuerpo se inundó de adrenalina, es una sensación única esto de saber que tienes una nueva oportunidad de acompañar la llegada de una nueva vida, esta increíble familia recibiría a su primer bebé y lo recibirían en casa, decisión tomada a consecuencia de una contingencia que nos llama a no salir desde hace ya varias semanas.
Y así pasó el día, esperando, comunicándome para preguntar cómo iban, la cuestión en estos días de pandemia es que la recomendación inmediata de distraerse no es tan fácil de seguir, no se puede salir a desayunar, a caminar o a tomar un helado, hay que ponerse creativos para mantenerse en casa y no estar centrándose en el ritmo de las contracciones, que van y vienen, que de repente se regularizan, se ponen intensas; al pasar de las horas, las cosas van cambiando y mejor hablamos, quiero escuchar la voz de Mara, sus palabras, sus sonidos, se empiezan a notar cambios y me latió que debía moverme, desde temprano estaba segura de que nos veríamos esa noche, así que puse en orden mis cosas y me fui para allá, al filo de las 7 estaba entrando a un hogar que ya se sentía llenito de oxitocina y que olía a lasagna, si, Luis preparó lasagna para que cenáramos, era como si supiera que las cosas no iban para largo y era como llegar a una cena de cuates para festejar lo mejor de la vida, era sentirse en casa, rodeados de amor y de seguridad... ya estaba ahí Itzel, quien llegó un poco antes y que ya tenía la tina inflada, la guardiana de la vida ya estaba pendiente y radiante, qué increíble escena, a pesar de estar ya muy avanzada, Mara se veía en paz, concentrada, divina, toda una diosa que recibía el dolor y lo convertía en poder, atravesaba cada una de las contracciones con sutileza y no dejaba de sonreír, poco a poco las hormonas hacían su trabajo y después de haber estado platicando y riendo, la voces fueron menguando, las palabras se convirtieron en cantos y los ojos se mantenían cerrados, Luis tomaba las manos de esa poderosa mujer, besaba su frente, sus labios, caricias iban y venían, diferentes posiciones, palabras de aliento, concentración y magia. Nos movimos a la tina, el agua tiene ese poder de aislar a la pareja, de aumentar el contacto y aliviar el dolor, no queda mucho por hacer más que estar, mirar a los ojos y esperar. Mi parte favorita en los partos es la transición, empiezas a notar cómo se cambia la piel en esa mujer que está a punto de convertirse en madre, disfruto muchísimo observar al otro, su mirada cambia, no entiende lo que pasa, pero siguen firmes no se rajan, viene lo rudo, las emociones más intensas aquí se juntan, el trance está en su pico más alto, llega el miedo, la incertidumbre y en el aire se respira la cercanía del momento para saber si es niña o niño, les había dicho que era sorpresa? una contracción menos, metemos un espejo a la tina para que puedan ver lo que está pasando y cómo el cabello se va asomando, esta pequeña ha llegado al final del camino, un largo camino recorrido que solo significa el fin para un nuevo comienzo, con un éxtasis total reciben a su más preciado tesoro, qué es? qué es? me invade la emoción y no puedo evitar que los ojos se me llenen de lagrimas, nunca voy a dejar de llorar en un nacimiento, es el momento de la vida en el que se desprende más amor, más felicidad, son los tres uno mismo, la energía llega y recorre cada centímetro del lugar, nos llenamos de esta fuerza y sonreímos.
Fue uno de esos partos en los que sientes que “no haces nada” porque todo fluye, la vida se abre paso de una forma sutil, armoniosa y sin invitarnos a meter mano, tal y como fue pensado... tal y como debería ser concebido siempre que se va a recibir a un hijo, claro que ahora se siente un bajón marca mañana no te vas a poder mover por tanta contrapresión y tanto masaje pero felices estamos, la jornada todavía no termina, dejamos todo “ordenado” para irnos a casa, mamá y bebé están reconociéndose, papá toma miles de fotos, hace los anuncios pertinentes, piel con piel, lactancia, todo es perfecto y lo mejor? la familia se queda en su casa. Vamos de salida pero nos detenemos a cenar, si, esa buenísima lasagna que esperaba en el horno y que nos despide de una noche hermosa y llena de paz.
Nimbe Álvarez
Una flor en la tormenta
Por Mercedes Campiglia
La vida nos regaló este parto hermoso en medio de la turbulencia. Una película invisible blindó a la llegada de la vida del miedo y la angustia que parecen hoy tener la capacidad de posarse sobre casi cualquier superficie y sobrevivir por dias en ella.
Yo había estado con esta pareja en el nacimiento de su primer hijo y habíamos planeado cuidadosamente la llegada de este segundo para librarla del estrés y la angustia que habían acompañado su primer experiencia de la cual ella salió literalmente llena de moretones. Eligieron ahora un médico fantástico y pasamos semanas preparando los detalles.
Lo que nunca pudimos prever es que llegara un virus de China a desquiciar todos los planes del mundo. Pero hay que ser flexible y esta vida, según voy viendo, se trata más de dejarse llevar que de tratar de marcar un rumbo.
Como el hospital que habían elegido no permitía el acceso de las doulas debido a la contingencia, acordamos con su médico que yo les acompañaría en casa para recorrer allí la mayor parte del trayecto y los pastorearía hasta el hospital para dejarles en manos del equipo de salud.
Así lo hicimos y cuando estaba lista para marcharme dejándoles ya un pequeño trecho de la ruta por recorrer, la vida nos abrió en una rendija insospechada que nos permitió nuevamente recorrer juntos el viaje completo hasta llegar a puerto. “Dios me regaló el parto que deseaba” dijo ella después de que su bebé naciera en una tina tibia y fuera colocado en su pecho mientras ella era cálidamente sostenida por el abrazo de su compañero al que le agradeció llorando el camino andado hasta ese día.
Vuelvo a casa conmovida para sumergirme nuevamente en el tiempo pausado, profundo e íntimo de estos días de tornar la mirada hacia adentro... que no ofrecen algo tan diferente a lo que ocurre en los nacimientos.
Él
“Siempre has conocido a una yo fuerte y decidida que piensa en algún plan para todo, pero hoy las cosas no podrán ser así. Hoy será el día en que yo me rinda, el día en que, con la mirada más sincera, te diré que ya no puedo más. Hoy te elijo a ti para entregarme en cuerpo y mente, porque en este momento tan vulnerable, no puedo confiar más en nadie más que en ti.
