El inicio de un camino largo

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Por Mercedes Campiglia

Hoy por hoy creo que una de las tareas más importantes que hago como doula es ayudar a las mujeres a permanecer en casa al inicio del trabajo de parto, especialmente cuando éste tarda días en arrancar. El parto se parece más a un maratón que a una carrera de 100 metros y cuando inicia no hay nada que las instituciones de salud puedan hacer por las futuras madres; por el contrario, tienden a tratar de agilizar las cosas desconociendo el ritmo propio de cada cuerpo.

Está documentado que llegar demasiado pronto al hospital incrementa las probabilidades de que se practiquen intervenciones innecesarias que terminan desviando al nacimiento de su curso natural... pero es un desafío no correr con el médico cuando el cuerpo empieza a comportarse de maneras extrañas, como lo hace durante el parto. Fluidos desconocidos, desplazamientos de huesos y presiones extrañas sumadas a un cocktail de hormonas, llevan a las parturientas a preguntarse con frecuencia si todo marcha como debería.

Decirles que lo mejor es permanecer en casa hasta que las contracciones sean realmente intensas y frecuentes no es decir una mentira pero en ocasiones, cuando esto tarda días en ocurrir, ellas pueden sentir que son libradas a su suerte y experimentar la indicación como una suerte de abandono; todos siguen con su vida como si nada ocurriera y ella no puede escapar del parto.

La doula normalmente llega a acompañar cuando las contracciones se han establecido pero en mi experiencia, en los recorridos de arranque lento, que alguien venga a verte un rato, te de un masajito en la espalda, charle contigo de cómo te sientes, te confirme que lo que percibes es parte del proceso y te recuerde que cada cuerpo avanza a un ritmo único, es de gran ayuda para que la confianza arraigue y de frutos. No es necesario permanecer pegada a ella durante días, tampoco eso la complacería en un momento en el que requiere intimidad; pero una visita regularmente es bienvenida.

En estos casos es particularmente importante el trabajo en equipo con los profesionales que se encargan de custodiar la salud de los bebés y de sus madres para darle a las mujeres la seguridad que necesitan experimentar y que les permitirá quedarse tranquilas en casa haciendo lo que tienen que hacer cuando un parto inicia; producir oxitocina y avivar la pequeña llama que todavía podría apagarse de un soplido pero que se convertirá en hoguera si se le da el tiempo suficiente y un ambiente propicio.

 

Una maternidad sin moños

Por Mercedes Campiglia

A 10 años de haberme convertido en miembro activo del concurrido club de la maternidad, llega la idea de escribir un par de reflexiones al respecto. Creo que lo recargado de las narrativas en torno al tema me habían llevado guardar una distancia prudente, pero hoy caigo finalmente en la tentación de escribir sobre la experiencia de ser madre… o de ser hija, esperando sinceramente escapar de la melcocha que persigue como una maldición a este departamento.

Las peripecias que llevan a las mujeres a convertirse en madres me apasionan. ¿Qué es eso que hace que una mujer pueda abrir en su interior el espacio necesario para que de allí surja otro sujeto? ¿Cómo es que puede darle cabida a ese otro en su cuerpo o en su vida? Hay todo tipo de recorridos para volverse madre; hay quienes se encuentran con sus hijos después de pujar en una sala de partos y quienes los encuentran debajo de un puente o adentro de una probeta. No existe UNA maternidad a la que mujeres diversas tratamos de ceñirnos con más o menos éxito, sino un sinnúmero de formas diferentes de ensayar esta experiencia alucinante de abrirle paso a otro a través del propio ser.

A mí me tocó en esta vida por madre una mujer poco convencional; no recuerdo las tardes de mi infancia jugando con ella a las muñecas ni cocinando galletas. Mi mamá siempre trabajó y estudió y por las noches, casi todos los fines de semana, también sale de fiesta. Su único sueño nunca ha sido el de ser madre, es muchas otras cosas al mismo tiempo y de forma igualmente apasionada.

Mi mamá no me llevaba comida caliente a la puerta de la escuela en el recreo, como lo hacían algunas de las madres ejemplares de mis compañeros, ni se levantaba temprano para preparar suculentos desayunos cuando un licuado con huevo integrado podía resolver de un sorbo el trámite de la alimentación matutina… pero me enseñó todo lo que puede disfrutarse un chocolate; creo que a nadie he visto en la vida comerlo con tanto gusto como a ella.

No recuerdo una sola tarea en la que me haya ayudado pero no pasó una noche de mi infancia sin que me leyera un cuento. Creo que por eso soy amante de las historias bien contadas. Cualquiera puede recitar el sonido de las letras para formar palabras, pero eso no es contar un cuento. Todavía hoy, a veces, me siento a escucharla cuando les lee a mis hijos que la oyen entre las sábanas, con esa combinación maravillosa de atención y sueño que sólo conocemos aquellos a quienes nos contaron cuentos para dormir.

Nunca supo hacer trenzas francesas ni peinados elaborados con listones; recuerdo más bien los nudos en el cabello siempre suelto y siempre largo como una constante que podían alcanzar, por momentos, dimensiones insospechadas… Mi mamá no sabe gran cosa de los temas que las mamás dominan habitualmente pero sabe muchas de las cosas realmente importantes de la vida. Sabe que vale la pena tirarse al sol como las lagartijas, meterse a la alberca por las noches y cantarle a la vida cuando estás triste y cuando estás contenta. Mi mamá me enseñó que hay que mirar el paisaje cuando se viaja y que no hay nada más bello que el mar aunque de vez en cuando te revuelquen las olas o el sol te queme o los mosquitos te coman... porque siempre vale más el gozo que la pena.

Mi mamá no es la más diestra peinadora ni la más hábil cocinera pero es sin duda la más divertida de todas. Me enseñó que los que se aburren son los tontos porque en esta vida maravillosa siempre hay algo que vale la pena. Me dejó andar en bicicleta y salir sola a la calle; me dejó ir de viaje cuando a la mayoría de mis amigas no les permitían hacerlo. Aceptó que nuestra casa se convirtiera en refugio de decenas de animales en desgracia que mi hermana y yo rescatábamos; perros abandonados, pájaros heridos, pollitos de oferta, ardillas prisioneras… 

De ella aprendí que vale la pena pelear por lo que uno sueña y que hay que pelear también por los sueños de los otros. Aprendí también que hasta los mejores sueños pueden derrumbarse y que las personas vuelven a surgir de entre los escombros para seguir adelante. Mi madre fue siempre consciente de que no podía vacunarme de la vida, ni del dolor, ni de la muerte, y estuvo dispuesta a acompañarme en este viaje, sin más.

Mi mamá se equivocó en montones de cosas y yo he hecho lo propio. Mis hijos se han caído de la cama, de las carreolas, de los columpios…  De manera incomprensible han comido las cosas más insólitas; uno de ellos se las arregló para tragarse una canica de metal y al otro le di un huevo revuelto con vidrio cuando todavía ni siquiera caminaba. Recuerdo haber llorando a moco tendido con ellos cuando se suponía que debía consolarlos. He sido muchas veces más dura de lo necesario y me he obsesionado por hacer las cosas de manera correcta estropeándolo todo. Ha quedado a estas alturas perfectamente establecido que por más que me lo proponga no tengo manera de ser una madre perfecta. Mis hijos siempre tienen el pelo más largo de lo debido, los pantalones excesivamente rotos y no consigo mantener sus uñas nunca suficientemente cortas ni medianamente limpias…

Sólo espero poder disfrutar con ellos tanto como lo ha hecho mi madre conmigo. Ojalá pueda transmitirles el gusto que ella me ha enseñado por entrar al cine con una dotación suficientemente abundante de refresco y palomitas, el gusto por charlar de cosas importantes y de tonterías, por hilar unas ideas a otras, por saltar las olas. Si puedo enseñarles a mirar el mundo con una mirada enamorada, me doy por satisfecha. Creo que, en el fondo, de eso es de lo que se trata la maternidad, de darse cuenta de que los hijos no son algo propio, sino compañeros del camino. No hay que moldearlos sino caminar a su lado y aprovechar la posición privilegiada que la maternidad nos obsequia para observar el fabuloso espectáculo de las jacarandas floreciendo en primavera.

La fortuna de acompañar a las mujeres de parto

Tengo la fortuna de acompañar a las mujeres de parto

Cuando una mamá llama para invitarme al nacimiento de su bebé, lo hace pensando que “contrata mis servicios” y así es en realidad; pero además me convierte en una persona muy afortunada… La energía que se respira al nacer un ser humano es impresionante y deja conmovido a aquel que la atestigua. Presenciar un nacimiento es monumental… hacerlo en un parto en el que la mujer emplea su sabiduría interior y está siendo acompañada y respetada en cuando a las posturas, ruidos, gemidos y demás expresiones que le plazca hacer para parir a su hijo, es un momento de éxtasis. Cuando la mamá se conecta con su sabiduría interior para parir al hijo que ha gestado, se produce un milagro, un milagro que se replica cada día en todas las madres que dan a luz con libertad.

Puesto que el parto es un evento que se acompaña desde el respeto y el amor, el reto es impresionante para quienes lo acompañamos; debemos tener claro lo que hay que hacer y lo que hay que evitar hacer. Acompañar es el acto de estar con otra persona o ir junto a ella y para ello se requiere desarrollar el arte de observar, que es mirar algo o alguien con mucha atención y detenimiento para adquirir algún conocimiento sobre su comportamiento o sus características.

¿Qué hago cuando acompaño a una mujer de parto? La miro: cómo se mueve, se planta, respira, gime, se toca o toca a su pareja. La admiro: su trabajo es fuerte, intenso y de gran demanda y se entrega a éste como si en ello le fuera la vida. La protejo: de los distractores que interrumpen su danza y su concentración. La procuro: acercándole todo aquello que le permita fluir con cada contracción y tener el descanso que merece en las pausas. Pero por sobre todas las cosas, me sorprendo, porque cada parto es único y me permite ver, en cada mujer y su pareja, la transformación que ocurre cuando reciben a su bebé en brazos, ya que  ellos nacen también como padres en ese instante.

Miro con atención lo que ella hace y lo que hacen quienes la rodean; si apoyan su parto o lo entorpecen. Busco que ella mire en su interior y acepte lo que le ocurre como algo natural y seguro. Admiro su fortaleza y su sabiduría interior; si la rodeo del respeto y la privacidad que merece, se conduce de manera sorprendente sabiendo qué hacer y cómo hacerlo. Admiro los cambios de ánimo y la manera en que se transforma pasando de ser una fiera que empuja con toda su fuerza a su hijo a ser la más tierna cuando lo tiene en brazos… de hacer ruidos impresionantes para pujar a emitir sonidos exquisitos al hablarle por vez primera.

Yo procuro que se sienta en confianza y segura en todo momento; protejo su espacio y facilito el acercamiento de su pareja, el padre de la criatura, ya que el entorno puede inhibirlo al manifestar su amor. Puede estar asustado a la vez que sorprendido o sentirse vulnerable con lo que está presenciando. 

Yo acompaño desde el silencio, porque hay ruidos que no corresponden al parto y que pueden ser desquiciantes y desesperantes… de ahí la importancia del silencio. Guardo mucho silencio para que no escuche nada que la distraiga o que le indique lo que tiene que hacer ya que la mayoría de las veces las instrucciones de afuera no tienen nada que ver con lo que su cuerpo le pide.

