Mil grullas de papel
Por Mercedes Campiglia
Un móvil de mil grullas de papel nos recibió al llegar. La familia lo había hecho para conjurar salud y buena fortuna, como indican las tradiciones japonesas. En la habitación prevista para el nacimiento de esta niña estaba colocado un altar muy parecido al que acompañó la llegada de su hermano. Fotos de linaje familiar pendían con ganchitos de un cordel. Cuatro macetas de flores, cada una con una carta y una pequeña grulla de origami estaban colocadas en él. Una de ellas llevaba mi nombre. Piedras, imágenes y velas les acompañaban, junto a un vasito de flores recogidas del jardín, un tigre de peluche y un dibujito del día de las madres que a todas luces habían puesto los dos hermanos de tres y seis años para completar la instalación.
Al inicio dudó. No estaba segura de querer quedarse en casa cuando las contracciones empezaron a tornarse intensas. Lo pensó mucho antes decidirse a intentarlo esta vez. Pero como todo parto empieza siendo un parto en casa, había concluido que lo mejor sería arrancar e ir viendo sobre la marcha qué necesitaba.
La ginecóloga llegó a revisarla pasada la media noche y le dejó saber que la dilatación avanzaba, aunque no tan rápido como habíamos supuesto; era de esperarse. Todo el tramo final del embarazo había sido pedregoso. Un sangrado repentino, una presión que se elevaba por momentos, una bebé que parecía no ganar tanto peso como se esperaba, contracciones que se arrancaban para luego detenerse. Ella tenía miedo.
Pero, sin saber exactamente en qué momento ni por qué razón, llegó el punto en que decidió entregarse; apagó la cabeza y se abandonó. Se repetía a sí misma durante el proceso que necesitaba sanar y, sostenida por su compañero que estuvo absolutamente presente para ella, cruzó al otro lado de las sombras. Una segunda ginecóloga y la neonatóloga que habían formado parte del equipo en su parto previo y participarían también en éste, llegaron para completar la escena; las cuatro cartitas del altar tenían ahora a sus destinatarias.
Las doctoras llevaron el instrumental de atención domiciliaria hacia la habitación y cuando ella vio el tanque de oxígeno con rueditas rompió en llanto, rompió fuente y rompió la última de las barreras. Tres años atrás, si bien las cosas habían fluido tan armoniosamente como cualquiera podría desear hasta el momento del nacimiento, a su bebé le había llevado largo, largo rato empezar a respirar por sí mismo y despertar del letargo en el que parecía suspendido entre mundos. Se trató de una auténtica tormenta de la que salió ileso y radiante tras cinco días de internación, pero que había dejado huella en todos los que acompañamos el proceso.
Esta bebita floreció como la vida, como su nombre y lloró enérgicamente desde el primer momento. Ni bien se escuchó su llanto, vimos asomar por la puerta, adormilado, al hermano que había requerido la atención que ella parecía no necesitar. “No es casual que estés aquí” dijo su madre dándole la bienvenida a la escena “quizá hay algo que también tú necesitas sanar”.
En esta ocasión hubo tiempo de prender la niña al pecho, de conversar, comer chocolate y tomar fotos de las flores que el hermanito había recolectado decorando la placenta y la oreja de esta pequeña de 2.500 kg que permanecía aun conectada a ella. “Siento que sería un fracaso elegir parir en un hospital” me había dicho ella cuando nos entrevistamos. “No hay nada que demostrarle a nadie”, le respondí en ese momento. Pero quizá ella necesitaba este nacimiento, no para demostrar sino para sanar, no para los otros sino para sí misma.
“Han sido tres viajes hermosos, únicos e inolvidables” me escribió al día siguiente, honrando las particularidades de cada uno de los nacimientos de sus hijos en los que tuve la fortuna de haber podido estar. Y yo me quedo, una vez más, deslumbrada ante su valentía y su fortaleza. Potente medicina para curar heridas.