En este momento, a pesar de que no domines ni las técnicas ni la teoría, sabes lo que yo soy, lo que quiero; conoces los escondites de mi fuerza interna y las palabras y los matices que necesito en cada momento para despertar cada una de mis emociones. Te dejo a ti el timón sabiendo que sortearás cada ola con el instinto de un hombre que ama y el de un padre que protege.
Nosotros estaremos concentrados en nuestra labor, en un trance instintivo y quizá salvaje, esperando por reencontrarnos triunfantemente los tres con una sonrisa llena de descanso y de cariño. Éste será nuestro primer trabajo en equipo, el primero de nuestros retos, y lo haremos a nuestra forma, escuchándonos a nosotros mismos.”
Éste es un fragmento de una carta que ella había preparado para el momento de su parto. Él lo leía con la voz un poco quebrada mientras, entre contracción y contracción, descansaba los brazos para el siguiente masaje.
Las horas pasaron, la marea subía. Ella concentrada en sí. Y él... su labor era dura: alternaba entre ser el personaje que hablaba con el médico, los enfermeros, etc. y el marido que amorosamente protegía el mundo paralelo en el que su mujer se encontraba.
Masajes, vibraciones con el rebozo, besos, caricias, compresiones... las vocalizaciones subieron de tono y él las acompañaba con convicción aunque sin la desinhibición que el dolor inyecta. Ella estaba emocionada de pensar que ese dolor y esa sensación indicaban que el momento estaba cerca, pero el trabajo de él requirió más fuerza y más amor tras la desilusión de su mujer, a penas 4 de dilatación.
El calor de las aguas revelaron el comienzo de ese momento de quiebre del que ella hablaba en su carta, pero permitieron también que se le abriera camino a ese chiquito al que tanto deseaban. Ocho de dilatación. A ambos les brillaron los ojos y recargaron fuerzas para el verdadero momento de transición.
Parecía que ahora él se rendía también, pero no podía ser así, era él el capitán. Con los brazos deshechos, el corazón engrandecido y abrazado a la cadera de su esposa, permitió que pasaran las horas para que ella abrazara su momento. Así, llegaron por fin al pujo y el bebé llegó al pecho de su madre, tan tranquilo que parecía que había entendido el pacto que habían hecho entre los tres.
“Nuestro primer trabajo en equipo, mi luna de miel”, pensaba ella agradecida mientras regresaba a esta realidad.
Odiseas
Este relato será largo porque la historia que le dio origen lo fue también. Son largas las odiseas y las epopeyas. Están llenas de victorias y derrotas, alegría y llanto. El camino empezó mucho tiempo atrás, cuando un muchacho de 15 le confesó a quien, aunque no lo sabía entonces, años más tarde sería su mujer, que su más grande sueño en esta vida era casarse y formar una familia. No se trata de un sueño clásico de 15 pero era el suyo.
Ella tenía sueños propios.. carrera, maestrías, doctorados, viajes. Su cabeza volaba entre invaluables libros antiguos y las historias que contaban, mientras su corazón resguardaba un terror oculto a la maternidad. Cuando pensaba siquiera en parir literalmente su cerebro se apagaba y perdía la conciencia.
Pero pasó la vida y llegaron las ganas. Las negociaciones entre el temor y el deseo tomaron su tiempo y la pareja pasó unos cuantos años intentando un embarazo que requirió de mucha valentía, el tatuaje de una higuera, el dolor de una pérdida y un empujón médico para finalmente producirse.
Cuenta la historia que una mujer, parada frente a un árbol de higos, debía elegir alguno de ellos porque, como se ha repetido hasta el cansancio, “en esta vida no se puede tener todo”. Pero ella lo quería todo entonces ilustró el libro de su piel imprimiendo una bella higuera con todos sus higos para obligar a la historia a que tuviera un desenlace diferente.
El embarazo llegó finalmente y llegó también la fecha para que el parto ocurriera pero el cuerpo no terminaba de decidir si esto era o no una buena idea. Pasaron 24 horas de contracciones que no se animaban a regularizarse. Estuve en su casa una madrugada con ellos; cuando pensamos que había llegado el momento fuimos al hospital para que la revisaran pero faltaba aun un lago trayecto. Volvieron entonces a casa a navegar por otras 24 horas de contracciones.
Como ello no ocurría se tomó la decisión de darle un empujón más al cuerpo para que terminara de arrancarse. Pasaron 12 horas entonces de oxitocina y cada vez que sentíamos que estábamos cerca, descubríamos que estábamos lejos. Su madre entró a la habitación a tratar de ayudar amorosamente: “Hijita, suelta el miedo. Tú niña ya puede nacer, ya está completita”, le repetís mientras palmeaba su cuerpo. Pero el nacimiento seguía demorándose y la familia, tras unas cuantas horas de espera, aceptó trasladar su ansiedad de noticias a un lugar más confortable que las frías bancas de los hospitales.
Pasó, entre tanto, una tormenta inesperada, un apagón de luz, todo un 14 de febrero de enamorados circulando por las calles. Cuando sentíamos que se agotaban las opciones y la fuerza, intentamos el agua. Metió a la tina sus piedritas de poder que elegía alternadamente para frotar con sus manos en las contracciones. “Llevo demasiado tiempo soñando con este momento”. Su marido entró con ella y la música y los rebozos y la aromaterapia... el pujo llegó incontrolable pero aunque el cervix se abría lentamente, no terminaba de ceder, hasta que empezó a inflamarse. Intentamos entonces la analgesia. Ella estaba absolutamente agotada. Cayó rendida en cuanto la sustancia empezó a circular por su cuerpo y detuvo el dolor con el que llevaba dos días y tres noches trabajando. Durmieron exhaustos y pensamos que ese empujón podría ayudar a que terminaran de ceder lar resistencias de los tejidos y del alma. Pero no fue así. Después de seis horas sin progreso se tomó la decisión de una cesárea.
Cuando Lucía llegó finalmente, después de semejante travesía, a los brazos de sus padres, la acompañó una explosión de amor, alegría y llanto. Nunca vi a un padre llorar tanto. “Tu sueño”, le dijo ella mientras él observaba enternecido sus perfectos brazos y sus ojos rasgados. El conjuro de la higuera se cumplió y ahora lo tenía todo. “No me arrepiento de nada” dijo.
