El nacimiento de Luca
Mi primer parto fue complicado, pero hermoso. La vida me puso en el camino a las personas correctas, para prepararme, armarme con información y herramientas, y encontrarme confiada en el proceso del embarazo y la conquista de mi parto.
El ambiente y acompañamiento, amorosos. Yo, entregada a la experiencia pero con el torrente sanguíneo al tope de adrenalina. Perseguida por el fantasma del recuerdo de un terremoto que se quedó cómodo en mis fibras. Estrés post traumático. La vibración de la ventana. El crujido de la duela de mi departamento. Las llaves colgadas en la puerta, siempre pendulando. El edificio de los vecinos, destrozado frente a mi ventana. Lista siempre para correr. Incómoda y temerosa con la desnudez que hasta antes del suceso disfrutaba.
Labor de parto. Compañía amorosa. Vino, sushi, velas. Risas entre contracciones. Velas, baño en pareja. Mimos. Ventanas, ruidos, ataque de pánico.
Contracciones que se intensifican y ganan ritmo. Después se pierden cuando me saluda el miedo desde la ventana. Regresan con las caricias. Se alejan cuando pasa un camión. Dos días de labor en casa y diez horas en el hospital. El cansancio me agobia y ya no siento el cuerpo. Solo quiero dormir. Entro al agua y duermo. El amor de la pareja me sujeta de la cara y literalmente no me deja hundirme. Entro a una zona oscura de miedo, dolor e incomodidad. Cansancio. Es tan difícil que es tentador entregarse a la muerte, que también está presente en la habitación. Decido entregar mi parto.
Que me inyecten, que me abran. Ya da igual. Se lo entrego a las personas correctas, que me abrazan y acompañan en las decisiones que quiera tomar. Que también me hablan con la verdad y con lo que debo esperar si decido cambiar de ruta. El Dr me rompe la fuente. Yo estoy acariciando la paz que me ofrece la muerte, duermo profundo entre contracciones, cuatro contracciones de tregua. El bebé empieza a bajar. Me ayudan a sentir su cabeza. Ya estoy ahí. Sin fuerza, sin instinto de pujo. Manos amorosas me rodean y ponen el cuerpo. Me ofrecen lianas para colgarme y pechos para patear. Manos amorosas me ofrecen energía de amaranto y agua de coco. Manos amorosas me sostienen y ponen el cuerpo conmigo. Un aliento amoroso y familiar me dice que todo va bien, que me ama y que está orgulloso de mí. Unas manos amorosas reciben a Leo. Unas manos amorosas lo llevan a mi regazo. Unas manos amorosas sostienen y cortan el cordón respetando los tiempos de la naturaleza. Unas manos amorosas nos limpian, nos calientan y nos curan.
Unas manos amorosas me devolvieron mi parto.
Dos años y medio después, llego al segundo, acompañada de estas manos conocidas. Con más confianza, fuerza y empoderamiento. Aliada del amor y también del miedo. Siete horas en total. Contracciones entre risas, comida, dibujo y baile con audífonos. El tono sube súbitamente. Un baño caliente y egoísta. Me muevo por toda la casa. El dolor y la incomodidad se apoderan de mí y la madre tierra me jala con su gravedad hacia ella. Solo en cuclillas encuentro consuelo. Grito, no me callo. Pido lo que necesito. Solo en cuclillas siento consuelo. Comienzan a llegar esas manos ya conocidas y amorosas. El cuerpo me pide pujar con fuerza. Las manos amorosas me acarician y me presionan con sabiduría. Pujo. Rompo fuente y la gravedad me llama con más fuerza. La madre tierra me pide hacer reverencias. Entro al agua con dudas. Siento que me rindo de nuevo. Veo de nuevo a la muerte, pero recuerdo que eso me hace estar más cerca. Manos amorosas me rodean. Pujo con todas mis fuerzas y al cabo de un rato, unas manos amorosas reciben a Luca. El dulzor de la vida nos abraza.
Los vecinos se habrán de acostumbrar
Por Mercedes Campiglia
Él estaba convencido, antes de ser padre, de que quería que sus hijos nacieron en casa... ella no estaba tan segura. Pero su niña decidió llegar en medio de una pandemia que llenó de virus los hospitales.
Evaluaron diferentes opciones y finalmente eligieron desplazarse a la ciudad para acompañarse de un equipo de expertos en atención domiciliaria. Desempolvaron un antiguo y bello departamento en el corazón mismo de la CDMX y se instalaron en él cuando las contracciones arrancaron; poco a poco fuimos llegando el resto de los invitados a la fiesta.
Él estaba pendiente en todo momento de lo que se necesitara. Mientras ella balanceaba su pelvis sentada en una pelota, pasamos un rato charlando sumergidos en esa atmósfera de alegría y entusiasmo que suele ser antesala de los momentos que se han esperado con anhelo.
Pero pronto las contracciones se colocaron al centro y silenciaron las palabras, así que empezaron a hablar las manos... pomadas de hierbas, aceites esenciales, compresas calientes, rebozos... Una vigorosa caminata por un circuito trazado entre los pasillos de la casa permitió avanzar un importante tramo del camino que parecía ahora más corto de lo que habíamos imaginado cuando arrancamos. No quedaba claro si ella tenía prisa por llegar a alguna parte o estaba escapanfo de fantasmas que la acechaban pero sus pasos avanzaban determinados haciendo crujir la vieja duela bajo sus pies.
Mientras tanto su marido se dedicaba a la ardua tarea de llenar una tina de agua instalada en el dormitorio. Tuvo que conseguir piezas extrañas, construir parches entre mangueras que no ajustaban y acarrear monumentales ollas de agua hirviente desde la cocina. De tanto en tanto se acercaba a ella, le daba un beso y se aseguraba de que se sintiera amada.
Pero no nacería en el agua esta niña, a pesar del titánico esfuerzo de su padre para lograr que la tina alcanzara un nivel y una temperatura aceptables... Sobre el final se impuso la necesidad de cambiar de estrategia y sentada en un banco de parto, con el soporte de su marido en la espalda y el de todas las mujeres de su linaje que empujaban con ella desde las entrañas, arrastró a su hija desde el sótano de su ser hasta la vida.
Pujamos con ella todas, y me refiero a todas las que hemos parido antes... fue una experiencia poderosa de fuerza, de líquido amniótico estallando, de grito, de sangre. Todas volvimos a traer a nuestros hijos y sus placenta anoche hasta esta tierra, volvimos a poblarla de nuestros gruñidos y nuestros sudores. Parió la humanidad entera en este parto.