Respetar lo que ella desea a pesar de que todos lo duden, sentir cómo propio lo que se observa... ponerse es su lugar. Defender lo que siente y expresa.  Escucha y observa. Lo que se ve, se escucha, se huele y se percibe son indicadores confiables de lo que está ocurriendo. Escuchar su respiración, ruidos, gemidos y quejidos y compararlos con sus posturas y movimientos muestran lo distante o cercano que está el nacimiento y lo bien o mal que la mujer está aceptando el trabajo. 

Redimensionar el dolor es imprescindible para el acto de acompañar en el parto, para entender si la madre lo acepta y si quiere o no enfrentarlo, acompañando en absoluto respeto a sus deseos aunque decida no seguir adelante cuando ya esté por ocurrir el nacimiento. 

A veces me toca acompañar partos en los que escucho gritos de súplica de mujeres que están siendo violentadas por intervenciones dolorosas y poco respetuosas. Puedo mirar cómo sus manos tratan inútilmente de quitarse de encima las que las lastiman… Me toca escuchar regaños del médico: “no toques ahí porque contaminas” o “no metas las manos ahí… ya me ensuciaste..” Cuando que lo que ella trata de hacer es defenderse de lo inexplicablemente absurdo. Las mujeres pueden con su dolor, más no con el dolor agregado sin piedad. Cada vez veo menos partos de este tipo, no porque no existan sino porque las mujeres que se acercan a solicitar mis servicios como doula suelen ser mujeres conscientes que toman “el sartén por el mango”, investigan lo que hay, elijen entre lo que se propone, buscan a los actores adecuados y exigen tener el papel principal.

Qué afortunada soy por acompañar en los partos.
Guadalupe Trueba
 

Decisiones que importan

Se critica a la mujer moderna porque pide una cesárea programada, 
pero no reflexionamos acerca de por qué lo hace.

 


¿Porqué es importante prepararse para el parto?

La educación es una experiencia que tiene como finalidad lograr un cambio de comportamiento. Y esto es justo lo que se logra asistiendo a un curso de preparación al parto y la maternidad.

La futura madre se convierte en una suculenta receptora de un sinfín de comentarios, consejos y recomendaciones de lo que debe hacer y lo que debe evitar hacer durante su embarazo. De igual manera se le advierte acerca de lo que ocurrirá durante el nacimiento. A lo largo de nueve meses, escucha toda suerte de experiencias horrendas sobre el parto y lo que le sucederá si tan solo se atreve a intentarlo. Todo momento de reunión y conversación, es propicio para que amigas, familiares, compañeras de trabajo y desconocidos aconsejen y adviertan a la futura mamá que según ellos se aproxima inevitablemente a un destino aterrador. La pregunta que se hace ante todo este bombardeo de advertencias naturalmente es: ¿tendrán razón? Y es que todas estas voces encuentran eco en una serie de sitios para la atención del nacimiento que no son en absoluto amigables y distan mucho de presentar al parto como un evento feliz y especial. 

Ante este barullo de voces, las clases de preparación para el parto aparecen como un espacio ideal para comentar miedos, dudas, expectativas y sobre todo para contar con la información que ayude a tomar decisiones bien informadas. Elegir al ginecólogo o partera que con su experiencia acompañará y vigilará el progreso y culminación del parto, así como al pediatra que tendrá el privilegio de recibir al bebé para acompañar y vigilar su transición a esta nueva vida, son sin duda alguna decisiones que requieren tiempo y conocimiento. 

Parir da miedo… y lo que se ofrece en los cursos son herramientas para enfrentar estos miedos y aceptar que tenemos la capacidad para hacerlo con salud y disfrutando profundamente de la experiencia. En los cursos para el parto, la mujer re-descubre que su cuerpo está preparado para parir porque la medicalización del evento la hace dudar que puede lograrlo.

¡Vamos mujeres modernas! Transformen el miedo en un motor para encontrar la manera de vivir el nacimiento de sus hijos con consciencia, sabiendo que será un evento transformador que fortalece y empodera. Ejercicios para apropiarse del cuerpo, de la voz, del movimiento, dinámicas para reflexionar acerca del impacto de la experiencia de parir, herramientas para elaborar un plan de parto y, sobre todo, compartir experiencias con otras mujeres en las mismas circunstancias, disminuyen el temor y favorecen la confianza.

¡No dejen que se les vaya una oportunidad espectacular de gozo y profunda satisfacción que no se repetirá nunca más!

Guadalupe Trueba
 

Contigo está mejor

Por Mercedes Campiglia

 

El contacto con la piel húmeda y tibia del bebé cuando nace es una experiencia hermosa que a ninguna mujer debería arrebatársele de no existir una poderosa justificación para ello. Es en el pecho que la madre reconoce y huele a su cría, cuenta sus deditos y le consuela tras el viaje, a veces intenso, que el nacimiento representa. El momento del primer contacto fuera de la panza entre estos dos que acaban de dejar de ser uno mismo no sólo es hermoso, es necesario, pues sus cuerpos siguen conectados aún de formas sutiles que hacen que uno resulte para el otro el complemento perfecto. La madre tendrá menores posibilidades de presentar una hemorragia si conserva a su bebé en el pecho y al bebé le será más sencilla la adaptación a un medio que le resulta por completo ajeno.

 

A pesar de ello vemos una y otra vez que las madres y sus hijos son separados porque así lo indican las políticas hospitalarias. La separación conceptual que se establece entre la madre y el niño en el modelo de atención medicalizado del parto, advierte Cecil Helman, se traduce en prácticas como la asignación de médicos diferentes al cuidado de cada uno y puede observarse también cotidianamente en la rutinaria separación de los bebés de sus madres. Se les separa argumentando que resulta necesario proporcionar calor a los bebés en camas térmicas para ayudarles a regular la temperatura porque su cuerpo no es aún capaz de hacerlo por sí mismo; pero está demostrado el hecho de que el cuerpo del bebé puede regular la temperatura, mejor que en ningún otro sitio, en el pecho de su madre.

 

Interesantes estudios se han realizado al respecto por neonatólogos como Nils Bergman, comprobando el deterioro de la salud que de hehco ocurre cuando los recién nacidos son separados del pecho de sus madres para ser colocados en “vientres plásticos”, desconociendo la complementariedad que existe entre los organismos de la madre y el niño en el posparto temprano: “Cuando un bebé y su madre son separados al nacer, ambos parecieran experimentar una especie de crisis de abstinencia; el bebé llora y la madre tiembla hasta que el niño es puesto en su pecho”, afirma Guadalupe Trueba, quien ha acompañado cientos de nacimientos. Al colocar al recién nacido sobre el cuerpo de la madre no sólo se le ayuda a regular la temperatura de manera mucho más eficiente que por medio de una máquina, se favorece la colonización de su organismo por las bacterias de la madre para las cuales el bebé recibirá anticuerpos a través de la lactancia y se fomenta el establecimiento del apego temprano:

 

Las investigaciones efectuadas en los diez últimos años nos permiten afirmar que en el contacto piel con piel, su hábitat normal, es el recién nacido mismo quien atiende sus propias necesidades, y no la madre o el personal sanitario. La oxigenación de la criatura mejora en el contacto piel con piel, hasta el punto que se utiliza satisfactoriamente para tratar angustias respiratorias. Las criaturas que pasan de la incubadora al contacto piel con piel presentan un aumento de la temperatura, y su estabilidad se mejora notablemente. (Ludington-Hoe et al, 1996). La nutrición mejora gracias al respeto a la capacidad de la madre de dar de mamar, y al respeto a la capacidad de la criatura de nutrirse. Las criaturas nacidas a término, en un parto no medicalizado, a las que se las deja sobre el pecho de sus madres sin ser molestadas, tomarán el pecho espontáneamente en la hora que sigue al nacimiento, sin ninguna ayuda (Widstrom et al, 1987). El recién nacido ejerce una estimulación sobre la madre que induce el comportamiento maternal y la protección. La inmunidad de la criatura mejora de manera todavía perceptible al cabo de los seis meses (Sloan et al, 1994). Otros efectos positivos del contacto piel con piel en la madre, son entre otros, una vinculación más fuerte a la criatura y una mejor curación de los problemas emocionales ligados al parto prematuro.  (Bergman, 2005).

 

Seguimos separando a los bebés de sus madres porque en la concepción de nuestra sociedad individualista se los concibe como unidades independientes y autónomas. Vivimos en un mundo que desconoce la importancia de los lazos que nos atan a unos con los otros creando una red que nos sostiene. “Las necesidades básicas fisiológicas de un bebé recién nacido pueden resumirse en una sola frase: Un Bebé recién nacido necesita a su madre”, afirmó Michel Odent en una conferencia en su más reciente visita nuestro país que tuvo lugar en febrero de 2015.

 

Por otra parte, las mujeres experimentan con gran dolor la separación de sus hijos tras el nacimiento de modo que esta práctica, además de impactar negativamente en la salud, impacta emocionalmente en las mujeres que acaban de parir. La Secretaría de Salud en su “Guía de atención para la vigilancia y manejo del trabajo de parto en embarazo de bajo riesgo” recomienda el contacto piel a piel inmediato (Secretaría de Salud 2014). La OMS, por su parte, tras una revisión de 30 estudios que comprendieron 1,925 participantes concluye que el contacto piel a piel temprano favorece la lactancia, ayuda a la regulación de temperatura del recién nacido, reduce el llanto y la glucemia (Saloojee, 2008). Sin embargo, la práctica habitual en México sigue siendo la separación. Paula, quien tuvo a su bebé por parto en la Clínica cuatro del IMSS cuenta: “Nada más le di un beso y se lo llevaron (…) Hasta el siguiente día que salí me lo dieron. Ahí no me lo dejaron tener (…) Lo veía detrás de una ventanita”. Para Alejandra, que tuvo cesárea, la separación fue aún más prolongada: “En lo que ellos me estaban cosiendo yo la trataba de ver y se la llevaron (…) Yo sí estuve cuatro días por la cesárea, es lo que tarda, y a mí no me la dieron esos cuatro días (…) Nada más a través de la ventana (…) Yo sentía algo porque ya la quería cargar y todo” (Grupo de discusión, 7 de noviembre de 2014).

 

Se vuelven invisibles para la medicina las cosas que resultan invisibles para las sociedades. Si se piensa en términos de individuos y no de relaciones, no puede comprenderse la importancia de respetar el lazo entre el bebé y su madre o la importancia de que las mujeres puedan dar a luz acompañadas por la persona que ellas elijan para que las apoye en el nacimiento; no vemos la importancia de los lazos afectivos pero el vínculo es la clave, no sólo en el momento mismo del nacimiento sino de lo que vendrá más adelante.

 

Algunos psiquiatras como Ibone Olza, quien se dedica al estudio de la “psicología perinatal” desde España, recomiendan para atender casos de estrés postraumático o cuadros de depresión en el posparto a causa de una atención violenta durante el nacimiento o de la separación de la madre y el niño, promover la lactancia. La lactancia, además de proveer importantes dosis de oxitocina que ayuda al establecimiento del apego con ese bebé frente al que se puede experimentar rechazo, posibilita que un intercambio de miradas se produzca. Ello resultará fundamental para que la madre sane y para que el hijo se estructure psíquicamente de forma saludable. Lo que la lactancia opera, así como lo que en el contacto piel a piel ocurre es la reconexión de ese vínculo que puede haber roto un sistema de salud que desconoce la importancia de los lazos que unen a los sujetos.

 

 

Referencias bibliográficas

 

Bergman, Nils (2005), “El modelo Canguro de tener el bebé”, Sextas Jornadas sobre lactancia, París, Recuperado de http://www.quenoosseparen.info/articulos/documentacion/documentos/elmetodocangurodetenerelbebe_nils_bergman.pdf, Consultado el 24 de mayo de 2016.