¿Habrían podido elegir un atajo para evitar la pedregosidad del camino? En mi opinión no habría sido la mejor de sus opciones. Se agotó cada una de las posibilidades antes de dar el paso siguiente, poniendo una cuña debajo de la rueda para intentar desatascarla. La mayoría de las veces funciona y para las ocasiones en que no lo hace es que reservamos los recursos de la ciencia.
Las odiseas; parecen interminables, son agotadoras y están llenas de obstáculos y emociones encontradas. No se trata de viajes que pueda realizar cualquiera, se necesita arrojo para desafiar las adversidades y sobreponerse a ellas. Pero después de haberlas transitado la recompensa es inmensa. Son afortunados los viajeros que recorran aguas profundas, pobladas de monstruos marinos y sirenas.
No cabe duda de que la vida está llena de historias épicas que merecen ser vividas y contadas.
Con ellas y no en ellas
Después de una plática y media clase me pidieron que fuera su doula. No nos conocíamos de nada pero habían decidido que en este, que sería su segundo nacimiento, querían intentar una ruta diferente. La hija mayor del matrimonio había nacido tras una serie de maniobras que permitieron que descendiera aun habiendo elegido una posición poco conveniente para atravesar la pelvis de su madre. Lograrlo fue todo un éxito, ellos lo sabían, pero en la recta final del proceso habían tenido la impresión de que quienes les rodeaban se concentraron más en darles instrucciones para resolver el dilema mecánico que en atender sus necesidades emocionales. Al escuchar su historia pensé en aquellos agotadores nacimientos en los que yo misma había hecho uso de toda clase de llaves de lucha libre para intentar destrabar algo que impedía el progreso, concentrándome en los músculos o los huesos y probablemente perdiendo de vista a las mujeres. Es tan fácil que eso suceda... ante la dificultad intentar desesperadamente tomar las riendas olvidando que quien debe estar a cargo en todo momento es la mujer que ha de partir. Este segundo bebé se había colocado en la misma posición inconveniente que su hermana eligió para nacer en su momento. Habiendo escuchado su relato, decidí no hacer otra cosa que recomendarles algunos ejercicios sencillos de estiramiento y ajustes a la postura; medidas que felizmente contribuyeron a que el pasajero corrigiera el rumbo. El parto transcurrió pausada y armoniosamente. Ella y su marido danzaron acompasadamente balanceados por el amor y la confianza. Los que los rodeamos sencillamente cuidamos del entorno, le recordamos a ella su fortaleza, acariciamos su espalda, le sugerimos algunas posiciones para encontrar alivio o para optimizar su fuerza... pero la principal brújula en todo momento fueron las sensaciones que su bebé producía al moverse dentro de su cuerpo. Hacia el final estuvo un rato pujando en la tina pero como no percibía cambio significativos, decidió intentar afuera. Ni bien se sentó en un banquito de parto que había en la habitación, el niño resbaló como un pescado entre sus piernas y así, húmedo y caliente, llegó a los brazos amorosos de sus padres. Y junto con él llegaron las lágrimas, las palabras de amor y la leche que le esperaba en los pechos de su madre. Al verle nacer tan espontánea y fácilmente recordé, una vez más, la importancia de confiar en la sabiduría de las mujeres y en las intuiciones que guían sus balanceos. Intervenir no es solamente abusar de la Oxitocina o las cesáreas, es hacer uso de todo aquello que sutilmente nos lleva a apropiarnos de sus procesos. En los casos en que las intervenciones de cualquier tipo resultan necesarias, no hay que perder de vista ni un segundo que es con las mujeres y no en ellas que trabajamos. Y probablemente incluso en algunas ocasiones en que atribuimos el éxito a tal o cual maniobra, todo habría marchado igualmente bien si nos hubiésemos limitado a dejar hacer a las mujeres el trabajo con sus cuerpos. El parto se trata, en instancia última y en cualquier escenario, de que cada mujer vea la increíble fortaleza que se despliega desde su interior; eso es lo que hace de los nacimientos bellas y empoderadoras experiencias. Y eso es lo que quienes las acompañamos no podemos perder de vista en ningún momento.
Mercedes Campiglia Calveiro
Un parto en casa después de cesárea
Ella pasó una noche y un día con contracciones, esperando a que se regularizaran. Sabía que tenía que darle tiempo a su cuerpo porque estaba intentando un parto después de haber vivido una cesárea. Hablamos al caer el sol y la cosa ya tenía más color pero todavía había que esperar a que madurara.
Se quedó en casa, con su marido, avivando la llama de este nacimiento. A eso de las 4:30 de la madrugada recibí un mensaje; habían llegado al punto en que me necesitaban. Salté de la cama y llegué a su casa cuando aún la luz no empezaba a filtrarse en la negrura de la noche.
Un hogar en penumbras, una vela encendida al Arcángel Miguel para que protegiera al niño que llevaría su nombre, un par de jarrones con flores y, en medio de la sala, una tina llena de agua tibia, esperando el momento de ser usada. Ella iba y venía en pijama, entre la sala y el baño, conocedora del espacio y dueña de su intimidad.
Té de jengibre con miel. El corazón del bebé se dejó escuchar y nos alegró con su cadencia. Un par de horas más tarde llegó la doctora, venía de atender otro parto en agua después de cesárea, llena de oxitocina y confianza. Contracción, llanto: “Las contracciones me traen cosas raras, una vino con enojo, otra me trajo a mis abuelas, una más un árbol... y ésta me trae el miedo de fallar otra vez”.
“No hay falla” salió de mis labios y de mi corazón al mismo tiempo.
“Nueve de dilatación, estás muy cerca”. Una luz clara y fresca bañó el ambiente y amaneció en su rostro. Se supo victoriosa. Todavía pasaron otras dos horas hasta que empezó a ver asomar al mundo esa pequeña cabeza. Y pasó largo rato también desde que la vio hasta que encontró la manera de hacerla nacer de su cuerpo.
“Si voy a poder” nos dijo, se dijo, y un par de pujos más tarde veríamos a este bebé abrirse paso trazando una nueva ruta en el cuerpo de su madre, un camino diferente al que había recorrido su hermana. Un camino que hablaba de fuerza y de confianza.
La placenta nació también un poco más tarde sin que hubiera nada que hacer al respecto. Ordenamos la casa, vaciamos y desinflamos la tina y nos fuimos como gitanos con un millón de cachivaches a cuestas.