Y después del esfuerzo, el cansancio satisfecho de quien ha alcanzado la cima de la montaña. Ella en la cama, la niña en su pecho, el padre encargándose de resguardar la placenta y el resto de nosotras a su alrededor, tomado mezcal y levantando sin prisa el desorden que deja la fiesta mientras recapitulábamos sus mejores momentos.
El niño de la rosca
Por Mercedes Campiglia
Estaba previsto que naciera el 1 de enero pero los días pasaban sin noticias y la presión de su mamá empezó a elevarse un poco. La homeopatía y un par de sesiones de acupuntura ayudaron a que su cuerpo terminará de decidirse y al caer la noche de un 6 de enero, habiendo sorteado el último de los rituales de la temporada navideña, el útero se puso en marcha.
Yo llegué a su casa por la madrugada. Ella estaba completamente enfocada, trabajando con sus sensaciones. Su marido preparó té y escuchamos el corazón del bebé latir con fuerza acompasando la música que habían elegido para recibirlo. Nos quedamos abrazados por la penumbra tibia de su departamento hasta que se dejaron sentir las ganas de pujar. Salimos entonces rumbo al hospital cuando la ciudad aun dormía. Su médica había estado en contacto todo el tiempo, cuidándolos desde la distancia, porque conocía y respetaba la decisión de esta pareja de recorrer la mayor parte del camino en casa.
Llegaron a la sala de partos un bebé cerca de nacer, una madre dueña de su proceso y un compañero que la siguió amorosamente sin cuestionamiento alguno, confiando en su capacidad para encargarse de la empresa de traer la vida al mundo. El bebé hizo el viaje completo resguardado por la burbuja que lo había arropado durante 9 meses y llegó a este puerto en una tina de agua tibia en la que lo esperaban los abrazos de sus padres. "Somos del agua" dijo ella cuando el niño hubo llegado a su pecho después de que la doctora liberara tres circulares de cordón y una manita que había decidido ponerse en la cara y ofrecían cierta resistencia al flujo orgánico de este cuerpo entregado al flujo del río de la vida.
Bellos nacimientos que se definen sin obstáculos porque se les permite madurar en casa; uno de los más importantes aprendizajes que ha traído para mí esta pandemia.
El cierre del año
Por Mercedes Campiglia
Hace un par de años nos conocimos. Ellos esperaban a su primer hija entonces y un viaje se atravesó en el camino impidiendo que fuera nuestro destino acompañarnos en el turbulento camino de su llegada al mundo. Después de 12 horas en las que se intentó de todo, la cosa terminó definiéndose con un tajo en el vientre de su madre. Yo no lo viví pero escuché las cicatrices en su relato y el potente deseo de recorrer ahora un camino diferente.
Para la llegada de este segundo hijo planearon un parto en casa y las puertas se abrieron para que pudiéramos coincidir. Dos enormes perros custodiaban los movimientos alrededor de una tina de parto colocada entre jarrones de flores. Un rebozo de colores había sido sujetado de una escalera cercana para que ella pudiera anclarse con firmeza y empujar. Su hija veía Pepa Pig de a ratos y de a ratos se acercaba a mirar atenta los movimientos de su madre que trabajaba para abrirle paso a la vida cortando el miedo a machetazos. Él acarreaba agua caliente con una olla inimaginablemente grande que le permitió llenar la tina aun cuando el calentador decidió fallarle. Y a cada rato se acercaba, tomaba sus manos, apoyaba su frente en la de ella y dejaba caer unas lágrimas deslumbradas de belleza.
Poco más de tres horas bastaron para que viéramos salir a Matías como una explosión de vida entre las piernas de su madre; arrastrado hacia el mundo por la luz de la última luna llena del 2020, una de las más deslumbrantes que a mis ojos les ha tocado contemplar.
Su hermana vino a conocer al recién llegado y lo observó con cierto recelo desde la distancia. En una cama rodeada de almohadas y aun ligado a una placenta adornada de flores, el niño bebía la leche tibia de su madre. Una escena que bañaba de belleza la tierra como la luna lo hacía con el cielo.
Caminamos en esta vida por sendas a veces empinada y a veces tersas que nos permiten aprender y nos convierten en quienes somos. En esta ocasión la vida nos dió a probar la miel para atestiguar el potente efecto de la medicina de la dulzura en los corazones.
El embrujo
Por Mercedes Campiglia
Confiando en mi palabra cambiaron de , de hospital, de pediatra... Abandonaron todo lo que conocían y se dejaron llevar por los susurros de una desconocida que endulzaba sus oídos con partos de miel al otro lado de una pantalla. No conocían a nadie en el país más que a un par de compatriotas que les aconsejaban elegir la ruta que yo les recomendaba abandonar; pero decidieron dejarse llevar por ese embrujo que les hablaba de la fuerza de la vida resonando en sus entrañas.
Se siente una responsabilidad enorme al instar a una familia a cambiar de ruta en un momento tan delicado como el del nacimiento de un hijo, pero he visto a tantas mujeres quedar atrapadas en lo que consideraban que era un camino y terminó revelándose como una jaula, que elegí insistir, y me alegro de haberlo hecho. "Eres una bruja científica, una mujer sabía, una maga. Me alegro de haberte encontrado, tuvimos el parto con el que soñábamos" me dijo ella cuando nos despedimos y llenó mis ojos de lágrimas.
Tuvieron un nacimiento bellísimo. Los dos en el agua recibieron a su nena en brazos y lloraron. Su médico, con una sonrisa transparente en los labios dijo después del nacimiento: "Nunca sé qué hacer cuando las mujeres me piden, cómo tú, que las ayude en el momento en que su bebé está naciendo". Y me pareció la más bella de las frases porque revela una mirada del nacimiento; no hay nada que hacer, cuando todo marcha, más que dejar el trabajo y el crédito en manos de las mujeres y sus hijos.
La pediatra, por su parte, se limitó a invitar a los padres a deslumbrarse con lo que estaba sucediendo: "¿Ya sentiste el cordón latir? ¿Ya viste el hermoso tono de su piel? ¿Quieres que te muestren tu placenta? Mira cómo se empuja con sus piernitas para alcanzar tu pecho. ¿Viste cómo cuando estás tranquila tu bebé se relaja y cuando algo te duele ella se queja? Siguen conectadas". Es fácil confiar en que junto a este tipo de médicos se recorrerán hermosos caminos; porque están enamorados de lo que hacen.