 

Helman, Cecil. G. (1990). Culture, health and illness. An introduction for health professionals, Butterworth-Heinemann, Gran Bretaña.

 

Saloojee, H. (2008) “Contacto temprano piel a piel entre las madres y sus recién nacidos sanos”: Comentario de la BSR, La Biblioteca de Salud Reproductiva de la OMS; Ginebra.

 

Secretaría de Salud (2014), “Vigilancia y manejo del trabajo de parto en embarazo de bajo riesgo”, 11 de diciembre de 2014, Recuperado de http://www.cenetec.salud.gob.mx/interior/catalogoMaestroGPC.html (consultado el 13 de febrero de 2015).

 

Olza, Ibone (2013), Lactivista, Editorial Obstare, España.

 

 

 

ASI DE FRAGIL

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Por Patricia Ochoa

Que delgada es la línea en momentos críticos, que requieren de un gran esfuerzo, concentración y entrega incondicional y amorosa como los que enfrenta la mujer que está entrando a la recta final de su trabajo de parto. Y esa delgadez sólo ella la percibe, no se trata de medirla, de poner nombres, tiempo, sino dejarla que fluya a su ritmo y a su manera.

Solo la mujer, quien está conectada con su cuerpo y su bebé, bañada en hormonas y todas esas sensaciones de olas que van y vienen en distintos ritmos, inmersa quizá en esa furia de oleaje que parece interminable, tiene la sabiduría del rumbo que tomará el nacimiento de su bebé, su sentir y decisiones deben de ser escuchadas y respetadas.

El nacimiento de ayer me confirmó una gran lección: para quienes tenemos la fortuna de “acompañar” a las mujeres en este mágico y poderoso  recorrido que es el trabajo de parto y parto, debe quedarnos claro que solo ellas tienen la última palabra de la ruta que decidan tomar y nuestra labor es acompañarlas de corazón respetando sus tiempos, interpretando sus silencios, esas miradas que a veces nos dicen todo o nada...  sobretodo cuidando su entorno y respetando sus decisiones. Siempre ellas a cargo intuitivamente de esta gran travesía. Nosotros no somos nadie para juzgarlas y llevarlas a un camino que quizá a rebasado sus límites, es su parto, su experiencia!!!!

El éxito y el triunfo de un nacimiento no se mide en tiempos ni en las rutas tomadas, sino en el respeto  por lo que cada mujer desea.

Cuando esta hermosa mujer, quién se entregó de manera incondicional a este viaje poderoso, decidió tomar otra ruta ya muy cercana a tener a su bebé en brazos, los que estábamos presentes simplemente cruzamos nuestras miradas y sabíamos realmente de corazón que debíamos de respetar y apoyarla. ¿Quiénes somos nosotros para decirle hasta donde puede llegar o llevarla a algo que no desea? Así que todos guardamos silencio, nuestras miradas se cruzaron y de manera respetuosa se hizo lo que ella estaba pidiendo; además recuerdo muy claro que en la entrevista fue un tema que platicamos, momento muy especial e importante para conocer sus miedos, deseos, experiencias previas…..

Fui testigo de esa entrega incondicional y amorosa. La mujer a la que acompañé estuvo rodeada de un equipo médico que supo respetar su última decisión y hacer memorable el nacimiento de su gorda. Recalco la importancia de la elección de los médicos y el apoyo de ellos.

En la visita posparto hablamos largo y tendido de éste mágico y desafiante recorrido ,  me compartió sentimientos de logro, alegría, empoderamiento y una gran satisfacción  con las decisiones que había  tomado. Sentimientos muy importantes para iniciar la crianza con confianza y amor y porque no... de sentirse una guerrera.

Para ti si eres doula o tienes la fortuna de estar cerca de una mujer en trabajo de parto te comparto estas sabias palabras: “Acompañar, sintonizar, sostener. Para ello requiero de detenerme, de observarte, de sentirte, de escuchar y de acoplarme a ti, a tu ritmo, a tu melodía, a tu tono, a tu deseo, dejando el mío y conectando con el tuyo. Entrar en compasión contigo, es decir, tu pasión es mi pasión. Requiere de que me vacíe de lo que traigo para tomar contigo lo que tu traes”  Karina Muñoz Mesina

RECORRIDO DESAFIANTE...

Por Patricia Ochoa

ELIETTE, te quiero platicar que tuve la fortuna de estar en tu nacimiento y ser testigo del milagro de la vida.

Tu mamá es una mujer muy fuerte, convencida de que querían darte la mejor bienvenida, decidió cambiar de médico en tus últimas semanas de crecimiento y no perderse todas las sensaciones que tú le fuiste regalando en esos 9 meses. Esto le permitió estar muy conectada con su cuerpo, su intuición femenina y prepararse física, mental y espiritualmente para tu llegada.

Lo ideal es que la pareja elabore su plan de parto, lo comparta con sus médicos (obstetra y pediatra) y estén abiertos a que éste recorrido puede ser incierto, pedregoso, con rutas alternas, mágico, transformador y poderoso. Siempre he pensado que “parir” es un regalo que tenemos las mujeres, nos brinda la oportunidad de descubrir nuestras fortalezas, soltar, confiar, sorprenderte,  trabajar  miedos y empoderarte.

El camino de ustedes fue retador para las dos: muchas horas, contracciones intensas que sabemos también a ti te prepararon para un mejor nacimiento -gracias a todo el cóctel hormonal- con muchos recursos para manejar cada oleada y acompañada por las personas que tu mamá eligió cuidadosamente. Tu papá amoroso y atento a lo que tu mamá iba necesitando, sus miradas, caricias. Itzel, tu médico, no se separó en ningún momento que déjame decirte no es lo habitual y pendiente de todo lo que sucedía, le brindó a tu mamá masajes, palabras de aliento, miradas, confianza, un entorno de respeto y siempre atenta a que tú estuvieras bien.....

Las sensaciones de empujar llegaron, pasaron varias horas de mucho trabajo, cambios de posiciones, entrada y salida a la regadera, tina de parto, traguitos de jugo,  agua, unos pedacitos de chocolate, cucharaditas de miel.... masajes, apoyo con el rebozo, esencias, miradas entrecruzadas, vocalizaciones,  apretones de mano, silla de parto -que tiene una historia larga en su uso- ..... en fin muchos recursos para manejar el dolor, abrir y transformar la pelvis y facilitar que tú fueras descendiendo por ese pasadizo y que tu mamá estuviera más cómoda y fuerte para trabajar cada contracción y sensaciones que llegaban.

A pesar de todo esto te quedaste arriba, así que Itzel con todo su conocimiento y experiencia decidió tomar otro recorrido, la cesárea.

Sabemos que es una intervención mayor, pero cuando realmente esta justificada con  evidencia científica se debe tomar este recorrido, y si, es un plan Z que muchas veces duele, duele el corazón pero que es necesario.

En este procedimiento médico se cuido bajar las luces, la anestesióloga iba explicando todo con un lenguaje muy sencillo y cariñosa, las voces eran como susurros. Tu papá estaba muy cerca y en el momento que estabas naciendo Itzel bajó un campo que ponen para que tu mamá no se perdiera este momento y pudiera verte y estar atenta a todo lo que sucedía. Pinzaron tu cordón unos 5 minutos después de tu nacimiento y la pediatra cuidadosamente te colocó desnudita en el pecho de tu mamá  como por una hora, que sabemos es un momento crucial para el apego y el bienestar de las dos. Casi no lloraste, abrías tus ojos grandes y tu mirada se cruzó con la de tu madre. Sabemos que todo esto genera una explosión de oxitocina y otras hormonas que son indispensables para que se enamore tu mamá de ti. Tu papá te toco tu manita de una manera muy tierna y te agarraste de uno de sus dedos y no soltaste. Seguro estabas pensando, YO de aquí soy.......

Eres una gorda hermosa de 3,780 gr, cachetona, que le diste a tu mamá la oportunidad de encontrarse con ella misma en otra dimensión y salir fortalecida en todos los sentidos de esta gran experiencia. Además estoy segura que tu papá la ve con otros ojos y descubrió también en ella la gran mujer que tiene a su lado.

Yo le agradezco mucho a tus papás me hayan invitado a ser parte de este caminar y enseñarme lo mágico de tu llegada. Además es la primera vez que trabajo con Itzel, siempre es una alegría saber que “SI hay médicos” que respetan la fisiología del parto, no pierden la mirada en que la mujer es la protagonista, se basan en evidencia científica y trabajan de una manera amorosa y respetuosa.

Gracias Ivonne, Eduardo y bienvenida querida Eliette!!!!

           

Dueñas de nuestros cuerpos

Por Mercedes Campiglia

Dos mujeres dieron a luz al mismo tiempo, con el mismo médico y en el mismo hospital. Yo estuve con una de ellas y escuchamos desde su habitación el llanto del bebé de la vecina que nació después de un pujo largo y dificultoso. La mujer que estaba conmigo dijo: "Mi médico está con su consentida y a mí me mandan a la lista de espera porque no pude".

Le habían aplicado anestesia hacía unos minutos y ahora se disculpaba por no haber seguido adelante y esperaba a que su útero empujara a su bebé por ella. Pidió anestesia porque no quería seguir sintiendo el dolor de la cabeza de su hija descendiendo por su cuerpo. Pidió anestesia porque el parto le había resultado "una pesadilla, lo más parecido a las torturas de la inquisición". Decidida a no volver a tener nunca mas un hijo y a alertar a todas sus conocidas de que no se aventuraran a nada parecido, mandó a su marido a abogar por su derecho a que le aplicaran un bloqueo. Lo pidió porque tenía miedo y porque tenía derecho a ello. Miró a su médico y con toda la seriedad de la que fue capaz le dijo: "Tú me quieres llevar al límite y yo no quiero llegar allí."

La historia terminó con una cesárea que llegó pocas horas más tarde porque su bebé se negaba a descender. Cuando recibió la noticia de que debían llevarla al quirófano dijo de inmediato: "De acuerdo, estoy lista". Habló con la certeza de quien asume los costos de las decisiones tomadas. 

Nunca sabremos si de haber resistido el dolor ella hubiera podido bajar a su hijo pujando en diferentes posiciones y con toda la fuerza de su alma como la mujer de la habitación de al lado o si habríamos terminado en una cesárea de cualquier manera. Nunca sabremos si su bebé, que tuvo que ir a observación para expulsar el líquido de los pulmones, lo habría expulsado naturalmente en el apretón del nacimiento o si se hubiera agotado tras un trabajo de parto desafiante.

Yo sólo sé que el parto humanizado está compuesto de dos ingredientes, las prácticas de la medicina basada en evidencia y el reconocimiento de la centralidad de la mujer en la en la experiencia del parto y su derecho a decidir sobre su cuerpo. Con toda la información en la mano ella eligió el camino que quería seguir y quienes la rodeamos la acompañamos en la ruta que trazó en este viaje que no es de nadie sino suyo. Sólo sé que mientras intentamos convencerla de seguir por el camino que considerábamos más adecuado ella era presa de nuestro deseo y que cuando se apropió de su parto y de su cuerpo finalmente se reconcilió con la experiencia.

No tengo idea de cómo procesará el evento del nacimiento cada una de las dos mujeres que parieron ese día y no sé siquiera si hice lo correcto cuando le dije que no tenía que demostrarle nada a nadie, que era dueña de su cuerpo y podía decidir lo que quisiera o me faltaron las palabras y los recursos para convencerla ¿Fallamos porque ese día no tuvimos un parto? ¿Fallamos al anteponer el deseo de la mujer al nuestro? ¿Fallamos al respetar sus decisiones? 