La nueva familia quedó metida dentro de su cama, rodeada de mullidos cobertores y suaves almohadas; comiendo frutos secos con arándao mientras el recién llegado descubría el tibio y dulce sabor de la leche de su madre que le acompañará por siempre.
Mercedes Campiglia Calveiro
Los temas serios comienzan con la maternidad
Definitivamente, la llegada de Cloé ha sido para nosotros la experiencia más extraordinaria de nuestra vida.
Desde que supe que estaba embarazada hice todo para cuidarme. Comer bien, hacer ejercicio, dormir bien, obtener lo más de información para elegir a los doctores, hospital y doula que nos parecían mejor para nosotros. Todo aquello que podíamos planear y controlar lo hicimos. Pero todo ese tiempo sabíamos que a la hora del parto podría pasar lo que fuera por la posición del bebé, su salud, etc. Pero gracias al curso y al acompañamiento nos sentíamos con la confianza y seguridad de que estábamos en buenas manos.
El curso de preparación al parto con Patricia y Ana no solo nos dieron información, sino que conforme iba pasando el tiempo nos sentíamos mas seguros y afortunados de poder elegir tener un parto natural.
Estábamos convencidos de querer una doula para que nos acompañara en el parto. La verdad antes de elegir a una, fuimos a conocer a tres distintas. Sin embargo en cuanto conocimos a Ana, sentimos que era ella quien nos inspiraba confianza. Por azares del destino, Ana no pudo acompañarnos y tuvimos la fortuna de que fuera Patricia nuestra doula. La experiencia, seguridad y calma que tienen Patricia nos transmitieron en todo momento una tranquilidad y confianza para poder enfrentar cualquier cosa que pasara y nunca sentirnos solos.
Todo comenzó en la semana 38, empecé con contracciones el lunes 7 de mayo a las 3 de la mañana. No volvieron mas, pero decidimos hablar a la doctora y a Patricia. A las 10 de la mañana fuimos a la cita con la doctora quien nos confirma que empezamos labor de parto, pero que podía durar varios días o podía nacer ese mismo día. Nos comentó, que la única cosa por hacer era ser pacientes y esperar tranquilos en casa. Siguiente paso fue ver a Patricia para preparar el parto. Así que esa misma mañana nos vimos para platicar.
Después, estando tranquila en casa, recordé del curso la recomendación de enfocarse en hacer cualquier cosa para liberar oxitocina y así agilizar el parto. Por lo que mi esposo y yo tuvimos una sesión de cariños con lo que no tardó mas de una hora para romper fuente. Y ahora sí, a las 8 de la noche, las verdaderas contracciones comienzan.
Avisamos a Patricia y a la doctora, quienes ambas sugirieron que me quedara en casa hasta que fuera el momento adecuado. En todo ese tiempo recordé las posturas que vimos en clase que podían ayudar a que el bebé se fuera acomodando y para calmar el dolor (pelota de Pilates, cuclillas en el escusado, meterme a la regadera, hincada, etc.) Pero lo que más me sirvió y nunca creí hacerlo fue vocalizar. Grité como nunca en mi vida me hubiera imaginado. Mi esposo, Antoine, me hizo sentir completamente cómoda y acompañada, cuidando que todo el ambiente estuviera tal cual lo habíamos planeado.
Hasta que empecé a sentir ganas de pujar, por lo que ahora sí le dije a todo el mundo que me iba al hospital sin importar lo que me dijeran. Lo bueno es que nos queda a 5 minutos en coche, los cuales se me hicieron eternooos.
A las 10 de la noche llegamos al hospital. Tanto la doctora como Patricia ya estaban ahí, lo cual nos dio mucha seguridad. Luego luego me checaron para ver cuantos centímetros tenia de dilatación y asegurarnos que la bebé estaba bien. Todo iba perfecto y ya teníamos 6 centímetros de dilatación.
Con contracciones muy dolorosas me instalé en la regadera, pero en esta ocasión ya no soportaba el agua que caía sobre mi cuerpo, por lo que me quedé hincada recargada en la silla un buen rato. Patricia me acompañó todo ese tiempo. Vocalizó conmigo, me dio masaje en la cintura, colocó compresas calientes, me dio agua y me decía frases alentadoras.
En una media hora, llegó la etapa de transición. Mi doctora y doula sabían que yo no quería anestesia, pero cuando llegó este momento, yo gritaba con todas mis fuerzas que me la pusieran!!!! Me checaron y afortunadamente ya tenia 9 centímetros de dilatación por lo que me sugirieron mejor meterme a la tina. Excelente idea, pues al momento me tranquilizó. Pero para mi sorpresa la etapa del puje fue otro GRAN dolor con sensación de fuego.
Yo ya no podía más, en mi cabeza pensaba que estaba yo loca por haberme metido en ésto. Pero solo escuchaba a Patricia diciéndome que con cuatro pujes mas saldría mi gorda y enfrente de mí, Antoine, quien detenía el rebozo para que yo pudiera jalarlo. Eso me dio mucha fuerza. Puje cinco veces más y efectivamente mi gorda estaba con nosotros. Una bebé chiquita y hermosa de 2.5 kg.
Luego luego me la dieron y pegaron al pecho. No cabíamos de felicidad!! Era la cosa mas bella en este mundo !!!
Agradezco antes que nada a Antoine, mi esposo quien estuvo conmigo en cada momento dándome todo el amor y seguridad que necesitaba. También agradezco a Patricia y a Ana por su dedicación, profesionalismo y entrega ; así como a mi doctora y mi pediatra quienes respetaron nuestros deseos.
Ahora sí, los temas serios comienzan con la maternidad!!
Mi viaje hacia la maternidad: El parto
Hoy es miércoles 3 de abril de 2019. Ha pasado ya una semana desde que K llegó a este mundo, a nuestras vidas. Siete días que se han ido como agua y en los que no termino de asimilar ni digerir todo lo sucedido... aunque comienzo a sospechar que quizá nunca lo haga del todo. Hay viajes, hay momentos, hay historias que simplemente se viven con cada célula del cuerpo, que te llevan a otro universo y te transforman para siempre de manera inexplicable. Experiencias que no pueden entenderse con la razón, pero que se cargan para siempre en el corazón y en la esencia misma de tu ser. Así fue la experiencia del nacimiento de K.
