Tres de tres
Por Mercedes Campiglia
El nacimiento de su primer hijo ocurrió durante la pandemia. Me buscaron porque necesitaban alguien que los atendiera en un hospital en el que el papá pudiera entrar a quirófano. Les habían advertido que su bebé tendría que nacer por cesárea, pero la doctora que los atendía trabajaba en una institución que no tenía contemplados los acompañantes. Ella no estaba dispuesta a cursar el proceso sin el apoyo de su marido, por lo que me pidió que la ayudara a explorar opciones. Por vueltas que da la vida, y que no viene a cuento relatar ahora, su primer hijo terminó naciendo en una bañera inflable colocada en la habitación de su casa trazando con ello un camino sin retorno; ya no podían imaginarse la llegada de la vida en un hospital.
Para el segundo parto buscaron replicar la experiencia. Mismo equipo, mismo plan. Pero todo avanzó tan velozmente que no hubo tina, ni pediatra… ni siquiera ginecóloga en el momento del nacimiento. Yo tuve la fortuna de encontrar la puerta de la casa entreabierta para colarme en el momento justo en que la cabecita empezaba a asomar.
En esta tercera ocasión no transcurrieron ni 15 minutos desde que entró al celular el mensaje: “Hola buenas tardes! Ya salió el tapón mucoso”, hasta que la ginecóloga y yo salimos disparadas a su encuentro. Conocíamos el camino. Cuando llegamos ella nos recibió con una sonrisa y un vestido blanco. Nos pusimos a conversar en la cocina mientras preparaba una receta “infalible” de pastel mezclando huevos, harina, vainilla y kéfir con una batidora. Su marido se había ido un rato al parque con los dos hijos mayores. Hablamos de la trayectoria loca que había llevado a la familia a cambiar de país, deshacerse de todas sus pertenencias, llegar al final del mundo mundo y descubrir ahí que querían regresar al punto de partida, lo que había permitido nuestro reencuentro en esta casa bañada de sol que era la misma pero completamente diferente.
El papá y la doctora se encargaron de inflar y llenar la tina en el mismo punto que había ocupado para el primer nacimiento. Hubo tiempo para masaje, rebozo, música e incienso. Hubo tiempo incluso para despegar del horno los restos de pastel quemado que se habían desbordado el refractario e ir a comprar un pastel nuevo que ella quería tener para celebrar el nacimiento. Hubo tiempo para encender las velas que habían sido colocadas junto a un par de floreros con el propósito de embellecer la habitación; hubo tiempo para tomar algunas fotos. Hubo tiempo para que la ginecóloga preparara té de cocoa con canela y miel… y para que ella se lo bebiera. Hubo tiempo para que él se metiera al agua a acompañarla, para que llegara la pediatra e instalara todas sus cosas. Hubo tiempo para todo y tomó menos de cuatro horas el proceso completo.
Recibieron a su niña en silencio. Nació suavemente; estaba cubierta de vérnix. Se quedaron un largo rato en el agua, sosteniéndola tiernamente y besando su cabeza llena de pelo mientras la pediatra la mantenía caliente vertiendo una y otra vez agua tibia sobre su espalda. Cuando se sintieron listos para salir los ayudamos a secarse y acomodarse en la cama. La placenta se desprendió sin esfuerzo, el periné se mantuvo intacto. Él cortó el cordón y después de un rato de estar acurrucada en el pecho de su madre, la niña se prendió al seno. “Es perfecto” sentenció ella. Y lo era.
Ordenamos mientras ellos se reconocían. Los felicitamos. Nos despedimos. Y nos fuimos dejando atrás esta hermosa casa que parece haber atraído como un imán a la pareja para que ocurrieran en ella los tres nacimientos de sus hijos. Una buena casa; una casa enamorada de la vida. “Cinco personas han muerto en este edificio, pero nunca había nacido nadie aquí”, nos dijo un viejo portero que nos abrió la puerta al salir del primer parto que ocurrió en medio de la pandemia. Nos enteramos ahora de que el COVID se cobró la vida del hombre poco tiempo después de nuestro encuentro. “Tenemos que llenar los edificios de nacimientos”, creo haberle dicho entonces. Y pareciera que el edificio, o al alma del portero, hicieron propia la encomienda de impregnar de vida los pisos y paredes de esta estructura que, al día de hoy, ha visto partir seis almas y llegar, al menos, otras tres.