Lo tuvo todo

Por Mercedes Campiglia

Su crío eligió el día del niño para nacer; ellos esperaban que demorara aun otras tres semanas, pero la comida de despedida del trabajo de ella y un par de viajes laborales que él tenía programados para la semana entrante, tuvieron que ser cancelados porque la vida llegó a despejar la mesa a manotazos.

La abuela entró en escena para llevarse consigo al tsunami de año y medio que escalaba y dibujaba la casa, de modo que la pareja pudiera tener calma. Un garrafón de agua con limón, un ramo de flores y una conversación sobre el miedo al parto conformaron la antesala del parto de su segundo hijo. Había que esperar a que las contracciones encontraran el ritmo y la fuerza que se requería para que el cérvix terminara de dilatarse.

Llegó la ginecóloga. Armamos la tina de parto, preparamos cacao con miel y seguimos esperando hasta que las contracciones se volvieron intensas y apareció, sin dar explicaciones, el miedo al parto. Se filtró en la escena como la humedad, como los ladrones, pero ella tuvo poderosos recursos para enfrentarlo: agua caliente, palabras de confianza, manos de las que sujetarse… y un compañero que la sostuvo, la acarició, la abrazó; fue su ancla y su consuelo. Consiguió así dar el salto que desgarra los velos del temor para encontrarse con la vida.

Tres pujos le bastaron para sacar al niño de su cuerpo. Lo sostuvo un largo rato en el cálido contacto con el agua. Una vez afuera de la tina la neonatóloga le acercó una frazada térmica y oxígeno para tratar de ayudar a regular una respiración que no terminaba de acompasarse, evitando separar al niño de su madre. “Hay bebés a los que les cuesta un poco más adaptarse. Vamos a darle tiempo”.

Después de unos minutos salió la placenta seguida de un chorro de sangre. Oxitocina. Masaje del útero. Oxitocina segunda dósis. Manos que extraían coágulos. Sangre. Solución salina corriendo a chorro por las venas. Hurgar en las entrañas. Misoprostol y finalmente pausa. Pero en el remanso, insistente, volvió a escucharse el respira esforzado de un bebé que, pese a haber recibido oxígeno desde el primer momento, pese a haber permanecido en contacto piel a piel, no logra adaptarse. Se tomó entonces la decisión de trasladarlo a un lugar en el que tuviera acceso al apoyo que podía ayudarle a terminar de ajustarse a esta tierra nueva en la que de pronto se había vuelto conflictivo tener líquido en los pulmones.

La pediatra ayudó a la mamá a extraerse unas gotas de calostro para poner en la boca del recién nacido. Dos pediatras y el papá conformaron el contingente que partió rumbo al hospital con tanque de oxígeno, cama térmica y un suero a cuestas. Nos quedamos con ella su madre, que había dejado al nieto durmiendo para acudir a cuidar de su hija que ahora la necesitaba, la ginecóloga y yo. Vaciamos y desinflamos la tina, levantamos el desorden, limpiamos los restos de sangre, la ayudamos a cambiarse, ir al baño y acostarse. Su madre le acercó una sopa de pollo con zanahoria.

Cuando llegué a mi auto rendida, en medio de la noche, descubrí que se había quedado sin batería; las intermitentes llevaban titilando nueve horas y mi celular estaba también descargado después de haber hecho las veces de cronómetro, cámara de fotos y linterna. Personas buenas me ayudaron y conseguí llegar a casa. Antes de acostarme recibí un mensaje de la neonatóloga diciendo que el bebé estaba estable, aunque una semana transcurrió hasta que recibimos la bella foto que todos esperábamos; la familia nuevamente reunida en casa.

¿Todo salió mal o todo salió bien? Repasando cada una de las decisiones, encuentro que todas fueron acertadas y condujeron al mejor de los destinos posibles. Mandar al hijo mayor a casa de los abuelos permitió abordar la contingencia. Mantener con el equipo comunicación constante hizo que cada cual pudiera estar listo cuando se lo necesitara. Elegir quedarse en casa permitió que ella tuviera un parto en agua, como deseaba, lo que ya no es posible en ninguno de los hospitales de la Ciudad de México. Tuvo acceso a todo aquello que favorece el progreso fisiológico: un entorno favorable para la producción de oxitocina, acompañamiento continuo, apoyo afectivo, libertad de movimiento para ensanchar los diámetros de la pelvis y ajustar la posición del bebé, bebida y alimento, contacto piel a piel, pinzamiento tardío del cordón umbilical, lactancia en la primer hora de vida. Pero ella y su bebé tuvieron también acceso a los recursos médicos cuando los necesitaron: oxígeno, suero, uterotónicos, analgésicos… Se recuperó de la tormenta metida en su cama, comiendo caldo, bebiendo agua con limón y siendo consolada por su madre. Al día siguiente pasaron a visitarla una consultora de lactancia que, además de técnicas de extracción de leche, le llevó consuelo y caldo de hueso y una doula que procesó su placenta en cápsulas para ayudarle a recuperar el hierro perdido durante la hemorragia, mientras su bebé recibía, en un hospital, el apoyo extra que necesitaba.

Los recorridos que a cada cual le toca transitar son misteriosos; no podemos anticiparlos. Pero al analizar el camino andado en retrospectiva, podemos concentrarnos en el auto sin batería o en la persona gentil que estuvo dispuesta a ayudarnos en medio de la noche.

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