K, nuestro “loco bajito”, llegó a nuestros brazos el 27 de marzo de 2019 a las 21:57 horas. No fue ni temprano ni tarde, sino exactamente en el momento que debía suceder, tal como el universo lo tenía contemplado.
Llevábamos varios días a la expectativa, esperando la señal que nos indicara que Kenzo estaba listo. El tiempo transcurría lentamente y yo desesperaba. Unos días antes, había decidido que tomaría un evento de trabajo el 27 para distraerme y trabajar un poco más antes de poner mi vida como la conocía en pausa. El martes 26 por la noche, sin embargo, le escribí a una amiga para pedirle que tomara mi lugar... aún antes de la primera contracción, algo discreto y sutil dentro de nosotros nos decía, a mi esposo y a mí, que había llegado el momento. Y la intuición tan pura, pocas veces se equivoca.
Habíamos preparado todo para transitar juntos, en un espacio íntimo y especial, las horas previas al hospital. No obstante, por la mañana todo se sentía todavía un poco caótico. Alrededor de las 11, entre una contracción -incómoda pero no tan dolorosa- y otra, intentaba trabajar en mi estudio. Él, por su parte, caminaba de un lado a otro mientras atendía llamadas laborales. Si bien esta escena era de lo más habitual en nuestra vida cotidiana, ese día, algo en ella me parecía de lo más inquietante. Decidí, entonces, abandonar todo y refugiarme en la cama hecha bolita. En ese momento supe de inmediato que mi parto estaba iniciando. Las contracciones dolían más y se volvían más regulares. En un inicio me sentí molesta, pues R aún no terminaba de dejar sus pendientes listos. ¿Qué le estaba llevando tanto tiempo? ¿Por qué aún no estábamos poniendo en marcha todo nuestro plan? ¿Qué acaso no sentía que el momento se acercaba inminente? Después de un poco refunfuñar, recordé que las cosas suceden como tienen que suceder y que ese momento, ese espacio, podía ser solo para mí, para interiorizar lo que estaba aconteciendo, para sentir las contracciones no solo en el cuerpo sino en todo mi ser y para comenzar a entrar en ese trance que tanto había anticipado. Pensé en la tigresa, mi “spirit animal”, que se había aparecido en mi meditación días atrás. Pensé en todas las fuerzas femeninas de diosas, ninfas y guerreras que, en mi cabeza, representaban el conocimiento y el poder ancestral de mi cuerpo. Confirmé que estaba lista para el viaje y que para acompañarme en él, la vida había puesto en mi camino a las personas perfectas: Mi esposo; mi doula, Mercedes, a quien por días había estado imaginando como una guía con una capucha medieval que me esperaba con un quinqué a la entrada de un bosque; y mi ginecóloga, Itzel, cuyo nombre inevitablemente traía a mi mente de manera constante la imagen de Ixchel, la diosa maya de la luna, la fertilidad y el nacimiento. Tras ese momento personal de conexión conmigo misma, decidí que quería bajar a la sala.
Finalmente, el plan de intimidad que tanto deseaba comenzó a tomar forma. Él y yo nos desconectamos del resto del mundo (excepto por el contacto con Mercedes e Itzel). Él preparó la comida. Mientras transcurrían las contracciones, el espacio se llenaba con la música que habíamos elegido cuidadosamente tiempo atrás. Sonaban “Desde mi libertad”, “Esos locos bajitos”, “De mi esperanza”, “píntame de azul”... las lágrimas de emoción, nostalgia, miedo, expectativa y todo un cúmulo de emociones intensas se hacían presentes. Paso a pasito, esos sentimientos tan puros regulaban y hacían un poco más frecuentes las contracciones.
Quise, entonces, ver el video de nuestra boda. Así lo habíamos contemplado y, en un último intento por mantener el control de la situación, me rehusaba a salir al hospital sin haberlo visto. Fue la mejor decisión. Ver juntos y tomados de la mano la ceremonia tan hermosa que preparamos culminó el proceso. Entre lágrimas, risas, contracciones y gemidos para controlar el dolor revivimos ese día, en el invocamos a nuestros abuelos para acompañarnos en esa unión y acto seguido salió el arcoíris. En el que nos dijimos las cosas más hermosas que sentimos el uno por el otro. Todos los discursos, las imágenes en la playa, el recuerdo de ese gran día me dieron la sensación de que todo, absolutamente todo, está conectado. Casi 4 años después, ahí estábamos nuevamente, invocando a ese amor capaz de hacer vibrar al universo, ahora para traer al mundo a nuestro pequeño hijo. Bella manera, además, en la que nuestros hermanos nos acompañaron y estuvieron presentes en este viaje, aún a miles de kilómetros de distancia física.
Terminando el video me sentía ya en otro estado de conciencia. Me iba a la cama y regresaba a la sala. Buscaba un rincón dónde hacerme bolita para manejar las contracciones mientras esperábamos a Mercedes y salíamos al hospital. Me preguntaba si el dolor podría aumentar aún más o habría alcanzado su pico. Buscaba en mi mente y en mi corazón imágenes que me dieran fuerza para continuar respirando como mi cuerpo me lo pedía. Refugiada en la esquina del sillón de la sala escuché que Mercedes había llegado. Como el significado de su nombre, “la que libera”, sentí, literalmente, que podía soltar todo, liberarme de cualquier intento de control. Mi esposo y yo ya no estábamos solos. Mercedes estaba ahí para acompañarnos y ayudarme a atravesar el bosque. Entonces, me sentí lista para ir al hospital. Antes de salir por la puerta, eche un último vistazo a nuestro hogar, ese que durante casi 11 años, Rick y yo construimos y disfrutamos como pareja y que ahora daría la bienvenida a un nuevo integrante, a unos nuevos padres y a un nuevo capítulo de nuestras vidas.
En el trayecto al hospital, el movimiento del coche hacía que las contracciones fueran casi insoportables. Él, concentrado, me cuidaba con la mirada desde el espejo retrovisor al tiempo que conducía para llevarme cuanto antes a nuestro destino. Todo de pronto se volvió borroso. Llegamos al hospital y me di cuenta que sangraba mucho. No recuerdo cómo llegué a la sala de parto. Sé que caminé, pero no recuerdo el recorrido. Itzel aún no llegaba. En la sala de parto había mucho movimiento. Quizá algún médico de guardia, un par de enfermeras, no tengo idea. Solamente recuerdo la voz de Mercedes sugiriéndome distintas posiciones que yo seguía como en un estado de hipnosis. Él me puso la música que habíamos preparado y sugirió, me parece, que usáramos el aceite y aromaterapia que llevábamos en nuestra maleta. Todo se desdibujaba más y más.