Llegué del parto corriendo a conectarme a una charla por Zoom con el personal de salud de varios hospitales públicos de Argentina y, aunque mi computadora decidió dejar de funcionar en el peor de los momentos y no logré siquiera abrir la presentación que tenía preparada, mis labios venían de beber miel. Así que opté por susurrar historias de amor al oído de mi audiencia, confiando en que su potente hechizo abra los caminos para que cada vez más mujeres tengan acceso a conmovedores nacimientos como el que yo acababa de presenciar.
El rayo de la Vida
Por Ana Maza
Ella solo sintió como el agua tibia le mojaba las piernas. La tomó completamente por sorpresa pero se alegró.
No sentía dolor ni nada de todo aquello que se imaginó que pasaría.
Transcurrieron las horas esperando que algo cambiara; que algo así como un rayo fulminante le atravesara el cuerpo... pero nada.
A veces sentía algo de tensión en el vientre, o era la bebé que se movía?.
Otras veces la tensión parecía venir de la espalda baja. O sería que había dormido en una mala posición ? No había nada claro excepto el enorme deseo de que algo sucediera.
Y como a veces ocurre, comenzaron a rondar por su cabeza y su alma, la historias y los fantasmas de las amigas, la hermana, la madre a quienes les había pasado algo similar y todo había terminado de una forma que ella no deseaba.
Al día siguiente decidieron junto con su médico ayudarla a comenzar con el parto.
La revisaron a ella y a su bebé nuevamente y después de asegurarse de que las dos estaba bien, nos preparamos para lo que creímos que sería como el rayo fulminante que estaba esperando.
No pasó nada en realidad y siguieron pasando las horas en las que nos reímos, platicamos, comimos, bailaron, se relajaron, probamos un sinfín de posiciones y estrategias esperando que en algún momento ayudaran a que su bebé se apoyara con fuerza y determinación y provocara las tan ansiadas contracciones.
Una dosis más de medicamento y más horas que iban y venían y las contracciones se negaban a instalarse.
Fue hasta la tercera dosis que las contracciones se hicieron sentir con toda su fuerza.
Surgió en ella la energía poderosa que llega con las contracciones. Rugidos, balanceos, maldiciones, sonidos que salen desde lo más profundo resonaron en todo el cuarto mientras su pareja sin dejarla sola un solo instante, la alentaba, la acariciaba, la sostenía y soportaba los embates de la marejada. Como un barco resistiendo en la tormenta el ir venir de olas enormes y constantes que lo hacían mecerse peligrosamente.
Ella necesitó un descanso. Una pausa que le permitiera encontrar su centro nuevamente y que le diera un respiro después de tantas horas de trabajo intenso.
Pudo hasta dormirse un poco.
Solo hizo falta una hora para que todos nos quedáramos sin palabras al darnos cuenta que su bebé estaba por nacer. El rayo fulminante la atravesó. Así de potente, de poderoso, de rápido, de cegador, de atronador.
La vida se hizo presente así, contundente, fulminante, avasalladora y en unos instantes estaba su nena en sus brazos y su pareja llorando emocionado. Se quedaron los tres abrazados recuperando el aliento después de haber sido atravesados por el rayo de la vida.
Ana Maza
Oxitocina fresca
Por Mercedes Campiglia
Cuando durante la cena comenté que pronto saldría hacia un parto, mi hijo mayor me dijo: "Qué bueno!!! Parto!!! Ya te había tocado un tiempo de sequía." Y, efectivamente, así me siento está mañana, como quien ha bebido un litro de agua de un trago después de haber experimentado la sed. Cuando hablamos por primera vez ella me examinó con cierta desconfianza; tenía un dudoso concepto de las doulas después de haber visto trabajar a la que acompañó a su hermana 13 años atrás. No es que hubiera hecho algo mal, sino que su energía "cósmica" simplemente hacia corto circuito con la de las mujeres de esta familia, menos dulcificadas y más arraigadas a la materia y la razón que a la alineación de chakras y las visualizaciones. Y, efectivamente, puesto que las doulas trabajamos con la materia prima de nuestra propia humanidad, no hay un acompañamiento estándar que acomode a todas, estamos desde lo que somos por lo que resulta vital que cada mujer elija a su Doula para que la acompañe a parir, cosa que no había ocurrido en su encuentro previo con nuestro diverso y caótico universo en el que conviven alegre y descaradamente las diferencias. Una vez que decidieron que querían mi acompañamiento, accediendo a la recomendación de su médico, prometí no distraerla cuando necesitara concentrarse para trabajar con el dolor y asegurarme de que estuviera cerca en todo momento su marido, pieza clave para que todo fluyera. Llegué a su casa en medio de la noche, las contracciones se atropellaban unas a las otras porque había prostaglandinas circulando por su torrente sanguíneo pero pasamos un par de horas trabajando con el rebozo y esperando las señales de que el proceso maduraba. Después de un baño largo con su esposo durante el cual su hermana y yo tomamos té con miel, decidió que quería ir al hospital. Una vez la revisaron al llegar, buenas noticias, estaba avanzada. Una vez más lo hicieron cuando empezó a pujar un par de horas más tarde, buenas noticias también, su dilatación estaba completa. Y eso fue todo... Nadie hizo ninguna otra cosa, del resto se encargó ella negociando con su hija y con su cuerpo. Era evidente que todo marchaba perfectamente, no hacía falta más que verla y oirla para saber que habia progreso. Sus dos médicos, Jose Larios y Alan Arvizu, se instalaron discretamente en el baño para escuchar sin interferir. No hubo indicaciones ni exploraciones de ningún tipo. Solo ella sujetada de un lazo que prendía del techo y su marido acariciándola y diciéndole justo lo que necesitaba escuchar. La miel del amor, incapaz de empalagar a nadie, fue el único edulcorante. Cuando dijo "está saliendo" los médicos se acercaron a poner sus manos para recibir la cabecita que ya estaba fuera y el cuerpo que habría de nacer con el siguiente pujo. La bebé estuvo un largo rato en el agua con sus padres. Poco a poco abrió sus ojos y la mano buscó uno de los dedos de su madre para prenderse firmemente a él. Un hermosísimo nacimiento que deja las células de mi cuerpo rehidratadas de oxitocina fresca. Los nacimientos humanizada han funcionado para mí como un auténtico bálsamo en estos tiempos de pandemia. Gracias en verdad a todos aquellos que los hacen posibles!!!
