Un camino sin certezas
Por Mercedes Campiglia
Su parto anterior había ocurrido en casa de la mano de una partera. En esa ocasión yo solo estuve al teléfono con ella por un instante, en ese punto preciso en el que sentimos que hemos alcanzado nuestro límite y que el camino que elegimos nos lleva a ninguna parte. Desde la distancia escuché su llanto y luego el llanto del niño que llegaba a convertirlos en padres. Cuatro años transcurrieron desde entonces. En esta ocasión el plan era que yo los acompañara durante en el proceso; un parto en casa que sería atendido por una ginecóloga y una neonatóloga de mi completa confianza.
Cuando me avisaron que la fuente se había roto preparé todo pensando en que tendría que salir a reunirme con ellos en cualquier momento. Los segundos nacimientos suelen ser rápidos. El trayecto era largo, aun cuando se habían trasladado a la casa de los padres de ella para para el nacimiento, dado que vivían demasiado lejos de cualquier hospital de referencia.
“Normalmente las contracciones se arrancan en las primeras 24 horas” les dijo su doctora para tranquilizarlos. Pero no fue así en este caso; antibiótico, paciencia, movimientos con el rebozo y ejercicios de apertura pélvica no bastaron. No es que no hubiera contracciones, pero no terminaban de establecerse. La doctora revisó la dilatación, no lo había hecho hasta ese momento para reducir el riesgo de infecciones y se encontró con tres centímetros de apertura que se convirtieron en cinco después de estimular un cérvix blando. El bebé seguía perfecto. El panorama pintaba bien pero las contracciones seguían sin regularizarse, de manera que se tomó la decisión de no regresar a casa y continuar con el proceso en un pequeño hospital habituado a la atención humanizada del parto. El plan era iniciar estimulación con oxitocina y valorar cómo avanzaba el proceso apostando por intervenir lo menos posible.
No fue sencillo cambiar de ruta; la pareja no estaba preparada para ello ni logística, ni psicológica, ni económicamente. Pero armándose de valor y haciendo uso de las redes solidarias de apoyo con las que contaban, se aventuraron al nuevo camino. Una moto de Didi les hizo llegar hasta el consultorio de su medica una maleta con una tarjeta de crédito para tramitar el ingreso al hospital, algo de comida y lo indispensable para una estancia breve de mamá y bebé en la institución. Estaban conscientes de que un parto en casa es seguro en tanto no se necesite hacer uso de las herramientas que la medicina provee, de modo que cuando hubo que intervenir se trasladaron a un sitio en el que hubiera acceso a recursos para atender posibles eventualidades.
Ni bien la oxitocina empezó a correr por sus venas las contracciones se dejaron venir en cascada. Ella trabajó con la intensidad, apoyada en cada instante de su compañero que la sostuvo, la consoló, la masajeó y presionó su pelvis en todas las posiciones y sitios imaginables. Paciente, suave y amorosamente estuvo disponible para ella, acercándose y alejándose en función de lo que necesitaba; entendiendo que cuando sentimos dolor y miedo nos volvemos irritables, pero necesitamos que nos contengan.
El proceso avanzaba, pero la intensidad se volvió cada vez más desafiante. El bebé aguantaba bien, aunque el trazo de su frecuencia cardiaca le hizo sospechar a la doctora que tenía el cordón enredado, lo que obstaculizaba el descenso. Las contracciones no daban pausa; ella empezó a desesperarse, estaba agotada. Las ganas de pujar que esperábamos ansiosos no llegaban. La doctora revisó una vez más y valoró que el proceso se había estancado. Nuevo cambio de planes; el bebé nacería por cesárea.
Llamó al anestesiólogo y empezó a preparar el quirófano para el traslado. Cerró el paso de la oxitocina que había perdido propósito, pero las contracciones seguían sacudiendo el cuerpo sin tregua. En mi experiencia el punto en que se decretó que el dolor no tiene propósito es el más difícil de transitar, porque se experimenta como un suplicio… y así lo vivió ella: “como Jesús en la cruz” según sus propias palabras.
Le propuse levantarse mientras aguardábamos la llegada de la anestesia, pero no podía siquiera pensar en dejar la cama; abatida por el cansancio y el dolor. En el último instante, cuando todo estaba listo para trasladarla, haciendo uso de una fuerza que no puede entenderse de dónde provenía, logró poner en pie a su humanidad, sus temores y sus derrotas para dar la última y épica batalla encuclillada junto a la cama.
Entró su doctora a recibir al niño que nació en el suelo. El padre lloró tanto y tan profundamente que con él lloramos todos, lloró la tierra. El personal que estaba preparado, esperando en el pasillo para realizar una cirugía esa noche, entró en estampida para poblar la pequeña habitación. No es que nada particular se necesitara, sino que la llegada intempestiva de la vida es una fiesta de la cual queremos participar todos. Ellos tres, abrazados en el suelo, agotados, sudorosos, victoriosos, representaban una escena inimaginablemente bella de la que la mirada simplemente no podía apartarse. Nació Muhammad con los ojos atentos una noche de luna llena; no podía ser de otra manera. Su padre le recitó al oído las voces que guiarán su camino, su madre le dio a beber leche tibia.
El bebé tuvo que quedarse unos días bajo el cuidado de los médicos, en el último de los giros que daría esta historia diseñada para romper con todas nuestras certezas y dejarnos humildes y desnudos de verdades. Hoy vuelve a casa ileso y perfecto.
Este nacimiento y su desenlace lo celebramos todos, lo celebró la humanidad entera; celebramos la libertad indomable de la vida que nunca se sujeta a nuestros planes, celebramos la fuerza de la naturaleza humana que llega siempre más allá de lo que imaginamos, celebramos el amor que sutilmente se cuela para sanar las heridas y dulcificar la existencia, celebramos la esperanza que abre brecha en los pastizales mas cerrados a machetazos, celebramos la solidaridad que sostiene y cobija la vida.
Yo salgo del proceso cuestionando mis verdades para confirmar, una vez más, que dado que recorremos un camino sin certezas, conviene ser humildes. No podemos saber cuáles serán los mejores senderos, solo podemos acompañarnos en ellos.