Finalmente, llegó Itzel. Ese momento sí que lo recuerdo. Entró por la puerta y su presencia, automáticamente, llenó el espacio con una energía muy poderosa y llena de determinación... una energía que anunciaba que no había vuelta atrás, que el nacimiento de K era inminente. Ese momento tan (in)esperado, tan platicado, tan grande... finalmente estaba sucediendo.
Tras una revisión rápida, Itzel anunció que la dilatación estaba completa. No obstante, la cabeza del bebé seguía muy arriba. Para ayudarme a continuar en el proceso me dijo que rompería las membranas. De nuevo todo se volvió borroso. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero de pronto, me encontraba sentada en la silla maya intentando ayudar a ese bebecito a descender. Él me sostenía en todo momento. Recargada en su pecho, no podía verlo a los ojos, pero podía sentir su calor y el latido de su corazón. No quería que se apartara de mí ni un solo instante. De alguna manera, el contacto con él me daba fuerza. Delante de mí, sentadas en el piso, estaban Itzel y Mercedes. Mientras la una masajeaba mis piernas y me daba a oler una esencia que me tranquilizaba, la otra monitoreaba la frecuencia cardiaca de K y me motivaba a echarle ganas a ayudar a mi hijo a salir.
De pronto, algo en la mirada sobria de Itzel me inquietó. La concentración y determinación que hasta ese momento había sentido comenzaron a esfumarse y en su lugar aparecieron el temor y el miedo. Sabía que algo estaba sucediendo y quería saber qué era. Itzel, con calma pero absoluta honestidad me dijo que estaba sangrando más de lo normal y que la frecuencia cardiaca de Kenzo por momentos bajaba mucho. Eso se sumaba a que una circular de cordón en el cuello hacía que por más que pujara, el cuerpecito del bebé se regresara hacia adentro. Por un instante, los demonios del pesimismo y la negatividad se apoderaron de mí. Dije en voz alta que estaba asustada. Y al decirlo, mágicamente mi cuerpo soltó ese miedo y recuperó el ánimo. Tenía que confiar en que todo estaría bien.
Así transcurrieron minutos que me parecieron eternos. Con cada contracción intentaba con todas mis fuerzas expulsar a ese bebecito. Él me animaba y me recordaba todo el poder que me acompañaba. Éste estaba representado en un dije que había yo elegido como amuleto unos días antes. De cuando en cuando, abría también un poco los ojos para ver a Mercedes y a Itzel en un esfuerzo por evocar todas esas imágenes que mi mente había dibujado para empoderarme y darme el coraje que necesitaba en ese momento. Con el caminar de las manecillas de un reloj invisible, mi ánimo flaqueaba, mi mente se desconectaba de mi cuerpo y de mi corazón, y mi poder me daba la espalda despiadadamente. Me invadió un agotamiento extremo. Ninguna posición parecía ayudarme. Toda sugerencia de que caminara, entrara a la tina, me pusiera en cuclillas me parecía insoportable. Como un alma que abandona un cuerpo en su último aliento, toda mi voluntad se esfumó. Quedé derrotada, abatida y absolutamente perdida. De vuelta en la cama, hecha bolita, anuncié que no pujaría ni una vez más. Había terminado de cooperar. Supliqué que sacaran al bebé como pudieran; que lo jalaran, que me pusieran epidural, que me abrieran con una cesárea, que hicieran lo que fuera pero que
acabaran cuanto antes con el dolor. Reproché que no me hicieran caso y quisieran motivarme a seguir. Me sentí en un vórtice sin salida. Sin saberlo, estaba tan cerca de lograrlo.
En medio de ese trance reinado por el agotamiento, esos fieles acompañantes que no me dejaban darme por vencida me convencieron de recostarme en la cama con la espalda reclinada. No sé cómo fue que accedí, pero de pronto me encontraba nuevamente más dispuesta a cooperar. Con un pie haciendo palanca en el hombro de Itzel, el otro en el hombro de Mercedes, él frente a mi jalándome con un rebozo y la neonatóloga empujándome por la espalda, tenía que encontrar dentro de mí las fuerzas para retomar el camino y seguir adelante. No fue sino hasta que mi esposo me dijo que podía ver la cabecita de nuestro hijo y que muy pronto seríamos papás que realmente pude volver a conectarme conmigo misma, con el momento y con lo que estaba viviendo. Desde un lugar de mi ser que no es posible describir con palabras, reuní las pocas fuerzas que aún quedaban y puse todo mi empeño, mi corazón y mi alma en empujar al bebé hacia fuera. En esos últimos instantes antes de su nacimiento, el dolor de pronto se convirtió en una sensación ligeramente placentera. Me invadió un sentimiento de satisfacción, amor puro y determinación. Con mi pareja frente a mí, que era mi centro y lo único que veía en ese momento, supe que K y yo estábamos listos para la culminación de su nacimiento. Y así fue. Entre jalones, lágrimas, patadas y palabras de ánimo, nuestro hijo nació a las 21:57 horas.
Todavía recuerdo con claridad el momento en el que K salió de mi cuerpo y de inmediato lo colocaron en mi pecho. Por alguna razón, su cuerpecito calientito, húmedo y resbaloso trajo a mi mente la imagen de tener en mis brazos a un pequeño pulpito. Con lágrimas de alegría e incredulidad en los ojos y una sensación de amor indescriptible, sentí a esa pequeña personita en mis brazos y mi pecho al tiempo que aún estaba conectado a mis entrañas a través del cordón umbilical. Qué momento tan mágico y místico, ese instante en el que sentiría por última vez a mi hijo dentro de mi vientre. El tiempo se detuvo por un instante y todo se desvaneció. Para mí, solo existíamos mi hijo, mi esposo y yo: un bebé y unos padres recién nacidos, todos llenos de amor y dicha. Una nueva familia. Luego de mirarnos, reír y llorar juntos, él cortó el cordón umbilical con ayuda de Itzel. Con ese corte, mi niño quedó completamente fuera de mí, llevándose para siempre con él un pedacito de mi ser.