Qué fortaleza
Me siento afortunada de haber acompañado a una pareja, una mujer, a presenciar el milagro de la vida y del nacimiento de una familia. Con una ruptura espontánea de membranas de casi 24 horas y un médico que confió en ella y en lo que indica la evidencia científica, cuidándolas y apoyando emocionalmente.
La mayor parte del trabajo de parto transcurrió en casa, con el apoyo de su marido y la señora que ayuda con las labores del hogar, y se aseguró de que no hiciera falta nada Fue fundamental para ello contar con el apoyo y voto de confianza de su médico, el Dr. Elías Charúa.
En silencio, cubierta por una cobija pesada y sentada en la pelota la encontré. Ya con esas oleadas de contracciones intensas, concentrada, trabajando con cada una que llegaba.
Preparamos un chocolate caliente para el parto. Con movimientos, apretones de pelvis y silencio la fuerza del útero se fue incrementando hasta que ella pidió que nos trasladáramos al hospital, media noche con la luna casi llena.
El recorrido lo conocía, pero nunca me había percatado de la cantidad de topes que había en él, así que nos tomó casi media hora llegar al hospital. Su marido cada vez que se podía hacía alto total para que la contracción fuera más tolerable.
Nos instalamos en la habitación que les asignaron para trabajar cada oleada; se empezaron a escuchar vocalizaciones de esas que salen del alma, concentración, más apretones. Pidió la ayuda de un bloqueo que le dio espacio para descansar y soltar por un momento, permitiendo que su cuerpo, junto con el trabajo de su bebita, la llevaran a la dilatación completa.
Qué desafiante fue el expulsivo, 1 2, 3 horas de descenso y su gorda en el mismo sitio. Se empezaron a discutir opciones y ella, como toda una guerrera, no se daba por vencida. Así que sacó fuerzas de los rincones más escondidos hasta tener a su bebita en brazos. Su marido, que tenía un brazo inmovilizado a causa de una cirugía, estuvo en todo momento amoroso y pendiente de que ella estuviera lo mejor posible. Durante el pujo fue pieza clave para ayudar con anclajes y sostenerla tanto física como emocionalmente.
Su médico estuvo siempre cuidando de las dos, escuchando los deseos de la madre, sin poner en ningún momento a ninguna de las dos en riesgo. Es fundamental en esos momentos el apoyo de un equipo médico que basa su práctica en evidencia científica y que nunca olvida que el centro en la atención son la mamá y su bebé.
Dos días después pasé a verlos a su casa, estaban en la recámara de su gorda con el sol entrando por la ventana, es delicioso aprovechar los primeros baños de sol. Charlamos de cómo había sido su recorrido, lo desafiante y cansado; de su equipo médico, de lo poderosa que se sentía y lo completamente enamorada que estaba de su bebita cuando llegó y se quedó en su regazo por un largo tiempo, calienta, pegajosa.
Al poco rato llegó una de sus hermanas con sus cuatro hijos, la mayor quizá de unos siete añitos. Un lavado de manos y los zapatos en la entrada. La abuela ya los estaba esperando. Esas caritas de alegría y sorpresa nunca las voy a olvidar. Uno de ellos quería compartir su cuento, otro preguntaba si le habían abierto la panza, ya que todos ellos habían nacido de esa manera, la mayor preguntaba cómo había llegado su bebé a la panza… buena tarea que tendrían sus padres por delante… se sentía tanta alegría.
Me siento tan afortunada de haber presenciado el nacimiento de Joyce y tan agradecida por la confianza que Jaqueline y Jacobo depositaron en mí, mil gracias!!!
Patricia
¿Qué se requiere para parir?
Por Mercedes Campiglia
Ella María, él José... como era de esperarse necesitaban un pesebre para recibir la vida. No habría podido ocurrir de otra manera. La tina estaba al lado pero no quisieron usarla; entre toallas y sábanas blancas armaron su nido en el suelo del hospital. Sujetada con fuerza ella empujó a la niña que salió de su cuerpo para encontrarse con las primeras manos que la tocaron, las mejores manos posibles, las de su padre.
¿Y qué de los especialistas? ¿Y qué de la tecnología y el sofisticado mobiliario hospitalario? ¿Qué de las camas térmicas y el oxígeno? Fueron, en este nacimiento, respetuosos testigos de la labor de los cuerpos de esta mujer y esta niña que no necesitaron de nada ni de nadie.
Fue idea del ginecólogo que el papá recibiera a su hija y, entre susurros, lo orientó gentilmente para sostener este pequeño cuerpo resbaladizo entre sus manos. Una vez que arribó a los brazos de su madrea, la pediatra se acercó sutilmente para asegurarse de que todo estuviera en orden y cuando le preguntaron cómo veía a la niña respondió "muy guapa", invitando a los padres al enamoramiento y la confianza. Orientó sus dedos para que se encontraran con el mágico pulso del cordón que aun conectaba el cuerpo de la niña con el de la madre hasta que nació la placenta y dejó de latir por completo. Colocó entonces las tijeras en la mano de él y le dijo con voz clara y firme para que repitiera: "Te recibo, te acepto y te amo"; palabras afiladas que se clavaron en su pecho, rompiendo la fuente de su alma, para dejarle empapado en lágrimas.
Bellos profesionales capaces de no hacer cuando no hace falta; dispuestos a ceder los reflectores a los verdaderos protagonistas de la escena, dejando al descubierto la belleza de la llegada de la vida para hacer posible, como lo bautizó el padre de esta historia, un #PartoEstelar.
Hebras de colores
Por Mercedes Campiglia
18 años, un embarazo y la decisión de seguir adelante con él para volverse madre. Nuestros caminos tienen tanto que ver con nuestra historia; regresamos a ella a repetir pero también a reparar y reescribir. Los recorridos con los que nuestro pie va trazando un sendero tienen que ver con los que otros pies caminaron antes que el nuestro y con las rutas que consideramos, quizá secretamente, que debieron haber escogido.
Era importante para ella poder elegir libremente y fue así que escogió a la doctora que la atendería, basándose en un criterio propio y confiando en su intuición. El padre de la nena decidió no formar parte de esta historian pero ella no estuvo sola, tuvo una compañera de viaje entrañable; su madre. Juntas llegaron conmigo y, acompañándose, cursaron una a una las clases del taller de preparación para el parto. Era importante construir un "nosotras" para recorrer este camino inquietante que ninguna de las dos conocía y al que me invitaron a acompañarlas.