La doula no está encargada de reducir el número de cesáreas, está encargada de acompañar, lo cual tiene como consecuencia una reducción del índice de intervenciones que se practican durante el nacimiento porque con frecuencia un masaje, una caricia, una palabra, son suficientes para aliviar el dolor y hacerlo tolerable; pero no necesariamente ocurre así. Para esta mujer en particular parecía preferible el parto de una de sus amigas a la que le habían hecho una episiotomía “que le llegaba hasta la pierna” y le habían fracturado una costilla a fuerza de Kristeller que su experiencia de estar pujando dentro de una tina de agua caliente. Las sensaciones de su cuerpo le resultaban completamente intolerables y aterradoras.

Esta mujer eligió algo diferente a lo que yo habría elegido, algo diferente a lo que los manuales indican; y aún así su deseo merecía ser escuchado. Hoy me doy cuenta de que con el paso de los años y de los partos, cada vez me siento más comprometida con el derecho fundamental de la mujer a decidir sobre su cuerpo. 

El parto humanizado no se compra

Por Mercedes Campiglia

Una doctora a la que respeto profundamente me dijo la siguiente frase que nunca olvidaré: “El parto humanizado no se compra, se construye”. Considero que esta es una afirmación particularmente potente y por ello se la pedí prestada para escribir un texto que hable del equívoco que con frecuencia lleva a confundir el parto humanizado con una suerte de spa del nacimiento. 

En una sociedad en la que estamos acostumbrados a pagar por servicios diversos, puede suceder que las mujeres embarazadas que recorren ávidas las tiendas de productos para bebés, incluyan en su lista de preparativos para el parto el conseguir una doula o contratar un nacimiento en agua. Cada vez es más frecuente recibir llamadas de quienes buscan esta clase de servicios comparando unos profesionales con otros en función de sus credenciales, sus años de experiencia, sus honorarios… sin siquiera conocer a las personas de la cuales solicitan la atención: “Quiero una doula”… una cualquiera.

Cuando la solicitud de acompañamiento al parto se plantea en estos términos resulta inevitable sentir una suerte de incomodidad. ¿Qué es lo que ocurre? ¿No es acaso un servicio lo que la doula o el médico ofrecen? Quizá el problema radica en el hecho de que en esta clase de aproximación al tema el carácter de sujeto de los involucrados pasa a un segundo plano y lo que queda en el centro es el servicio que ofrecen; lo cual está completamente desviado del criterio fundamental del que parte la atención humanizada. 

La doula no llega al parto con una varita mágica que reduce el índice de cesáreas, trabaja a partir del vínculo que con cada mujer construye y por ello su trabajo es artesanal, no serializado. Sin vínculo no hay nada por hacer y una vez que el vínculo se establece, el resto es accesorio… el masaje, el uso del rebozo, la aromaterapia. El vínculo puede perfectamente construirse con alguien a quien se conoce en el momento mismo del nacimiento, pero requiere necesariamente del reconocimiento de esos dos, entre sí, como sujetos. La noción de contratación de un servicio es completamente opuesta a este principio vinculante; la doula, la partera, el médico hacen un trabajo por el cual ciertamente cobran pero si se trata de profesionales comprometidos, no lo hacen por lo que cobran; su motor es otro y el vínculo que construyan con aquel para el que trabajan será determinante para obtener buenos resultados. 

Mientras quienes se atienden en hospitales públicos aceptan la atención que el proveedor de salud les quiera ofrecer puesto que “no están pagando” por ella, las mujeres que se atienden en instituciones privadas se colocan en la posición de consumidoras que recorren las vitrinas de la vasta oferta del mercado de la salud. Tanto una premisa como la otra están equivocadas porque parten del principio erróneo de entender la salud como mercancía. Ni la atención que el sector público brinda es gratuita pues la pagamos entre todos ni la atención privada es un servicio que la consumidora contrata como si eligiera paquetes vacacionales. 

La atención de la salud en nuestra sociedad pareciera estar cada vez más claramente colocada en el terreno de los servicios y las mercancías cuando se trata de uno de los derechos básicos que el Estado debería garantizar a todos los ciudadanos. En el ámbito de la atención del nacimiento, el parto humanizado es percibido como una suerte de artículo de lujo que responde a las necesidades de algunas embarazadas privilegiadas que buscan experiencias “esotéricas” cuando no comprende otra cosa que el ejercicio de una medicina basada en evidencia en la que se reconozca la centralidad de la mujer en el evento del nacimiento de sus hijos. Todas las mujeres deberían tener acceso a este tipo de atención porque es la más segura para ellas y para sus hijos.

El nacimiento humanizado no es un artículo de lujo, un parto VIP que contratan quienes pueden permitirse ese lujo, es un derecho de las mujeres que como sociedad debemos defender. Debemos exigir que la atención del nacimiento esté alineada con los criterios de la Norma Oficial de nuestro país y que brinde a las mujeres y sus hijos un cuidado adecuado. No se contrata, se construye, con esfuerzo, reconociendo y honrando la humanidad de todos los que formamos parte de la poderosa y transformadora experiencia del nacimiento.

Noche de parto y de gratas sorpresas...


Por Guadalupe Trueba 

¡Estoy de parto!... escuché cuando respondí a la llamada. Por segunda vez tendría el placer de acompañar a esta pareja en el nacimiento de su hijo.

La siguiente noticia fue “la doctora vendrá a casa a ver que tan avanzada estoy y de ahí veremos qué procede”  Guauuu! Que manera más increíble de actuar para no irrumpir en las condiciones físicas y emocionales de una embarazada saludable y con bebé que está por nacer. Evitar que la madre tenga que salir de casa para que pueda quedarse un buen rato más disfrutando del inicio del parto y de la compañía de su hijo que espera un hermanito.

Luego, ya en el hospital, fui observando otras cosas muy agradables. La actitud de una enfermera que hizo todo cuanto se podía para que esta madre se sintiera como en casa… No sólo cuidar de las tareas que corresponden como enfermera responsable de este nacimiento, más allá de estar pendiente de la temperatura y nivel del agua en la tina de parto, en varias ocasiones se acercó para verter agua tibia en la espalda de la mujer con una ternura y calidez maravillosas. Una enfermera pendiente de lo que la doctora necesitaba para hacer más segura su labor como médico… de consentir al papá cuando necesitaba algo, de preguntarme a mi si requería de una toalla extra… Y qué decir de la doctora que, desde su actitud de apoyo al nacimiento humanizado, la alentaba y cuidaba de forma que pudiera seguir trabajando con lo que sólo ella podía hacer y que era parir a su hijo.
Mantuvo el espejo de tal forma en que fueran la mamá y su esposo quienes pudieran observar el progreso del momento en que el bebé nacía… “Tócate si quieres para que tú misma veas que su cabecita está ya muy cerca de salir… lo estás haciendo muy bien.”

Al nacer el chiquito y después de un largo rato con el bebé en brazos, vino el corte del cordón y el cuarto se llenó de las miradas y sonrisas de complicidad de todos los que estábamos atendiendo a esta familia.  Luego mientras la mamá se ubicaba para salir de la tina y pasar a la cama que le tenían preparada, le ofrecí al papá que se quitara la camisa mojada para tener a su bebé en contacto piel con piel; a lo que el pediatra accedió e inclusive festejó.

Después ocurrió lo de siempre… Ese niño recién nacido permaneció en los brazos de su mamá y comenzó a buscar la mirada la de sus padres… Un ratito de llanto y la clásica salivación acompañada de patadas con las que intentaba subir hasta encontrar el seno izquierdo (tan cerca de los latidos del corazón), para comenzar a succionar con fuerza el sitio de dónde se alimentó por primera vez con la leche de su madre.
Luz tenue, música y esencias elegidas con toda anticipación, trato respetuoso, tono bajo en la voz y la mirada de complicidad de quienes están acostumbrados al entorno apropiado para un nacimiento humanizado.

Hermoso ver que cada vez más y más hospitales ofrecen una atención similar para favorecer nacimientos normales.
¿Puedo llevarme mi placenta?... Sí, por supuesto, sólo tiene que firmar esta forma… Y no más preguntas.

Hermoso presenciar nacimientos atendidos por médicos convencidos de que ésta es la forma de acompañar a la mujer para dar la seguridad y confianza para que el embarazo, además de llegar a feliz término, sea un evento pleno de salud y bienestar para todos y de hospitales amigables del parto normal que ofrecen las instalaciones necesarias para hacerlo.

Así llegué a casa a descansar con el alma en paz… Si esto me lo hubieran platicado hace poco más de 10 años, no me lo hubiera creído.

La Huella de Diana Iglesias

Cómo llenar el hueco que dejó Diana en "Experiencia"??

Con su calidez, su profesionalismo y su gran conocimiento y sensibilidad, Diana nos enriqueció enormemente tanto a nosotras 4, como a todas las familias que tuvieron el privilegio de conocerla y disfrutar de sus clases. Ahora nos escribe desde otras latitudes en donde seguramente otras familias afortunadas tendrán el privilegio de contar con ella. Aquí publicamos el texto que desea compartir con todos.  Le deseamos siempre lo mejor y reiteramos que en México y en "Experiencia" siempre tendrá una casa a donde llegar.

Ana


Querid@s tod@s
Durante mi estancia en México tuve la oportunidad de conocer y trabajar junto a Guadalupe, Mercedes, Patricia y Ana. Os invito a conocer su trabajo si aún no lo conocéis, de verdad os recomiendo poneros en sus manos si necesitáis de sus habilidades, su elegancia, cada una de sus personas en una bella esencia tan humana.
Desde “Experiencia” es atendido el acompañamiento del embarazo y el parto, así como la crianza temprana. Momentos tan delicados en la vida de una mujer, de una pareja, de una familia, en ese intrincado camino, el traer un bebe al mundo, consiguiendo que emerja toda la fuerza necesaria.
Cuatro grandes mujeres, desenvueltas, luchadoras, valerosas, profesionales, implicadas… fue un honor sentirme acogida por cada una de ellas, en esa forma tan particular que las hace diferentes y únicas. 
Es toda una experiencia poder compartir unas horas con ellas, la calidez de su trato, esos ojos brillantes, atentos, el placer de sentir con pasión cada acompañamiento, taller, nacimiento. Cuatro miradas que nutren el abordaje del embarazo, nacimiento y crianza temprana.
Sintiendo la profesión desde el alma, en un gran baile, acompasando su ritmo dependiendo del momento, fluido, lirico, apasionado, calmado, caótico… dejándose llevar por las aguas, acompañando tanto al silencio, a las pausas, a los gritos, a las emociones que fluyen en el aire, como a cada uno de los increíbles sonidos del parto. 
Compartiendo su profesión de Doula desde el corazón,  viviéndolo con orgullo y destreza, con conocimientos y ciencia, con amor y paciencia, sabiendo estar en cada momento, siguiendo el ritmo que les hace crear ese ambiente mágico donde todo es posible.
Me invitaron a participar en uno de sus talleres de rebozo y quede maravillada. La hermosura en sus movimientos en cada una de las explicaciones y ejercicios con los que se va desenvolviendo los talleres que imparten, la teoría y la práctica, el saber…
Aportando infinidad de casos nutridos compartiendo vivencias, llenos de experiencias que las mujeres y familias que han experimentado estar a su lado deciden cederles, para que pasen a otras mujeres, a otras familias, para que sirvan y sigan surtiendo la seguridad que aporta el conocimiento, en esa magia que se da únicamente cuando una vida es engendrada.
Realmente quedé inmensamente agradecida con cada una de ellas, me llevé mucho en Experiencia, no solo de la energía mexicana, ni de su gente, que ya es mucho, sino de la belleza de compartir una profesión tan bella, de acompañar al grupo de crianza cambiante y pasional, impartir clases, disfrutar junto a las parejas en sus diferentes maneras de percibir lo que viven, en cada una de las anécdotas, masajeando a esos locos bajitos, excelentes crías humanas, a sus madres en su fortaleza, los pormenores del amamantamiento, la belleza y lo sublime de la crianza en todo su esplendor, sus luces y sus sombras, aquello que nos lleva a caminar de la mano por el increíble sendero de ser padres y madres.   
Gracias, gracias, gracias… siempre os sentiré muy cerca.
Un cálido abrazo
Diana Iglesias Sáenz

¿Qué elegir y cómo elegir?