Y así fue como concluyó mi parto, una de las experiencias más místicas, intensas y hermosas que la vida me ha regalado. Acostada en la cama, con mi hijo en mis brazos y mi esposo a mi lado, no pude mas que agradecer al universo que cada paso de este camino nos hubiera llevado a un desenlace tan bello. Cada decisión tomada desde el inicio del embarazo, las personas que se cruzaron con nosotros, cada acontecimiento que atravesamos,... todo fue como tenía que ser. Nada fue accidental ni fortuito. Desde el comienzo de este recorrido desee con todas mis fuerzas tener un parto respetado que pudiera guardar para siempre en mi corazón y así fue. Viajé hasta las estrellas y volví. Ahora, solo queda el recuerdo de aquel momento. Un recuerdo que llena mi hogar con su eco. Sentada en la sala, con mi niño en brazos, veo la sombra, las estelas invisibles, del camino que recorrimos el 27 de marzo, el día en el que los astros se alinearon para que nuestro hijo llegara a este mundo para llenarnos de amor y plenitud.
Lo que aprendí en este nacimiento
Por Mercedes Campiglia
Vimos nacer a su primer hijo cinco minutos después de la media noche hace tres años. Cinco minutos antes de que el calendario cambiara de fecha llegó éste. En su parto previo el médico rotó la cabeza del niño manualmente, ahora lo hicimos mediante asimetrías de la pelvis, posiciones y paciencia. La vez pasada requirió de una anestesia para aliviar el dolor, esta vez hicimos uso de una tina de agua caliente.
Las experiencias que vivimos nos sirven para revisar caminos, rectificar rutas, replantearnos metas. Si miramos con atención, cada recorrido es una enseñanza.
Yo aprendí que estos padres engendraban bebés rollizos con enormes cabezas a los que les costaba trabajo encajar en la pelvis, así que en esta ocasión no esperamos a que el proceso llegara a un punto de desgaste, desde el inicio exploramos posiciones y estrategias que forzaran un poco lo que en otros casos sucede espontáneamente. Aprendí que ella era una rusa fuerte y decidida pero que podía sentirse derrotada cuando sentía que el control escapaba de sus manos, así que hice todo cuanto estuvo en las mías por sacarla de la cama y ayudarla a retomar el timón del barco. Aprendí que su pareja era un soporte invaluable y que su calidez y su risa eran el más potente antídoto contra el temor, así que procuré acercarlo a ella en todo momento. Ella se había quedado con ganas de tener un parto en agua en la primera ocasión de modo que desde que inició éste nos aseguramos de que todo estuviera dispuesto para que ello fuera posible.
Es fantástico acompañar segundos nacimientos porque revisar la ruta previa nos permite ensayar nuevos caminos. Los padres suelen sentir cierta culpa por la poca atención que dan al nacimiento de sus segundos hijos en comparación con la destinada al de los primeros. Pero lo cierto es que los segundos llegan al mundo a través de la ruta que sus hermanos han ensanchado para ellos, recorren un camino para el cual alguien más ha abierto brecha, lo cual representa sin duda una ventaja.
Foto: Abril Zapote
HERMOSO Y SORPRESIVO NACIMIENTO DE LUZ MARÍA Y IANIS
No sé si fueron los Takis” dijo cuando empezó a sentir cosas extrañas, “siento hace una hora un dolor como entre retortijón y cólico”… Cuarenta minutos más tarde el papá estaba recibiendo a su bebé en la puerta de la casa. Ella simplemente gruñó desde lo más profundo de su ser anunciándole al mundo que su hijo nacería y haciendo estallar en pedazos cualquier fantasía de control. “Está saliendo, siente la cabeza” dijo. Él tocó esa superficie dura que asomaba entre las piernas de su mujer y se dio cuenta de golpe de que estaba frente al momento más poderoso de su vida. Había llegado a este umbral sin aviso previo y sin posibilidad de hacer otra cosa que responder a lo que su instinto le dictara porque supo que el nacimiento de su hijo era inminente y que no contaba más que con sus manos para recibirlo. Tomó al niño, lo escuchó llorar y lo puso de inmediato en el pecho de su madre. Cada cual hizo exactamente lo que tenía que hacer, como si la vida entera les hubiera preparado para ese instante, como si generaciones tras ellos les hubieran susurrado al oído el papel que les correspondía, como si las células de todo su cuerpo activaran un conocimiento secreto que estaba escrito en el ADN mismo. El nacimiento es un estallido de vida ante el cual no quedan opciones posibles más que la reverencia, la humildad y la sorpresa.
Mercedes Campiglia
Testimonio de una doula
Podría confirmar sin duda alguna que el nacimiento de Sara duró 4 días...! O por lo menos ese fue el tiempo en que las llamadas iban y venían con preguntas acerca de lo que Adriana iba sintiendo...!
"Ya tiene 4 cm." indicó la médico residente del hospital cuando Adriana acudió a corroborar la razón del sangrado que observó después de días en que las contracciones seguían presentes pero sin regularizarse...! Así también lo confirmó su ginecóloga al día siguiente pero con 1 cm más de dilatación al llegar al hospital y dispuesta a una inducción dada la fecha máxima en que debería esperar a que el parto comenzara.
Estos papás habían pedido tregua de dos días más a Elizabeth su ginecóloga, y nos vimos para un rico masaje y suaves movimientos de la cadera con el rebozo. El ultrasonido mostraba una posición de la cabecita de Sara que no se decidía por rotar para definir su entrada a la pelvis en una mejor posición.
¿Y las contracciones que corresponden al parto si ya tenía 5 cm. de dilatación?... Ausentes o más bien definitivamente irregulares y poniendo en duda toda credibilidad de esta mamá que no sabía a qué atenerse, y obvio preguntándose ¿con esta dilatación como es que no tengo contracciones regulares?
Así que comenzó la conducción y se regularizó este parto que duró 10 horas y que culminó en un nacimiento maravilloso y pleno de salud para la mamá y su bebé.
Hay detalles en los nacimientos que se vale contar, porque los comentarios de Adriana eran espectaculares… “tengo miedo de que en el momento del pujo no la pueda sacar” nos dijo con toda seriedad… “si no sale la jalan… OK?”