Cosas fueron sucediendo en el transcurrir de las últimas semanas; anuncios prematuros de que el parto se acercaba, una bebé demasiado grande a juicio de la doctora que atendería el nacimiento, una frecuencia cardiaca "en el límite de lo razonable"... pero los días pasaban y las contracciones que los monitores detectaban como intensas resultaban apenas perceptibles para ella y su cérvix, que no estaba aun dispuesto a abrirse... una mala noche, dos, tres... la presión fue aumentando.
Decidieron intentar una inducción con prostaglandinas y, de no avanzar en esta vía, optar por la cesárea. Me pidieron que las acompañara; estaban asustadas. Como el trabajo de parto no llegó, pasamos la tarde tomando café. Charlamos y reímos tumbadas en los sillones de su casa, hablando de amores y desamores, de la escuela, de los pelos pintados de colores, de los "mirreyes" y los "freakys", de México, de Argentina y de la descomunal altura de mi hijo que cursa el mismo el mismo grado de preparatoria que la futura madre. Mientras tanto yo aprovechaba para masajear la planta de sus pies.
Fuimos al hospital a la hora prevista para la cirugía pero cuando llegó el momento de pasar al quirófano, todos los fantasmas atacaron juntos y lo único que ella quería era volver a casa, con sus 18 años y su barriga, a cenar. El ayuno la tenía despavorida de hambre y el miedo es buen compañero de los estómagos vacíos. Pero finalmente logró, haciendo despliegue de una valentía indescriptible, tirar las riendas a sus monstruos para que la acompañaran dócilmente al camino que había elegido recorrer. No es sencillo hacer algo como eso, no cualquiera logra apaciguar sus bestias cuando se amotinan y toman el control de la conciencia.
Pero ella, con sus 18 años, pudo... y estoy convencida de que ese hecho será un parteaguas. Las rebeliones interiores nunca cesan, pero quizá la madurez consista justamente en poder instalar mesas de negociación para establecer acuerdos con nuestros fantasmas.
Estuvimos a su lado todo el tiempo, acariciando su cabello que tenía anudadas a la raíz algunas hebras brillantes de colores. Pusimos la música que eligió, de forma que no se escucharon monjes tibetanos ni sonidos de la naturaleza cuando su nena llegó al mundo; sonaba "No Fear" y "Living in a world without you", canciones que a su madre le parecieron mucho más adecuadas, y yo coincido plenamente con su criterio. Así recibió la vida en su pecho, haciendo un esfuerzo monumental por mantener abiertos unos ojos pesados que insistían en cerrarse, para ver cómo su niña se alimentaba con su leche.
Nunca hubiera podido imaginar que lo más importante de este parto sería aquella charla con café. Ahí se tejió el vínculo que permitió que ellas construyeran la confianza en mí que más adelante necesitarían. Cuando la marea subió y tuvieron miedo de resultar arrastradas, yo sentí literalmente que sujetaba con firmeza esos lazos, afortunadamente resistentes, para remolcarlas hasta que lograron hacer pie nuevamente.
Entrañables experiencias que se van engarzando para formar un collar de perlas.
Ser miel y ser roca
Por Mercedes Campiglia
Ellos habían armado en su casa una habitación con hamacas, lianas, tapetes y un difusor de esencias que fácilmente podrían alquilar, a buen precio, como sala de partos. Pusieron un altar en la sala e incluso elaboraron atuendos para la ocasión con tela que eligieron, cortaron y cosieron por sí mismos.
Cuando llegué a su santuario estaban sonrientes y bañados en oxitocina; ella se preguntaba por qué se le ocultaba a las mujeres todo el placer que acompañaba al dolor del parto. Mientras la escuchaba, a través del bellísimo ventanal que tenía a sus espaldas, veía flotar las primeras hojas amarillas del otoño que los árboles han empezado a dejar caer de sus ramas. La belleza de los nacimientos es un secreto muy bien guardado, se le ha recubierto con toneladas de desinfectante, cientos de campos estériles y una bruma de miedo que lo han vuelto casi impenetrable. Pero cuando nos atrevemos a retirar el desagradable envoltorio descubrimos que esconde el brillo radiante de una joya.
Ella había tenido, a lo largo de su vida, tres operaciones de columna en las que le colocaron y retiraron, alternadamente, una estructura metálica que su poderoso organismo insistía en torcer. A los 15 años, cuando ni siquiera sabía si algún día querría ser madre, le anunciaron que difícilmente podría tolerar un embarazo y que un parto sería algo prácticamente imposible para su cuerpo a causa del severo problema de columna que la aquejaba.
Pero nueve meses de gestación habían transcurrido sin mayores contratiempos y ahora se complacía cantando y explorando el mundo con su cuerpo parturiento, colgada de lianas y mecida por el balanceo seductor de la música que había elegido para recibir la vida. Su compañero la acompañaba cercano, sonriente y lleno de ternura, desde su atuendo de parto, bajo el que asomaban un par de calcetines de colores. Así fueron avanzando, juntos, suave y armoniosamente.
Poco a poco llegaron todos los invitados. La primera fue Itzel Mar, su doctora, que ya había ido unas horas antes a revisar que todo estuviera en orden y alistar la tina de parto. Casi inmediatamente después de ella, Faride Schroeder, con su cámara pronta para capturar la belleza del nacimiento y compartirla con ojos que, de otro modo, jamás habrían podido atestiguarla. Un ratito más tarde Ceci, la madrina conchera, que prendió las velas del altar, guió a los padres a sembrar un cirio para el alma que se acercaba, nos dio a todos cacao con miel y tomó a su cargo el comando energético de la experiencia. Finalmente, cerquita del final, Penelope Noriega, quien llegó a encargarse de recibir al pequeño viajero que estaba recorriendo el tránsito entre dos mundos, guiado por el sonido de las conchas, el olor del incienso, la voz de sus padres y las decenas de velas encendidas en la casa.
Enmantillado nació, adentro de una tina de agua caliente en la que sus padres, abrazados, le recibieron. Cuando estaba en sus brazos Itzel retiró el velo que aún cubría su rostro para que pudiera respirara por vez primera el fresco aire de esta tierra. En el agua se encontraron, se reconocieron, se hablaron; en el agua nació también la placenta, cuando llegaron las ganas de empujarla. Su doctora la puso a flotar junto a ellos, en un recipiente con un par de flores, para que pudieran permanecer todo el tiempo que quisieran disfrutando del tibio y húmedo abrazo que sostenía sus cuerpos.