Por Guadalupe Trueba

El peso de la responsabilidad en las decisiones que toman las parejas para el nacimiento de su bebé, puede ser abrumador. Las opciones que ofrecen los profesionales de la salud (ginecobstetra y pediatra) y el hospital en el que la mujer elija para dar a luz -con la respetuosa recomendación de su pareja- son muchas y muy variadas. 

Decidir entre un parto natural o una cesárea programada, entre un parto medicado o sin medicación, entre aceptar o no intervenciones que para algunos médicos son de rutina y para otros no, tener o no la libertad de moverse, expresarse a voluntad, comer o beber durante el parto, elegir la posición para el momento del nacimiento o hacerlo en la posición convencional de las mesas de parto, tener a su recién nacido en contacto piel con piel inmediato e ininterrumpido o aceptar que se lo lleven por algunas horas, el permanecer con su bebé en el cuarto o que se quede en el cunero por las noches durante la estancia hospitalaria, iniciar una lactancia exclusiva al seno materno o complementar con fórmula… Todas son decisiones cargadas de responsabilidad y miedo. Miedo a no saber qué hacer o temor a equivocarse; porque se duda si la elección a tomar es o no saludable y segura tanto para la mamá como para su bebé.

Todas las madres deseamos lo mejor para nuestros hijos y cuestionamos si lo que ofrecen los servicios de salud es lo que más conviene, ya que son ellos los expertos, principalmente para quien será su primera experiencia de parto, pero somos nosotros los padres los que nos llevaremos finalmente al hijo a casa. Las diferentes opciones nos hacen temer… ¿Cómo voy a saber yo lo que es mejor si no soy el experto? ¿Cómo elegir con tantas opiniones tan diversas?

El deterioro en la calidad de las decisiones, puede estar influenciado por la presión que sienten los padres ante tantas y tan diversas posturas en cuanto a lo que conviene a la salud y bienestar que obviamente deseamos para nosotros y nuestros hijos. El modelo tan medicalizado de la atención del parto, hace dudar a la mujer si está o no capacitada para decidir acerca de lo que mejor conviene a su salud y la de su recién nacido. Y aquí viene la invitación a considerar lo que les dice la intuición y no siempre la razón. La razón puede estar influenciada por lo que la cultura de parto y el modelo de atención del parto han definido como “conveniente y seguro”. ¡Cuidado porque el “condicionamiento cultural” puede llegar a ser más fuerte que el instinto! 

Conviene reflexionar en lo que ha ocurrido por muchas décadas y en las razones por las que han surgido cambios en los últimos años y la cada vez mayor presión mundial de la sociedad por una cultura de parto humanizado. Merece la pena mirar lo que la evidencia científica está mostrando de las consecuencias a corto, mediano y largo plazo de la forma en que nacemos.

El apoyo y vigilancia del embarazo y parto por un profesional de salud es muy conveniente pero lo es también conocer el modelo de atención que prevalece en su quehacer como médico o partera para poder elegir si lo que propone es o no congruente con lo que deseo como cliente. Cuando preguntamos en consulta prenatal si podremos hacer esto o aquello durante el nacimiento, habrá diferentes respuestas como: “si todo sale bien… lo intentaremos” o “así es como yo suelo recomendarlo a mis pacientes…” Y es al usuario del servicio al que le corresponde explorar lo que implica la respuesta del profesional a quien visitó.

Los sentimientos no se pueden argumentar. 

Se siente o no se siente deseos de lograr algo.

Buscar lo que deseamos para nosotras y nuestros hijos no es empresa fácil. Implica darse a la tarea de escuchar a unos y otros, comparar entre unos y otros y decidir por lo que nos parece congruente. Asistir a los padres para ayudarles a conocer las opciones disponibles así como los pros y contras de tan diversos modelos de atención existentes hoy día, es la razón principal de nuestro servicio como educadoras perinatales. 

En nuestros cursos prevalece la información basada en evidencia y sabemos que nuestros alumnos están expuestos a tan diversas opiniones sobre lo que mejor conviene, que de pronto se sienten abrumados por tanto que hay por elegir así como presionados por el miedo a equivocarse en la decisión que tomen, por lo que nuestra tarea es orientarlos y apoyarlos en sus decisiones.

Si de algo sirve mi recomendación, escuchen lo que les dice el corazón, no teman a escuchar su intuición, no serán las primeras ni las últimas elecciones que tendrán que tomar en esta aventura de ser padres.

Y cómo última reflexión me queda decir que no todas las mujeres tienen el privilegio de poder elegir. Las profundas desigualdades de nuestra sociedad han colocado a una enorme cantidad de embarazadas ante la situación de verse obligadas a permitir que otros decidan por ellas. El Estado debería garantizar a todas las mujeres acceso a una atención de calidad y a un trato respetuoso en el que sus deseos fueran tomados en cuenta. Todas las mujeres deberían tener acceso a educación y derecho a elegir, ese es el objetivo que tenemos que fijarnos como sociedad. Y quienes, por el hecho de haber accedido a una condición privilegiada están en posición de elegir tienen la obligación de tomarse la tarea en serio; informarse y exigir que sus derechos y los de sus hijos sean respetados para ir abriendo brecha al resto. 

 

 

 

 

 

 

 

Cada cual en sus zapatos El hombre en el parto

Las sociedades tienden a buscar relaciones cada vez más equilibradas entre hombres y mujeres, especialmente en los sectores medios y altos de la población, y ello ha implicado un replanteamiento de la paternidad, la maternidad y todo lo que gira entorno a dichas funciones. 

Es relativamente frecuente ver a papás cargando a sus hijos, cambiando pañales, involucrándose activamente en la discusión acerca de modelos educativos, asistiendo a consultas prenatales y participando del momento de nacimiento. El modelo convencional en el que el cuidado de los hijos era responsabilidad exclusiva de las mujeres, resulta hoy abiertamente criticado. El cuestionamiento a los roles tradicionales y la exploración de nuevos modelos de paternidad caracteriza a la generación actual de padres. 

Con el involucramiento de los hombres en las labores de crianza, se ha producido un estrechamiento de los lazos afectivos entre los padres y sus hijos, una liberación de la mujer de las tareas propias de la vida familiar, lo cual le ha permitido involucrarse más activamente en el desarrollo profesional y académico y una redistribución más equitativa de las tareas al interior de la familia. En resumidas cuentas, el resultado es claramente enriquecedor y positivo.

Sin embargo, el cuestionamiento a los modelos convencionales no resulta sencillo y comprende siempre movilizaciones de las estructuras. Replicar el modelo educativo de la familia de origen es sin duda más sencillo que ensayar un modelo nuevo. Mientras el hombre se encargaba de proveer el sustento y la mujer del hogar y la familia, las tareas estaban claramente distribuidas y no había duda alguna en cuanto a las responsabilidades de cada cual. Actualmente la mujer asume responsabilidades económicas y el hombre participa en la crianza con lo que el reparto de responsabilidades no resulta tan sencillo y ello hace que con frecuencia las parejas enfrenten una auténtica turbulencia con la llegada de los hijos. 

¿En qué radica el problema? En que no existen equilibrios perfectos y al disolverse las fronteras entre el territorio de uno y otro,  con frecuencia se producen confusiones. Aún cuando el hombre y la mujer decidan abordar juntos el proyecto de formar una familia, compartiendo responsabilidades, usan zapatos diferentes. De no aceptar este hecho, no hacemos otra cosa que estrellarnos una y otra vez, contra un muro inamovible que es la diferencia fundamental entre la posición de uno y otro. 

Los momentos emblemáticos de esta diferencia son el embarazo y el parto, que son el tema de interés fundamental de este trabajo. Durante este periodo en el que la pareja espera al bebé por venir, se hace evidente la base de la imposibilidad de compartir de forma simétrica las funciones de crianza. Aún cuando el hombre se involucre en el proceso del embarazo, acuda a los ultrasonidos, sienta los movimientos de su bebé, asista a clases de preparación para el parto… es evidente que NO está embarazado. Algunas parejas intentan zanjar esta diferencia de postura desde el lenguaje simplemente declarando “estamos embarazados”. Pero la realidad no se construye exclusivamente a partir de la enunciación. El vientre de ella crece y  junto con él la clara diferencia entre su lugar y el de su pareja. Cuando la mujer pretende que su pareja se emocione igual que ella con las primeras “pataditas” o padezca junto con ella el insomnio de las últimas semanas de embarazo, está pidiendo un imposible. 

Lo mismo ocurre durante el parto. Aún cuando el hombre esté presente en el momento del nacimiento, quien va a “parir” es la mujer y sólo ella. En ocasiones la preparación para el parto es usada también como una suerte de pantalla pero la diferencia de posturas NO desaparece a pesar de los esfuerzos que se hagan por negarla. 

¿Qué hacer entonces? Ponerse cada cual en sus zapatos. Resulta infinitamente mejor tener durante el parto a una pareja que acompañe a su mujer desde la emoción que sólo ellos comparten, que a un “couch” que ha decidido participar del evento “activamente” indicando modelos de respiración y posturas adecuadas para cada fase. El padre en el parto no necesita ser más que el padre; no requiere aprender digitopuntura ni aromaterapia. No necesita tomar las riendas del evento sino soltarlas y dejárselas a ella, que es quien realmente está a cargo en ese momento. Acompañar el dolor es tener la capacidad de pararse frente a él con un corazón suficientemente abierto y ancho como para abrazarlo y darle cabida. Es realmente difícil hacer esto, especialmente cuando quien enfrenta el dolor es alguien a quien se ama, pero eso precisamente es lo que se requiere durante el parto… alguien que esté contigo y para ti.

Con esta reflexión no pretendo decir que debamos regresar a los modelos convencionales de paternidad y maternidad. Simplemente quisiera señalar el hecho de que desconocer la diferencia no ayuda a construir plataformas sólidas. Debemos replantearnos las responsabilidades y tareas de cada cual, partiendo del hecho de que usamos zapatos que no son intercambiables. Y que la equidad no necesariamente implica simetría. Podemos plantearnos la crianza de nuestros hijos como una responsabilidad a compartir equitativa pero no simétricamente. No es necesario darle biberones al bebé para repartir la responsabilidad de la alimentación. Es mejor que si la madre, que es quien anatómicamente está diseñada para nutrir, se encarga de hacerlo, el padre asuma otras de las muchas tareas que comprende el cuidado de un hijo.

Mi recomendación para aquellos que se hayan propuesto criar a sus hijos en conjunto: Reconozcan y respeten las diferencias.

 

Mercedes Campiglia
Enero 2012

Padres

Por Mercedes Campiglia

Nuestra cultura nos ha llevado a pensar que los padres pesan menos en la crianza de los hijos que las madres porque están regularmente menos tiempo en casa que ellas. Pienso que es momento de discutir esa idea. En primer lugar, cada vez más parejas cuestionan los modelos convencionales de distribución de las tareas y los padres están mucho más presentes que antes en el día a día de la atención de las necesidades de sus hijos.