También fue muy bello el detalle de Alonso que cuando al ver que la cabecita de la nena se asomó para coronar en una contracción, emocionado le acarició los cabellos con la punta de sus dedos. Son momentos memorables que los papás recordarán por siempre y contarán a su hija cuando les pregunte ¿Papá… Mamá…cómo fue mi nacimiento?
Por mi parte me queda reiterar que en los embarazos que se alargan, debe prevalecer la paciencia por parte de la mamá y una estrecha comunicación con el médico que vigila atentamente la salud de ambos estos últimos días. Confiar en su experiencia y recomendaciones –como fue la de inducir el parto de un embarazo que se había prolongado más de las 41 semanas y darle la oportunidad y el tiempo que necesitara.
Cada nacimiento es diferente, algunos comienzan antes de lo esperado y a todos sorprenden y hay muchos otros como este que desespera a todos porque pasa el tiempo y no sucede nada.
Felicidades Adriana, Alfonso y Sara...! Nada pudo haber sido más hermoso. Fui testigo de las manifestaciones de fortaleza, decisión y sobretodo convicción en lo que Adriana se repitió una y otra vez "YO PUEDO..." Fui también testigo de las demostraciones del amor y admiración de su pareja y padre de la niña que iba naciendo.
La llamo por teléfono para ver como va estrenando la maternidad y me comenta “Yo la veo muy madurita y bien portada… pienso que la semana que se pasó de tueste le sirvió.!
Guadalupe Trueba
Testimonio de una doula
Hoy nació el tercer hijo de esta familia. A las 3:00 am, cuando llegué al área de admisión del hospital en el que atenderían el parto, me encontré enpijamados y sentaditos en la sala de espera a los dos nenes mayores de la pareja. Los habían sacado de la cama en medio de la noche porque no consiguieron localizar a ninguna de las tres personas que se suponía que podrían cuidarles cuando naciera su hermano, así que ahora esperaban medio dormidos y medio consternados a que una amiga de la familia llagara a rescatarles: “Mi mamá vomitó porque ya va a nacer nuestro bebé” me dijo la más chiquita que desde sus cuatro añitos miraba con ojos de plato cada vez que venían las contracciones.
Estos padres recibieron a su primer hijo en un parto vaginal pero completamente convencional -con oxitocina, epidural y episiotomia- del que salieron sintiéndose furiosos y frustrados porque su doctora no respetó ninguno de los acuerdos a los que habían llegado. Se informaron entonces y buscaron una ruta diferente para la llegada de su segunda hija; pero la vida no sigue el rumbo que le trazamos sino el que le viene en gana, así que aún habiendo elegido el profesional y el sitio adecuados, el cuerpo de ella y el de su bebé decidieron no arrancarse y cumplidas las 42 semanas terminó programándose una cesárea.
Y aquel dicho que dice que la tercera es la vencida acertó en este caso, de manera que hoy recibieron a su tercer hijo finalmente en un parto natural en el que nadie les impuso nada y todo fluyó al ritmo que el cuerpo de ella y su deseo fueron marcando. Música, luces bajas, aromaterapia, susurros y caricias.
Al volverse las contracciones tan intensas que le hicieron pensar que no podría salir a flote de la experiencia, ella pidió un descanso para seguir adelante. Pensamos que todavía faltaría un rato para que el nacimiento ocurriera porque la dilatación no se había completado y el cérvix estaba grueso... pero tras una leve sacudida de rebozo empezaron a escucharse los sonidos que emergen del centro mismo de la tierra cuando va a partirse y que nos hacen saber que la vida se acerca. Dos pujos bastaron para que este bebé conociera la luz y los pechos de su madre, así que el anestesiólogo llegó en esta ocasión sólo para deleitarse contemplando la escena del encuentro de los que se aman.
Ella recorrió todas las rutas en la llegada de sus tres hijos. Su cuerpo es testigo de los paisajes y las piedras que entraña cada una de las vías posibles hacia el nacimiento así que me muero de ganas de escuchar de su boca las historias de cada una de las epopeyas y comparar juntas las notas de nuestras bitácoras de viaje.
Mercedes Campiglia.
LA ESPERA DE 9 MESES......
Cada parto en el que tengo la fortuna de acompañar a una pareja, en especial a la mujer, tiene su magia.
Para mi algo muy lindo es que me compartan que no conocen el sexo de su bebé y esto lo hace aún más mágico y especial.
Hace dos días estuve en un nacimiento hermoso, ellos han esperado 9 meses pacientemente para conocer el sexo de su bebé. Elaborado un plan de parto y elegido cuidadosamente a su equipo médico.
Las experiencias me han enseñan que no siempre lo planeado es el recorrido a seguir y yo trato de compartir esto con las parejas que preparo y acompaño.
Así que ayer fui testigo de la fortaleza de una mujer entregada a sus sensaciones y a su bebé. Con una ruta completamente distinta a lo planeado se fue monitoreando con la experiencia, sensibilidad, paciencia y cariño de los médicos, Alejandro Pliego, Elias Charúa y Denisse Bernardet.
Lo que más me movió hasta las entrañas fue el cariño, oxitocina por todos lados, que se sentía en esa habitación. Un padre amoroso pendiente cada segundo de su mujer y su bebé. Subiendo la cuesta con ella en donde predominaba el silencio, pero las miradas y lo que se respiraba en ese momento lo decía todo.
La presencia de una madre a quien se le ha invitado cariñosamente también es muy especial, ese amor incondicional y apoyo de madre-hija es invaluable. Sus miradas se cruzaban, las caricias, los espacios que dejaba.......
Jacqueline eres una guerrera, trabajaste fuerte y confiada en tu cuerpo y tu bebé. Esas últimas contracciones fueron muy desafiantes, las condiciones en las que estuviste, sentada en cama la mayor parte del tiempo vigilando de manera muy estrecha cada latido de tu bebé, confiada en tus médicos y tu cuerpo trajiste al mundo un hermoso NIÑO.
Escuche TE AMO muchas veces con tu bebé en el pecho y esa hermosa sonrisa combinada con agotamiento expresaba toda tu lucha ganada.
Les comparto unas palabras de su padre: de vvd fue increíble. Agradecemos cada instante que estuviste con nosotros. Cada consejo. Cada palabra de aliento. Siempre lo recordaremos y serás parte de esto. Algún día Skyler podrá agradecerte por ayudarnos a llegar a nuestros brazos.
Gracias por su confianza!!!!!
Patricia