¿Qué papel tiene la doula en un parto en el que hay un par de médicas extraordinarias encargadas del bienestar de mamá y bebé, una pareja sensible y empática a cargo de la contención afectiva, una guía espiritual que se aboca a atender el componente energético y una cineasta que se asegurará de capturar y compartir la belleza de la experiencia? No lo sé... habrá que pensar en ello.
"Qué fuerza tienes" me dijo la madrina cuando nos despedimos, "la fuerza necesaria para sostener la muerte y darle paso a la vida". La frase quedó retumbando en mi cabeza. "Eres una roca, pude sostenerme en ti cuando sentí que me derrumbaba" me había dicho otra mujer a la que acompañé en un nacimiento hace unos días Afirmaciones enigmáticas, e interesantemente parecidas, que no logro aun comprender del todo; imaginarios de solidez.
Quizá cuando descendemos a los sótanos de la existencia, cuando nos lanzamos del filo de un acantilado, necesitamos además de aliento, amor y empatía, anclar firmemente una cuerda que nos permita saber que regresaremos a salvo; el tronco de un árbol viejo, un trozo de tierra firme, una piedra sólida. A veces toca ser miel, a veces abrazo, a veces conciencia y otras veces quizá también hay que ser fuerza.
Están los que tiene que estar
Por Mercedes Campiglia
Hablamos ayer. Su doula acababa de avisarles que tenía que realizarse la prueba Covid y que sabría los resultados en un par de días. Ella los había acompañado en el nacimiento de su primer hijo y con ella tomaron el curso para preparar el nacimiento de éste que sería el segundo. Faltaban dos semanas todavía para la fecha probable de parto pero la familia no quería quedarse sin un plan B, que en este caso venía siendo yo, por lo que decidieron contactarme en cuanto recibieron la noticia. A veces el destino nos susurra al oído y hay quienes están atentos para escucharle.
Acordamos esperar un par de días y, en caso de que la PCR de su doula saliera positiva, programar un encuentro para conocernos. "Una doula no se elige como un plomero" recuerdo haber dicho, "es una cuestión de piel". De cualquier forma acordé apoyarles si su bebé decidía nacer antes de nuestro encuentro, lo que parecía poco probable. "Los niños eligen misteriosamente su comité de bienvenida de manera que en el parto están los que tienen que estar", dije finalmente, no para tranquilizarla sino porque en verdad lo creo.
Cuando no habían transcurrido ni 24 horas desde nuestra breve charla, recibí un mensaje de ella avisando que había tenido unas pocas contracciones y que la fuente acababa de romperse. Cinco minutos más tarde hablamos por teléfono y me dijo que las contracciones eran de pronto frecuentes. Salí disparada hacia la ubicación que acababa de entrar a mi teléfono; sería un parto en casa y yo no tenía idea siquiera de hacia qué zona de la ciudad me dirigiría el navegador... 28 minutos para llegar.
Durante el trayecto, mientras manejaba a toda prisa, pensaba que adoro este trabajo que me obliga a estar alerta, a mantener un diálogo espontáneo y fresco con la vida. No hay manera de aprender los diálogos de antemano, se trata de una conversación casual a la que el alma simplemente responde.
La primera a la que ví al llegar fue a Itzel Mar, la única persona a la que conocía en el lugar. Ella salía hacia su auto a buscar alguna cosa y me dijo que subiera las escaleras y entrara por la puerta del lado izquierdo para encontrar a la pareja. La dilatación estaba casi completa. Mis ojos se encontraron al entrar con los enormes ojos claros abiertos como platos de un hermoso nene de un par de años que era evidentemente el hermano mayor. Lo saludé lo más amorosamente que pude y corrí escaleras arriba.
Seguí los gemidos hasta un amplio baño en el que encontré una pareja a punto de parir. Él la miraba intensa y amorosamente mientras acariciaba su espalda. No nos habíamos siquiera visto antes, una llamada de 15 minutos había permitido que ella y yo nos reconociéramos las voces. Pero no era tiempo de presentaciones, tuvimos que confiar unos en los otros de forma instantánea. Llegaron las esencias que imaginé que podían ayudarle, la música, los masajes en la espalda, los apretones y algunos susurros. Una hora y dieciocho minutos después de que se comunicaran conmigo su bebé estaba naciendo en una tina a medio llenar. Bajé a buscar agua que su doctora había puesto a calentar en la cocina y le avisé al niño de los ojos claros que ya tenía un hermano casi tan guapo como él.
Un parto bellísimo en el que, como ya es costumbre, Itzel no hizo más que reforzar la confianza de la mujer en su capacidad para parir, asegurándose de que tuviera lo necesario para sentirse cómoda y feliz. Después de cersiorarse de que mamá y bebé estaban en perfecto estado, se dió a la tarea de llenar y calentar la tina dejando que ella se encargara de parir. Recuerdo que el papá le dijo en un momento: "no te preocupes ya por el agua, sino por lo que pasa acá" y ella le contestó con una bella sonrisa que le encendió los ojos "acá todo está muy bien".
Un bebé hermoso de 3.650 kg termino de nacer una vez que la doctora liberó la circular de cordón que llevaba en el cuello. Recubierto de una sustancia fantástica que lo volvió tan resbaloso como un pez hizo el viaje a través de la pelvis de su madre como quien se resbala por un tobogán enjabonado. Guardamos la placenta, vaciamos la tina, levantamos el desorden y la fantástica pediatra Penelope Noriega, después de revisar brevemente al bebé y serciorarse de que estaba perfecto, no hizo mas que ayudarle a qué se acomodara en el pecho de su madre. Fantásticas médicas dispuestas a dejar de hacer para permitir que el crédito se lo lleven las madres.
El papá bajó entonces a buscar al hermoso niño que esperaba escaleras abajo y le preguntó si quería conocer a su hermano. Los dejamos entonces a los cuatro juntos y listos para iniciar esta nueva etapa de la vida familiar. Adoro los partos en casa!!!
La clase de escafandra que quieres a tu lado cuando vas a dar a luz
Por Mercedes Campiglia
Cuando llegué a su casa estaba, ilusionado por participar de la aventura que se avecinaba, un pequeño astronauta de fantásticos cuatro años al cual me había tocado, hace algún tiempo, ver nacer. Ayudó en todo... a llenar la tina, acomodar el equipo médico, conseguir objetos diversos y masajear la espalda de su madre con pomada para aliviar el dolor de las contracciones. En sus ratos libres se abocaba a la tarea de colorear la nave espacial de cartón que su abuela había elegido regalarle para la ocasión.