Y en segundo término creo que debemos cuestionarnos a qué nos referimos cuando hablamos de presencia y qué clase de presencia necesita un niño para crecer. Existen distintas modalidades de presencia y la única instancia de cercanía no es el contacto físico, aunque ciertamente éste es importante. Tenemos que preguntarnos qué es criar a un hijo: ¿Se trata de llenarlo de mí para que no necesite nada? ¿O se trata de acompañarlo en el camino de encontrarse?

Cuando acompañamos a alguien no necesariamente se requiere de nosotros una presencia ininterrumpida. Acompañar es el arte de saber cuándo acercarse y en qué momento es mejor tomar cierta distancia. Una presencia ininterrumpida da cuenta de que sentimos que ese otro, sin nosotros, no puede nada. ¿Por qué de pronto hemos llegado al acuerdo tácito de que un niño crecerá mejor cuanto más presentes estén sus padres? ¿No será que eso sólo nos llena de culpa por tener millones de intereses y a ellos les impide descubrir los intereses propios?

Los padres acompañan a sus hijos en el camino de esta vida con diferentes modalidades de presencia. Un padre que no pasa demasiado tiempo en casa puede ser una figura absolutamente presente. Cuando es valiente empuja a su hijo a caminar a través de sus miedos, cuando defiende la justicia le muestra que tiene una responsabilidad con los otros, cuando viaja le enseña que el mundo es grande y hermoso. La contención y la seguridad que genera la figura de un padre no se limita en absoluto a la calidez de sus abrazos.

No falla el que no está y acierta el que se queda. Lo esencial es construir maneras felices de acompañar a los hijos en la aventura de vivir, sin culpa, sin rigidez, sin dejar que el deber nos coma las ganas de reír. Reconociendo que la presencia se pone en juego de formas diversas y que somos tan importantes cuando estamos para jugar como cuando nos ausentamos para perseguir un sueño.

 

 

El toro por los cuernos: Humanizar la atención del nacimiento en las instituciones de salud

Por Mercedes Campiglia

La institucionalización en la atención de los nacimientos es una realidad en nuestro país. Un 98% de los partos ocurren en instituciones de salud públicas, por lo que para hablar de humanizar el nacimiento hay que tomar el toro por los cuernos y entrar a discutir las prácticas de atención en las instituciones de salud. Para abordar la problemática de la híper-medicalización del nacimiento en las instituciones es necesario atender, de manera simultánea, cuatro ejes fundamentales: La capacitación-sensibilización del personal, la educación perinatal, el acompañamiento durante el parto y la apropiación del espacio. 

 

Capacitación-sensibilización

Para humanizar el parto necesitamos profesionales dispuestos a seguir aprendiendo estrategias nuevas, a sentarse en el suelo para recibir a los bebés en las posiciones y los lugares que las mujeres elijan para parir, porque de esa manera nuestros resultados de salud serán mejores. El parto humanizado es incómodo, obliga quienes lo atienden a pasar noches sin dormir, a experimentar dolores musculares insólitos por las horas de contrapresión en los huesos de la pelvis, a trabajar en posiciones extrañas, a faltar a toda clase de eventos familiares y compromisos laborales… Sólo puede atender de este modo quien está enamorado de la belleza de atestiguar el surgimiento de la vida y de ver la fortaleza de la mujer desplegándose. Es por eso que, a la par del enfoque científico que apunta a señalar la pertinencia de evitar las intervenciones, es necesario realizar un proceso de sensibilización entre el personal de salud que debería arrancar en las aulas de las escuelas de medicina y enfermería.

No podemos pensar en un parto humanizado sólo para la mujer. La medicina institucional opera bajo una lógica productiva en la cual madre, médico y enfermera son piezas de una maquinaria que dará por resultado un “producto” saludable. Y no es de la producción de lo que se trata el nacimiento; se trata de un acto de amor al que debe restituírsele la dignidad y reconocérsele el carácter trascendente.

 

Educación perinatal

Día a día tenemos más nacimientos quirúrgicos y no se trata de un tema exclusivamente asociado con las decisiones de los profesionales de salud. Cada vez con más frecuencia las pacientes llegan pidiendo una cesárea a sus proveedores de salud por considerarla más segura, sencilla y beneficiosa. El discurso dominante permea a los sujetos y es internalizado por ellos. Así pues, una de las piezas clave para que una transformación significativa en la atención del nacimiento ocurra, es que las mujeres así lo deseen. Es por ello que resulta fundamental la preparación para el parto. Una preparación en la que las mujeres reciban información veraz, basada en evidencia, para tomar las decisiones que consideraran pertinentes. Una preparación que las invite a reapropiarse de sus cuerpos, a reconocerlos, a entender la fisiología del parto y el papel activo que podrían adoptar en la experiencia.

 

El acompañamiento

La mayor ayuda ante la dificultad que el parto representa está dada por la posibilidad de ser acompañada de un ser querido, especialmente cuando se trata de la pareja. La posibilidad de parir acompañadas hace que el momento del nacimiento se cargue de afectividad. Atravesar juntos por una experiencia como el nacimiento en la que se encuentran el mayor dolor y la mayor alegría tiene una suerte de efecto iniciático; estrecha los vínculos y permite renovar las alianzas. Es inaceptable que en nuestros hospitales públicos se obligue a las mujeres a parir en soledad. Si pudiera elegir una sola bandera para levantar en la humanización del nacimiento, elegiría ésta. Las mujeres deben tener derecho a parir acompañadas de quien ellas elijan porque el nacimiento de un hijo no es un evento médico, es un evento profundamente humano y transformador que es necesario vivir en compañía de un otro significativo.

El mayor placer de la experiencia, en todos los casos, está asociado con recibir al bebé húmedo y tibio en brazos en el momento mismo del nacimiento. Entregar el hijo a los padres es un gesto que reconoce su centralidad en el proceso y el momento de encuentro entre los que conforman esta familia que se funda a partir del nacimiento es indescriptible. El parto no es un trámite, no es un procedimiento, no es un tratamiento, es un momento inaugural cuya cúspide es la llegada del bebé a los brazos de sus padres.

 

El espacio

El espacio humilla o empodera, libera o atrapa, asusta o tranquiliza. El espacio es una poderosa intervención sobre el cuerpo de las mujeres. Un modelo de atención, para ser realmente revolucionador, debe considerar esta variable. Es necesario que las mujeres puedan apropiarse de los paritorios, que los llenen de sus sonidos y sus olores porque el parto es un evento íntimo. Hace falta garantizar cierto grado de privacidad y permitir la movilidad para poder hablar de una atención humanizada. Como afirma Guadalupe Trueba “La mujer dando a luz en un hospital se ve obligada a hacer algo muy privado en un lugar público”.

 

Así pues, para en verdad avanzar en la humanización del nacimiento, es necesario trabajar desde diferentes frentes. Necesitamos legislar, incidir en las políticas públicas, trabajar con los profesionales y con las mujeres… Necesitamos revolucionar un sistema de salud que pone las normas sin considerar a los sujetos. 

 

 

 

 

 

 

¿Para qué duele el parto?


Por Guadalupe Trueba

Existen dos fuerzas con las que no conviene luchar; la fuerza de la naturaleza y la fuerza del amor. Ambas van de la mano en el parto. El parto duele y nos hace crecer en amor.

El nacimiento de nuestros hijos nos enfrenta a grandes dificultades y enorme esfuerzo, pero también nos brinda la posibilidad de crecer en fortaleza, auto-estima y confianza. Todos estos son atributos que ayudan a enfrentar con mayor seguridad el rol materno que es necesario ejercer con maestría en la convivencia con el bebé. El parto nos hace crecer en "amor".  El embarazo y el parto son actos de amor. Exigen paciencia, ponerse al servicio del hijo por nacer, compartir la vida con él, compartir el tiempo, el espacio físico y la casa y aprender a respetar sus tiempos. En el embarazo y el parto la mujer excusa todo, espera y soporta sin límites. Se hace tangible y evidente el amor, porque lo vive intensamente.

Penny Simkin comenta que “Las largas horas del parto representan una crisis general. La mujer se enfrenta a las sensaciones físicas más intensas y a las emociones más profundas y estresantes que quizá experimente en su vida. Dolor, esfuerzo, fatiga, ansiedad, duda, vulnerabilidad, entorno extraño, gente desconocida, desnudez… ¡lo experimenta todo! Una fortaleza física y emocional forma parte de su naturaleza como mujer y al dar a luz, se puede experimentar un gozo inmenso.”

Pero… ¿y el dolor? ¿cómo se puede gozar si duele?... El dolor juega un importante papel en el proceso del parto normal y tiene un efecto protector. Responder al dolor de las contracciones con movimiento – caminar, mecerse, balancear la cadera, cambiar de posición – no solo ayuda a que el bebé pase por la pelvis y se coloque en la mejor posición para nacer, sino también nos protege durante el parto. Porque duele es que identificamos que el trabajo de parto ha comenzado y porque duele aún más, sentimos la necesidad de hacer contacto con quien nos acompañará y así vamos necesitando darle un sentido a los sentimientos, sensaciones y las acciones conforme avanzan las horas del parto.

Conforme el cuello del útero va cediendo, aumenta la producción de una hormona llamada Oxitocina (la hormona del amor) y las contracciones se hacen cada vez más fuertes, se vuelven más efectivas. Conforme el dolor aumenta, se producen otras sustancias llamadas Endorfinas (hormonas del placer y del sentimiento de bienestar) que ayudan a la mujer a cooperar con el dolor y las demandas del trabajo aún más intenso y que tiene por objetivo ayudar al bebé a salir. Responder activamente a las contracciones del trabajo de parto, no solo da confort, sino que ayuda a que avance.

El dolor en el parto no está asociado a un trauma, sino que es parte de un proceso normal y saludable, y se puede comparar al dolor asociado a otras actividades físicas que implican un gran reto. Aquellos que se esfuerzan por ascender el último peldaño de una montaña, conquistar la cima y llegar a la meta, reportan sentimientos de euforia y aumento en autoestima. Investigadores han encontrado que las mujeres que experimentan un parto natural, describen sentimientos similares de exaltación y autoestima. Estos sentimientos de logro, confianza y fortaleza tienen el potencial de transformar la vida de las mujeres.
En muchas culturas, el corredor que termina una larga y difícil carrera es admirado, pero no se reconoce el hecho de que la mujer en trabajo de parto, pueda sentirse igual. No queremos que nos digan “que bien te portaste” sino que respeten y admiren los sentimientos de euforia y gozo que corresponden.

“Todas las mujeres son capaces de parir pero no todas logran gozar el parto...”
Dr. Manuel Dosal de la Vega

El dolor en el parto es un dolor con un propósito… con un premio. En un curso psicoprofiláctico (de preparación para el parto y la maternidad), se descubren técnicas de relajación, estrategias para centrarse en actividades positivas, se practican posiciones para utilizar durante el parto, se reflexiona sobre la forma en que se manifiestan las señales y se utiliza mejor la fuerza para empujar al bebé y un tema imprescindible es el valor del dolor en el parto como un elemento positivo que nos revela que el parto va progresando o que algo anda mal y descubrir desde la experiencia misma si quiero o no y si deseo no vivir el parto de esta manera. 

