Al otro lado del mundo
Por Mercedes Campiglia
La historia empezó hace meses en un pasillo del Ikea. Nos conocimos entre la marea de personas que visitan esta tienda a la que debo haber ido solo un par de veces. Ellos venían, por razones misteriosas, comentando con su cuñada acerca de una amiga de la secundaria que acompañaba nacimientos, cuando nos encontramos providencialmente entre los miles enseres domésticos y visitantes que reunía en sus pabellones la tienda departamental. No estaban esperando bebé siquiera, pero el evento casual y sorpresivo marcó el punto de partida del camino que no sabíamos entonces, pero nos tocaría transitar juntos.
Siempre tuvieron claro que querían formar una familia, y en cuanto se enteraron que esperaban un bebé me buscaron para que les orientara en el proceso. Me pidieron recomendación de ginecóloga, se inscribieron a mi taller de preparación para el parto y me invitaron a acompañarlos el día del nacimiento. Cerca de su fecha probable de parto, a mi me surgió un viaje inesperado a la antípoda del mundo y pensamos que sería probable que no nos tocara finalmente recorrer juntos el tramo final del camino. Pero la vida acomoda las fichas del tablero y yo recibí el mensaje de ella avisando que las contracciones habían iniciado un par de horas antes de aterrizar en la ciudad después de un viaje de 33 horas que me traía de vuelta a casa.
Las contracciones en este caso, como suele ocurrir, tardaron unas cuantas horas en establecerse, lo que a mí me dio tiempo para recargar baterías y al cuerpo de ella para madurar el proceso, hasta que a la madrugada de la segunda noche de contracciones nos terminamos reuniendo. Pasamos un tiempo en su casa antes de desplazarnos al hospital, usando medidas alternativas para el manejo del dolor y esperando a que la dilatación avanzara lo suficiente. Su doctora pasó a revisarla un par de veces para determinar en qué momento convenía desplazarse al hospital porque, desde que la cosa se puso seria, ella nos miró y nos dijo: “Chicas, voy a querer anestesia”.
El uso o no de la anestesia es una decisión que corresponde exclusivamente a la mujer que pone el cuerpo para abrirle paso a la vida. A nadie más le corresponde decidir por ella cómo transitar a través del maremoto de sensaciones físicas y emocionales que el parto comprende. Un parto humanizado no es un parto sin anestesia, es uno en el que la mujer puede tomar decisiones informadas y tiene acceso a una atención basada en evidencia. Lo que las guías de práctica clínica indican es que a toda mujer, antes de las opciones farmacológicas, se les debe ofrecer acceso a medidas alternativas para el manejo del dolor, como ocurrió en este caso, y no suele suceder en el sistema de salud. Indican también que para que el uso del bloqueo no interfiera con el progreso del parto, conviene esperar a que la dilatación avance, como convenimos hacerlo.
El bloqueo llegó a su cuerpo como una bocanada de aire fresco que le permitió recuperarse y volver al juego cuando sintió que la intensidad la rebasaba: “Nunca voy a olvidarte”, de dijo al joven anestesiólogo que le aplicó Ropivacaína en la dosis correcta, lo que le permitió reducir el dolor a rangos tolerables, sin sacrificar la posibilidad de moverse. Reímos, comió gelatina, conocimos la historia de vida de una de sus indomables ancestras, descansó un rato y pronto empezó a sentir deseos de pujo.
Parió a su niña sentada en un banco, junto a su compañero que le ponía paños fríos en la cabeza, sujetándose de un rebozo y viendo cómo la cabeza de su bebé asomaba a través de un espejo que su doctora se había encargado de colocar en el ángulo correcto para que ella tuviera acceso al espectáculo que ofrecía su cuerpo.
“Qué intenso es esto” dijo él, “qué viaje” dijo ella. Y ahí estaban, al otro lado del camino, con una bebida en los brazos. “Siempre le reclamé a mi madre haberme puesto un nombre que significaba mujer fuerte, y ahora entiendo para qué necesitaba la fuerza”, pensó ella en voz alta. El parto es un viaje intenso y fabuloso que nos conduce hasta la antípoda de nosotras mismas y nos regresa al punto de partida habiendo atestiguado la inmensidad y la belleza del despliegue de la existencia.
Cuando la placenta salió de cuerpo, cuando revisaron a la bebé y la regresaron a los brazos de su madre, cuando terminaron de limpiar las piernas ensangrentadas y el remolino de personas cesó, ellos se encontraron como una familia y compartieron lágrimas de una dulzura indescriptible. Vamos al otro lado del mundo para regresar a reencontrarnos con la realidad desde una mirada transformada capaz de ver un nuevo brillo.