Escrito en la ventana, con muchos colores, habia un cartel de bienvenida y en la pared podía verse un montón de papelitos con frases importantes para recordar. "Ábrete cuerpo para que Vera pueda nacer" decía ella como un mantra, y su cuerpo obedeció sin repelar distendiendo tejidos y desplazando huesos para abrir paso a esta robusta nena que llegaría a sumarse a la vida famiiar.
El nacimiento ocurrió en un banco de parto colocado en la habitación más pequeña de una casa grande. Justo ahí, por ser la más cálida, en tres futones extendidos sobre el suelo se acurrucaban cada noche los miembros de esta pequeña familia a la que se sumaria la recién llegada. El parto es parte de la vida, parte de la intimidad de una familia. Parir y nacer en la habitación en la que habrás de vivir es la mejor manera de restituir la naturalidad a la experiencia del nacimiento al que hemos alejado de nuestros hogares.
105 nacimientos en casa ha atendido hasta el momento Penelope Noriega , la fantástica pediatra que nos acompañó en éste, cómo en tantos otros. Hasta el momento solo dos de los 105 niños que ha recibido fuera de los hospitales ha requerido atención hospitalaria. Las complicaciones ocurren -afortunadamente pocas veces- tanto en casa como en los hospitales. Pero cuando las cosas no salen como esperábamos al interior de las instituciones sentimos que no son imputables a lo que equivocadamente se califica como una "decisión irresponsable" y eso pacífica nuestra conciencia. Esta familia decidió acallar las voces del miedo y apostar por la confianza y el amor.
El parto en casa de mujeres saludables, atendido por profesionales capaces, con un plan claro de traslado, es una opción segura, pero no es solo eso... es la más bella de las maneras de reconocer al nacimiento como parte del flujo de la vida que corre natural y libremente por la tierra.
Me preparé con ustedes en línea y comparto desde Australia la llegada de mi bebé.......
Un parto Australiano, Argentino y Mexicano.
Apenas me enteré que estaba embarzada, estaba feliz. Pero tambien me despertaba a la mañana o después de una siesta y pensaba que tenia que atravesar el parto. Se me aparecía como algo obviamente inevitable, pero que me daba nervios, miedo, pensamientos de dolor. Asi que decidí informarme y empezar a mirar videos, a leer. Por mas de que cada parto es único e impredescible, me di cuenta que podía prepararme y crear un plan con cosas que me gustaría, modos, posiciones y demás. Llevo dos años y medio viviendo en Melbourne, Australia y con Nacho confíamos en el hospital público, el Royal Womens Hospital. Contrario a lo que hubiese pasado en Argentina, en cada visita al hopsital me atendía una partera u obstetra diferente y el día del parto era el día donde iba a conocer a mi partera u obstetra.
La experiencia en el hospital fue un lujo. A causa del COVID-19, se suspendió el curso de pre-parto y Mamá tuvo la genial idea de contactarme con Patricia, una amiga mexicana, doula, quien estaba ofreciendo el curso de preparto “Experiencia” por ZOOM a causa de COVID-19. El grupo en México se conectaba los lunes y por Australia el horario quedaba para martes.
Fue una preparación especial, donde el parto se presentó como una experiencia a atravesar y en lo posible, un momento donde yo podia sentar las bases para tener el parto que me imaginaba. Por sobre todo se hablaba de que la mujer y su cuerpo, saben parir y que era un trabajo en conjunto con el bebé. A partir de ahi el parto me emocionaba, sin saber mucho que iba a pasar, el nacimiento de Rafael iba a ser un momento único.
21/07/20
11:30 PM
Le dije a Nachito: “Yo aunque rompa bolsa termino este asadito y despues me voy al hospital”. Nos estabamos yendo a dormir, todo normal, hasta que sentí un chorro de agua que corría por mis piernas. “Chino….” le dije desde la otra punta del pasillo. “Creo que rompí bolsa…” Nos encontramos en el baño, unos nervios, un tembleque, me metí adentro de la bañadera para no manchar. Unas sonrisas nerviosas los dos. Llamamos al hospital, la partera me hizo un par de preguntas y me dijo que empiece a caminar y que la llamara en una hora… Empecé a caminar por la casa y caía el agua y arrancaban las contracciones. Ahí me subí a la pelota en el cuarto, era impresionante como se acentuaban las contracciones y empezaba el trabajo. Se espaciaban cada dos minutos, duraban un minuto. Nacho prendió un hornito con Oleo 31 y me contaba las contracciones desde la cama, mientras yo me movie arriba de la pelota. Era tal la mezcla de nervios, de emoción, de intriga, de sentimientos nuevos. Respetamos la hora, llamamos y nos hicieron ir. En el auto se hicieron mas fuertes. Cuando llegamos a Emergencia se empezaban a acentuar. Tardaron un ratito en atendernos, y tal vez era poco pero parecia mucho! Nacho me hacia presión en la espalda cada vez que venían. No tardaban mas de dos minutos en llegar. Yo me apoyaba contra la pared, metía la cabeza entre mis brazos, cerraba los ojos, le decia: “Ahi vienen ahi vienen”. Él en un segundo estaba haciéndome masajes. Me revisaron en un cuarto sin Nacho por COVID-19 y me costó muchísimo porque me dejaron pasar alrededor de seis tandas de contracciones sin él. Ya empezaba a hacer un poco de gemidos por el dolor, hasta que lo dejaron entrar. Ahi nos vino a buscar Molly, quien atendio nuestro llamado y nos fuimos a una sala en el hospital a que ella me revisara. Frenábamos a cada minuto en el pasillo por las contracciones, ella iba atendiendo en su celular a las mujeres que llamaban para contar que habían roto bolsa o que habían arrancado con contracciones. Me acostó en una cama, me hizo una evaluación y salió un montón de agua. Me dijo que estaba 4 cm dilatada y que pasaba a la sala de partos. ¡¡¡Que nervios!!! Antes de entrar me pregunto si tenía alguna idea de como me imaginaba el parto. Le dije, muy nerviosamente y ya con mucho dolor, básicamente como podia, que me imaginaba un parto activo, usando la pelota, la ducha, la bañadera y que no sabía si iba a aguantar o no, pero que no quería la epidural. La idea de un parto sin anestesia fue una idea que anduve reflexionando durante un tiempo largo. En el curso me habían contado sobre como el cuerpo y la mujer sabian parir, como era mejor evitar cualquier tipo de medicación que le llegara tanto a Rafael como a mi, y como mi recuperación iba a ser más veloz. Además, iba a poder sentir todo lo que pasara, iba a poder estar en movimiento y participar activamente del nacimiento de Rafael.