El curso ayuda a las mujeres a encontrar la forma de enfrentar los retos del parto con confianza y descubrir su fortaleza en el acto de parir y a la pareja y papá del bebé por nacer, le permite comprender el evento y acompañarlos con amor. La fuerza del amor es un antídoto para el dolor.
Así mismo la mujer que teme a los efectos de medicamentos y anestesia, tiene derecho a elegir NO utilizarlos. Pero además derecho a ser respetada en su decisión y que médicos y enfermeras la apoyen con los medios que ella elija para trabajar con su dolor de la manera como ella lo pueda manejar. 
El dolor durante las contracciones (cuando se aprieta el útero), puede ser intenso y desesperante, si se la obliga a permanecer acostada en una cama. El cuerpo de la mujer ha sido diseñado para parir y cuando el entorno es adecuado – libertad, respeto y privacidad – elige de manera instintiva, las posturas, movimientos y expresiones con que siente alivio del dolor. 

¡El parto puede doler, pero tú eliges no sufrir…!

Hay gran diferencia entre dolor y el sufrimiento. Las mujeres que hemos parido de forma natural sabemos que sí existe una diferencia. Si bien el dolor es una condición ineludible del parto que tiene sus bases fisiológicas y sus causas físicas, cada mujer reacciona ante el dolor de manera diferente, por tal motivo no todas las mujeres responden y reaccionan al dolor de la misma forma. Esto depende de las experiencias previas con el dolor, del condicionamiento cultural, de estrategias de control con que llegue al parto y del apoyo y respeto que reciba de quienes la acompañan en esta experiencia única e irrepetible. En efecto, cada parto es único y no se repetirá jamás. 
A diferencia del dolor, el sufrimiento es algo más profundo, es el resultado de que no se nos tenga respeto, de que no se nos escuche y que no se tomen en cuenta nuestras necesidades y se cuestionen nuestros deseos.

"Se puede tener mucho dolor y no estar sufriendo, pero también
se puede estar sufriendo y prácticamente no sentir dolor…"
Kathy Mc Grath
    
Todas las mujeres tenemos derecho a dar a luz confiadas en nuestra habilidad, libres de encontrar confort en una variedad de formas, apoyadas por el ser amado, la familia y contando con la asistencia respetuosa del personal de salud que asiste el parto, porque estamos viviendo uno de los eventos más importantes en la vida… ¡el nacimiento de un hijo!

“El parto no termina cuando termina el parto… porque es una experiencia que queda grabada en la memoria. Es por eso importante que sea recordado como un día memorable... No le tengas miedo al dolor, porque tú eres más fuerte de lo que piensas y tu cuerpo sabrá cómo resolver las sensaciones propias del trabajo y esfuerzo.  Acompáñate por la persona que tú decidas y te ame… que bien seria
 tu pareja y padre de tu hijo.”
Guadalupe Trueba

Para papá que lee este artículo puede serle de utilidad saber que el amor es más fuerte que el dolor. Que su presencia y apoyo incondicional será la mejor ayuda que pueda ofrecer a su mujer y madre de su hijo… Permanece con ella en todo momento y observa y escucha señales de su cuerpo para ofrecer las caricias o el masaje que alivie y aliente a seguir adelante. Recuérdale que moverse, mecerse y balancear su cadera será de mucho alivio. Ayúdala a concentrarse en su respiración… anímala con cada contracción... No temas… sabrás exactamente lo que tienes que hacer si permaneces a su lado dispuesto a hacerlo con mucho amor y absoluto respeto a lo que ella desee y decida durante de esta experiencia. 
Te sentirás el papá más orgulloso del mundo al apoyar a tu mujer y tu hijo en la experiencia más importante de su existencia humana.

¿Necesitamos ir a un curso para que nos enseñen a parir?

Por Mercedes Campiglia

Pareciera que de un tiempo a acá las mujeres en las grandes ciudades nos hemos olvidado de cómo traer hijos a este mundo y tenemos que prácticamente certificarnos en cursos de preparación para el parto antes de sentirnos listas para enfrentar el nacimiento, que por otra parte, no es más que un evento fisiológico que simplemente ocurre en nuestro cuerpo. ¿Qué pasa entonces? ¿Son los cursos de preparación para el parto necesarios o se trata de una suerte de “moda” sin mayor sentido; uno más de los millones de productos que nos venden cuando vamos a convertirnos en padres aprovechándose de la inseguridad que este hecho nos genera?

Si observamos la historia de la humanidad, los cursos de preparación para el parto son ciertamente algo nuevo; ¿cómo hacían entonces las mujeres para parir cuando no existían las educadoras perinatales ni las instructoras de psicoprofiláctico o Hypnobirthing? ¿Cómo hacen hoy las que viven en los campos o en los montes? Históricamente las mujeres hemos aprendido a parir acompañando a otras en la experiencia de sus partos. Asistiéndonos unas a las otras nos hemos enseñado. Nos transmitimos de forma natural y espontánea los saberes acerca del parto, sus sonidos, sus olores, sus tiempos y sus pausas. Tras acompañar a otra a parir, la primeriza llegaba a su parto consciente del reto que tenía enfrente y armada de recursos para afrontarlo. Cuando hace sólo algunos años en la historia de la humanidad, se desplazaron masivamente los partos de las casas a los hospitales, quedó exiliado el nacimiento de la vidas cotidiana de las grandes ciudades y se convirtió en un misterio del que parecieran sólo saber los profesionales especializados en el tema.

Así pues, lo más frecuente hoy en día es que el primer parto al que asistamos sea al nuestro; y llegamos las más de las veces aterradas. Se habla poco de los nacimientos y lo que se cuenta, con frecuencia, son historias de terror capaces de quitarle a la futura madre el sueño por semanas. Sabemos poco y sabemos mal. Con la creciente medicalización en la atención de los nacimientos, nuestro imaginario en torno al parto está poblado de batas azules, cubre-bocas, equipo especializado que desconocemos, sueros, quirófanos y personal corriendo en los pasillos de los hospitales como si volverse madre fuera una especie de emergencia. Llegamos al parto encendiendo veladoras a la Virgen y suplicando sobrevivir a la experiencia.

Entonces, si bien no es requisito para nadie tomar un curso de preparación para el parto, el simple hecho de acercarse a otras mujeres que han recorrido este camino y compartir historias que no necesariamente son aterradoras ayuda, al menos, a desintoxicarse. Permite visibilizar la desinformación que no hace más que asustarnos y pone a dialogar las imágenes e historias de partos maravillosos con todas esas otras capaces de competir con las del mejor thriller del momento.

El curso de preparación para el parto es, esencialmente, un espacio de diálogo y transmisión de saberes entre mujeres. No es otra cosa que una modalidad moderna del encuentro ancestral entre pares que han de transitar por una misma experiencia. No es el único espacio posible de encuentro, por supuesto, pero es una alternativa que parece funcional en sociedades llenas de ocupaciones en las que los espacios para la colectividad son cada vez más reducidos.

¿Y cómo elegir un sitio adecuado para prepararse si se ha decidido hacerlo? Evidentemente en éste, como en cualquier otro ámbito, hay de cursos a cursos. Así como existen los que están diseñados para tranquilizarnos y ayudarnos a recuperar la confianza en nuestro cuerpo, al que pareciera que arrastramos por esta vida como si fuese una carcaza, los hay también que están simplemente pensados para reproducir el modelo de atención medicalizada en el que se invita a la mujer a entregarse en manos del equipo médico sin chistar. Si decidimos tomar un taller de preparación para el parto tenemos que elegir con cuidado.

Un curso que pretende enseñarnos a parir, es decir, que se suma a la tendencia de robarle a la mujer el protagonismo de la experiencia y pretende imponernos modos correctos de respirar, de pujar, de moverse… es un curso que, de entrada, debería generarnos cierta desconfianza. Recientemente recibí la llamada de una mujer que quería que la acompañara en su segundo nacimiento porque no estaba satisfecha con los servicios que le había dado su doula en el primero. Al hablar conmigo se quejó de que en el momento del pujo la doula se había negado a enseñarle cómo debía hacerlo y que se había limitado a decirle que escuchara su cuerpo. Desde ese momento supe que yo no era la doula que ella estaba buscando.

No necesitamos que nos enseñen a parir, nuestro cuerpo sabe hacerlo, pero ayuda que nos expliquen cómo es que funciona este proceso y de qué manera podemos colaborar activamente para facilitarlo. Es útil reconocer adentro nuestro a la pelvis, el periné, la oxitocina, el cuello uterino… y entender qué papel jugarán en el nacimiento. Acercarse al cuerpo, reapropiarse de sus rincones y fascinarse con todas sus capacidades y potencialidades nos prepara para el parto. Nos sirve, aunque parezca secundario, que nos recuerden que sabemos parir pese a que el mundo entero nos diga lo contrario. Cuando estamos embarazadas necesitamos que nos cuenten cómo es este viaje que emprenderemos y que nos ayuden a trazar un mapa que nos permita orientarnos. Un curso de preparación para el parto debe hacernos sentir poderosas y capaces de tomar decisiones. No vamos allí para que nos digan dónde y con quién parir a nuestros hijos sino para que nos orienten para hacer las preguntas pertinentes a los médicos, las parteras, los hospitales, las maternidades que nos asistan.

Hoy en día, tristemente, la inmensa mayoría de estos cursos están orientados a mujeres capaces de pagarlos, es decir, a una microscópica porción de la población. El verdadero reto consiste en hacer que este tipo de espacios de encuentro en los que se construyen y transmiten los saberes de las mujeres estén abiertos para todas. Porque no, no necesitamos que nos enseñen a parir, pero sí necesitamos saber del parto, saber de nuestro cuerpo y saber de los estudios que se hacen alrededor del mundo y que determinan cuáles son los modelos de atención que resultan más benéficos para madres y recién nacidos de modo que tengamos los elementos necesarios para tomar con confianza el timón del barco y emprender el viaje. 

Suéltalo!!!

Por Mercedes Campiglia

El embarazo y el parto son grandes maestros, a pesar de que intentemos resistirnos con uñas y dientes al mensaje que nos ponen frente a la mirada. Su irrupción en nuestra vida nos obliga a asumir que existen eventos en los que no poseemos el control; esa sola idea puede resultar aterradora en un mundo en el que se nos enseña que aquel que triunfa es quien “toma las riendas de su destino”. El surgimiento de la vida nos confronta con la verdad que tratamos siempre de barrer bajo la alfombra… no tenemos la sartén por el mango aunque nos esforcemos en hacerle creer eso a quienes nos rodean y tratemos de creerlo nosotros mismos para apaciguar a nuestra perturbada conciencia.

 

El embarazo

El embarazo, no sólo llega cuando se le da la gana, sino que de hecho, se produce cuando soltamos la fantasía de control. Es increíble la cantidad de casos documentados de parejas que han buscado embarazarse sin éxito recurriendo incluso a la ayuda de la medicina, hasta que llega el momento en que se dan por vencidas y adoptan un niño o renuncian directamente a la paternidad. Es justo en ese momento que el embarazo se produce y los sorprende… cuando han soltado la fantasía de control. El embarazo sorprende siempre; su naturaleza misma está en el orden de lo inesperado; si tratáramos de agendarlo, se revela y nos confronta con el límite de nuestra capacidad de controlar.

 

El parto

Lo que ocurre con el parto es básicamente lo mismo, inicia cuando el organismo del bebé decide que es momento de nacer y hay en verdad pocas cosas que pueda hacer una madre para revertir este hecho; salvo programar una cesárea o una inducción… claro está. El punto es que el momento en que el nacimiento ocurrirá, si aspiramos a tener un parto natural, no es algo programable.  

