El lago en el cráter
Por Mercedes Campiglia
En verdad necesitaban un parto suave. Venían de sobrevivir toda clase de tormentas; la vida les debía un remanso. Habían dudado si animarse o no a buscar esta bebé después de experiencias extremadamente difíciles, pero cuando estaban evaluando el escenario, tratando de armar una balanza capaz de pesar miedos, estudios genéticos y quién sabe cuántas otras consideraciones, la vida decidió por ellos.
El embarazo cursó bajo la lupa, dándole a la familia confirmaciones de que todo estaba en orden que nunca resultaron suficientes para aplacar del todo los temores. Cuando se acercaba la fecha del parto el cérvix empezó tímidamente a abrirse y en cuanto se rompió la fuente nos fuimos todos al hospital pensando en esperar ahí a que el proceso se regularizara y monitorear una vez más que todo estuviera bien. El traslado tomó su tiempo, de modo que cuando concluyeron el papeleo del ingreso y el monitoreo fetal de rutina, ya el parto se había establecido.
Caminó un poco, intentó meterse a una regadera que nunca terminó de regular su temperatura para ofrecerle el alivio del agua, intentó ponerse en cuatro puntos, pero no encontraba acomodo. Cuando se sentó en el banco de parto que su doctora había llevado para complementar el escaso equipamiento del hospital, ella supo que su bebé nacería pronto. Guardamos a toda prisa unas veladoras eléctricas que también su médica había encendido para hacer más acogedor el sitio, un par de rebozos y esencias que estaban desparramadas y nos fuimos hacia la sala que estaba prevista para el pujo.
“Fue muy rápido, tanto que no hubo siquiera espacio para el miedo”, comentó ella mientras descansaba después del nacimiento con su bebita en brazos y una botella de agua en la mano. El equipo de pediatría del hospital recibió a la niña que estaba a todas luces en perfecto estado, porque la neonatóloga que les había acompañado en el transitar de un mes de internación de su primera hija y que habían elegido también para recibir a ésta, lidiaba ahora con la marea de automóviles que inundan la ciudad al caer la noche. Llegó solo a celebrar la alegría de que no se requiriera nada, a confirmar que la nena estaba perfectamente sana y a constatar el parecido con su hermana. También la ginecóloga que asistió este nacimiento tenía historia con la familia, les había acompañado, nada más ni nada menos, que en el nacimiento y despedida de su segunda hija, a la que no le tocó vivir. Así que este parto suave fue un regalo para todos los que habíamos recorrido al lado de la familia diferentes tramos de la ruta empinada que le precedió.
La hija mayor de la pareja conoció a su hermana a los pocos minutos de nacida en una videollamada que no tenía intenciones de concluir porque quería verla una y otra vez. Le dijo que la amaba y le pidió un unicornio chiquito de regalo. “¿Cómo pasaste la noche? ¿Pudiste desayunar ya?” Le pregunté a la mañana siguiente. “La bebé durmió muy bien. Todo perfecto. Ya me trajeron de desayunar. Pero me estoy armando de valor para moverla porque no quiero”, contestó ella acompañando el mensaje de una foto de su nena plácidamente dormida en su pecho. Quien no ha experimentado el esfuerzo no aprecia el remanso de la misma manera. Llegó esta familia a sumergirse en el agua cristalina de un lago enclavado en el cráter del volcán que había escalado y nos refrescamos todos junto a ellos.