Una vez que el barco ha zarpado y el trabajo de parto inicia, la labor de la mujer que está pariendo, contrario a lo que pudiera pensarse, no es tomar el timón de la nave sino abandonarse al oleaje de las contracciones y el vaivén de su cuerpo. Dejarse llevar por las aguas del nacimiento, esperando ver a qué destino la conducen. El parto no se rige por el control, aunque paradójicamente está por completo a cargo de la mujer. Se trata de un evento que ocurre en su cuerpo y del cual ella forma parte; así como el desarrollo del bebé tiene todo que ver con la mamá pero no está en absoluto relacionado con un acto de control, el trabajo de parto prospera si la mujer es capaz de entregarse y soltar. 

Hay pocas cosas más difíciles de conseguir que soltar el control cuando hemos sido condicionados para hacer exactamente lo contrario, cuando buscamos seguridad intentando tomar el control de las situaciones, de las relaciones, del destino. Quizá es por eso que el embarazo y el parto son maestros tan poderosos, porque nos enseñan una verdad que transforma por completo nuestra percepción de la vida; tenemos que aprender a soltar. Y quizá por eso también es que a muchas de las mujeres, hoy en día, les resulta complejo embarazarse y parir. Y lo más maravilloso del asunto es que cuando dejamos de forcejear y nos entregamos a la experiencia, descubrimos la joya oculta en ella, el verdadero poder que habitaba en lo más profundo de nuestro ser sin que siquiera sospecháramos su existencia.

Creo que no voy a poder

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Por Mercedes Campiglia

Tengo que escribir con urgencia este texto porque me quema en los dedos la necesidad de compartir la experiencia de un parto muy reciente… El nacimiento del que voy a contarles no es más que un pretexto para abordar un tema del que quiero hablar hace tiempo. ¿Qué es lo que se debe “lograr” en un parto? ¿Qué es un éxito y qué un fracaso? 

La historia de este parto entró, desde mi perspectiva, en la categoría de éxito rotundo. Un equipo de médicos impresionantes que trabajó en armonía con los padres, las enfermeras y conmigo, la doula, durante 17 horas. Una mujer segura y valiente, un padre dispuesto a volcarse por completo en la tarea de acompañarla, un equipo sensible que supo “entonar” con la frecuencia de esa madre y un bebé rosado y hermoso que se quedó en sus brazos... Me fui esa noche a casa con el corazón satisfecho. 

El plan original para este nacimiento era tener un parto en al que la mujer pudiera decidir lo que quería y los demás estuviéramos preparados para proveerlo, y eso fue exactamente lo que sucedió. Después un largo rato de contracciones muy intensas y cuando el bebé estaba a punto de nacer, ella pidió un bloqueo. Ya ni los masajes, ni las caricias, ni la música, ni la aromaterapia, ni los rebozos, ni el agua caliente de la tina, ni la noticia de que estaba por nacer su bebé, ni siquiera el contacto de sus dedos en la cabeza que asomaba podían conformarla. Cuando dijo que si no le ponían anestesia no iba a poder pujar, su médico la hizo salir de la tina y le aplicó el bloqueo en un banquito de parto para hacerlo de la forma en que fuera menos molesto para ella. Una vez con la anestesia, como había prometido, se puso a pujar con todo y a los 10 minutos nació su hijo… perfecto y hermoso, que fue colocado de inmediato en su pecho.

Cuando la llamé al día siguiente para ver cómo se sentía su respuesta fue “me quedé con las ganas de un parto en agua, me gustaría haberlo logrado”. Creo que en ese preciso instante vinieron a mi memoria una catarata de escenas similares en las que me había quedado una sensación extraña de vacío. Vinieron a mi recuerdo mujeres con partos maravillosos que se dirigían al quirófano con ojos llorosos porque la frecuencia cardiaca de sus bebés se había alterado, mujeres que se sentían fracasadas por haber pedido un bloqueo, mujeres que de una u otra forma sintieron que habían fallado… No puedo negar que cuando esto ocurre, yo siento que algo falló en mí también. ¿Qué es entonces lo que hay que lograr en el parto? ¿Qué hay que demostrar? ¿A quién?

Después de haber acompañado algunos nacimientos, ésta es mi mirada… El parto no es una carrera en la que el objetivo es llegar a la meta, se parece más bien a un bufet maravilloso, lleno de cosas buenas. En el parto paladeamos sabores nuevos y extraordinarios; el de nuestra fuerza interior que hasta entonces nos era desconocida, el del amor incondicional de los que nos acompañan y lloran con nuestro llanto, el de la fuerza de la vida que se abre paso y el de la maternidad que se despliega como las alas de una mariposa que sale de su capullo… Paladeamos la extraña combinación entre el más intenso de los dolores y la más concentrada de las alegrías. El parto es en verdad maravilloso, tanto que hay quienes hemos quedado completamente embriagados por su elixir y no podemos más que vivir sumergidos en él. Salir de esta mesa tan ricamente servida, lamentando que no hubiera cacahuates me parece una tristeza. Y ahí es donde siento que está mi falla…

Estoy enamorada del nacimiento y cada vez que una mujer siente que lo que la hace exitosa o fracasada tiene que ver con lograr un parto sin anestesia, o en el agua o en la casa, siento que algo falló en mi capacidad para transmitir lo verdaderamente importante… así que este texto es un nuevo intento; espero que llegue a oídos dispuestos a escucharlo. 

Parir es abandonarse en las aguas de un océano grande y poderoso que nos trasciende, y una vez pasada la marea, sentarse a contemplar a dónde nos ha llevado su oleaje. El parto está fuera de todo intento de control y domesticación, es un acto único y arrollador, una oportunidad de mirar el mundo con ojos nuevos.  La mujer necesita un entorno contenido, seguro, amoroso y digno que le permita entregarse con confianza al oleaje de su vientre. ¿Qué habría entonces que lograr? Entregarse simplemente lo es todo.

En mi balance no es más exitoso un parto sin bloqueo que uno en el que la madre fue anestesiada. No es más exitosa la mujer que tuvo un parto en agua que la que enfrentó una cesárea. Qué se lleva uno del parto es lo importante. Yo me quedo con todas las horas en que hemos trabajado juntos al ritmo de sus vientres, con las risas y los llantos compartidos. Con el apoyo incondicional de los hombres capaces de hacer literalmente cualquier cosa, desde dar un beso en el momento preciso hasta arreglar las tuberías de un hospital entero, para que sus mujeres se sientan amadas. Me quedo con los buenos médicos que sujetan la mano de las mujeres cuando se sienten perdidas, que les dicen las palabras precisas que hacen que los nacimientos avancen. Me quedo con sus cabezas sumergidas en mis rebozos, con el balanceo, con el canto y las habitaciones embriagadas de olor a mandarina y vida. Me quedo con el llanto de los esposos cuando reciben a su hijo en brazos, con su asombro al cortar los cordones. Me quedo con la mirada atenta de los niños en los pechos de sus madres, con el carácter único e irrepetible de ese primer encuentro en el que los padres miran a su bebé para reconocerlo, sus brazos, sus piernas, sus dedos. Me quedo con la felicidad de las familias que desfilan por las salas de espera y las habitaciones de los hospitales haciendo del nacimiento una fiesta. Me quedo con todo!!! En mi balance, todo nacimiento respetado es un éxito.

La visión de un médico sobre la corriente humanizada del parto

Por Guadalupe Trueba

Desconocía muchas de las razones por las que hay una resistencia tan fuerte al cambio… al cambio de una atención convencional y plagada de intervenciones durante el parto –que le da el carácter de evento medicalizado– por una atención libre de medicación que considerara la importancia del silencio, de la privacidad, de la libertad para elegir posiciones y para expresar sensaciones, del acompañamiento de la pareja y la doula, del reconocimiento del valor de las hormonas durante el parto e inclusive del propósito del dolor en el mismo. 
Entiendo perfectamente el enojo de muchos médicos cuando se habla de “parto humanizado” como si se diera por sentado que lo que hacen quienes adoptan otros modelos de atención del parto fuera inhumano!!! Cada cual que supone que lo que ha aprendieron es lo mejor… los médicos que atienden el parto de forma convencional no hacen otra cosa que aplicar aquello que se les enseñó, así lo han practicado por muchos años y ejercen su profesión convencidos de estar haciendo lo correcto!!!

“Ambos –el modelo basado en la obstetricia y el modelo basado en la fisiología– son seguros…”  dicen quienes atienden los nacimientos basándose en una óptica medicalizada del parto. Cuesta mucho trabajo abandonar lo conocido para aventurarse a lo nuevo. 

Los clientes se cambian de consultorio cuando no encuentran lo que desean. La mujer actual está pidiendo más… quiere un nacimiento natural  en el que ella elija cómo, dónde y de qué forma desea parir… llamémosle “sus propósitos”… “sus planes”… “sus deseos”… Y ¿a dónde se va a dirigir? ¿qué consultorio médico va a abordar?

¿Y qué me comentó un amigo médico al respecto? “El parto no medicado ni intervenido hace sentir al ginecólogo y al pediatra que no tiene nada que hacer. Luego entonces ¿cómo van a cobrar si no hacen nada? Cómo crees que me sentiré si me quitas todo el control y las intervenciones que han sido parte de mi práctica médica”.
Pero el médico que aparentemente no hace nada, hace mucho más de lo que piensa…  ha vigilado y ha contribuido a la salud de ese embarazo y además está presente en el parto, vigilando que todo curse con normalidad y aporta su experiencia interviniendo si algo se desvía de lo esperado. Si esto así de claro lo indicara en las consultas prenatales, la mujer podría entender el valor de su trabajo.
“Para mí fue difícil iniciar, fue volver a aprender y aún más difícil, desaprender lo aprendido. Tenía miedo de que las cosas no salieran bien. Fue poco a poco... primero la luz, la música, retirar el vendaje, luego no canalizar, no hacer episiotomía, dejar la monitorización continua, no hacer revisión de cavidad y lo más duro… soportar la crítica de mis colegas. Fue una lucha entre lo aprendido con sus "justificaciones" y la nueva información que estaba obteniendo. Obviamente los buenos resultados me conducían a mayores "atrevimientos".
“Otros obstáculos para mí eran las pocas herramientas con las que contaba para dar confort a la paciente en un trabajo de parto sin analgesia y la poca información que con frecuencia tiene la paciente para comprender por qué haces lo que haces.  Si la paciente no sabe de los beneficios de evitar una epidural, te vas a convertir en un proveedor de salud malo y cruel (esto es lo que escuché decir a una de las enfermeras sobre el actuar de un médico del hospital en el que trabajo). Mi apreciación es que “LA PACIENTE DEBE ESTAR INFOMADA DE LOS BENEFICIOS PARA PODER EXIGIRLOS”  
Comentaba también que los partos “humanizados” son muy desgastantes, que él como médico “douleaba” y “parteaba” a un mismo tiempo ya que en el sitio en el que residía no había doulas y “si la paciente no sabe que existen las doulas y no sabe el beneficio que obtiene con su presencia y apoyo, no va a querer contratar una”. 

Lo que este médico comenta me parece digno de tomarse en cuenta… muestra al menos una de las múltiples razones en las que se basa la resistencia al cambio.

La preparación para el parto, da a la pareja la oportunidad de entender el proceso, descubrir la forma en que desea dar a luz y desde la información basada en evidencia, decidir lo que mejor le convenga… De ahí viene la búsqueda del sitio en el que desea parir y el profesional de salud que quiere tener a su lado.

Las opciones de parto hoy son muchas… ayuda a tu médico a saber que entiendes que si no hace nada, no es que no te quiera ayudar, sino que está respetando la fisiología del parto y desea el mayor bienestar para ti y tu bebé…. Invítalo a conocer tus deseos y metas, a ser tu “cómplice” en un nacimiento íntimo y satisfactorio.

Guadalupe Trueba