22/07/20
1:30 AM aproximadamente.
Gracias a Dios la sala de parto sólo quedaba a dos pasos, pero las parteras tardaron devuelta un poquito en llegar y a mi me parecían años. “Porque no llega nadie?” le decia a Nacho bastante desesperada. Seguro que no tardaban nada pero, ¡a mi me parecian siglos! Y llegaron Olivia y Nun, mis dos parteras de turno, fueron increíbles. Nun, una estudiante de medicina. Ahi, ya muerta de calor y con el cuerpo que hacia de las suyas, tratando de atajarle el ritmo, me habia sacado toda la ropa, y estaba arriba de la pelota, moviéndome para poder pasar las contracciones. Habiamos decidido no bajar las valijas; donde teníamos ropa, Gatorades, barritas de cereales, gomitas, todos elementos para atravesar el parto, por si nos mandaban devuelta a casa. Nacho todavia tenía que ir al auto a buscar las valijas, me daba terror el sólo pensarlo. Pero al final estuvo bueno. Antes del parto, me daba vergüenza pensar en vocalizar o de ver que era lo que mi cuerpo pedía para poder atravesar el dolor. Al tener que pasar varias tandas de contracciones sin Nacho me tuve que concentrar con todas mis energías y agarrar alguna herramienta para atravesarlas. La elegida: la voz! Apenas se fue Nacho, me dejaron pasar a la ducha y ahi estuve trabajando un rato, empecé a vocalizar. Si es que se puede decir vocalizar. Era mas bien acompañar el dolor con un ruido que me salía de adentro. Trataba de hacerlo grave porque me habian enseñado que eso me iba a ayudar. Era durísimo estar sin Nacho y empezar a experimentar las contracciones, pero el agua me hacia tan bien. Hacia sentadillas abajo del agua cuando venian, respiraba y acompañaba cada contraccion con este gemido. Y llegó Nacho, seguro que no entendió nada cuando me vio gimiendo, haciendo ruidos y con los ojos cerrados, agarrándome de la varanda del baño como si fuese lo último que me salvara. No podia perder la concentración. Nacho ahí me dejó un espacio, y estuvo más que bien. Estaba con el traje de baño puesto, listo para entrar pero siento que percibió que no nos veia a los dos ahí, yo tenia que atajarlas con todo mi cuerpo. Después me hicieron pasar a la bañadera. Me daba un miedo cambiar de posición, en eso Nacho me ayudó un montón. Sin él, nada hubiera pasado. Y fuimos a la bañadera, me pusieron una toalla en la cabecera, me acosté, Nacho sentado al lado de mi cabeza. Me agarraba la cabeza, me hacia mimitos, me tiraba agua fría, me daba agua, gatorade, todo. Siempre ahí. Respiraba conmigo, vocalizaba conmigo, gritaba conmigo. Me decía que venía muy bien. Las parteras me guiaban, y el cuerpo, impresionantemente también. Se me dió por empezar a hacer un vaivén de lado a lado para atravesar cada tanda. A veces, era tal la intensidad del movimiento de cada contracción, de lo que hacía mi cuerpo, que derrepente me quedaba sin aire, como si convulsionara. Ese era el pico, y gritaba un poco. No lo decidia yo, era lo que salia, lo que me ayudaba a expresar y sacar para afuera, y atravesar… Y Nacho y las parteras me alentaban. Cuando entré al cuarto me di cuenta de que quedaba en frente a la recepción de las parteras y graciosamente, a veces pensaba en ellas, pobres, que me estarían escuchando. El dolor obviamente que era doloroso, pero lo que más me preocupaba era el CANSANCIO. Entre contracción y contracción (o período de contracciones, porque no era una, era un set de olas) me relajaba, Nachin me ayudaba, casi que llegaba a dormirme, hasta que sentía que venia devuelta, me daba miedo, pero trataba de pensar en ir de a poco, usaba la cabeza para eso. “Ahi viene ahi viene” Primero la primera, y la que sigue, respirando, viene esta, sigue la otra y después empieza a bajar. Pensaba en Patricia, mi gran profesora de parto, en Flor, una amiga que me habia hablado de las contracciones como “intensidades”, en Mamá que tuvo siete hijos y en la epidural. A esta última no la quería ni mencionar ni gastar mucha fuerza de pensamiento en ella. Tenía que usar toda la energía para focalizarme. Y Nacho me decía que venía bárbaro, eso me alentaba tanto. La idea de tener un parto sin medicamento fue una decisión compartida, entrábamos como equipo, los dos teníamos que estar de acuerdo. En la mitad del baño me tomaban la presión, lo escuchaban a Rafael. En la mitad, o en algún momento, no lo se, me hicieron otra evaluación. Eso fue de lo peor. Acostada de costado, mojada en la cama, con las contracciones que venían, sin el calor del agua, casi que me atragantaba del dolor. Olivia, me preguntaba antes de contarme, si queria saber cuanto estaba de ditalada.
7 cm de dilatacion a las 4 AM.
Pasaba el tiempo en un reloj enorme al lado de la bañadera, no quería ni mirarlo, igual casi que no lo mire, estaba tan concentrada, todo el tiempo con los ojos cerrados, pero siempre que quería mirarlo a Nachito, el estaba ahí. Devuelta a la bañadera. Y después de un tiempo, que ya no habia mucho descanso entre contracciones, o eran tres sets seguidos, a Rafa no se le escuchaba muy bien el ritmo del corazón, me hicieron salir de la bañadera, y pasar a la cama. Después me enteré que habia estado tres horas metida en el agua…
Alentando una nueva posición, cuatro patas que no me gustó para nada, termine arrodillada agarrándome de la cabecera de la cama. Nachito siempre al lado, abria los ojos y estaba ahi. No sé cuanto tiempo pasé en esa posición. Nacho me hacía masajes en los pies, en las piernas. Le pusieron como un marcapasos a Rafa en la cabeza, se escuchaban sus latidos en todo el cuarto. Momentos duros donde me pusieron acostada para evaluarme. Y en un momento las parteras me invitaron a pujar. Cuando venia la contracción, la sensación era pujar como para ir al bano. Fue raro, una presión fuertísima que bajaba por todo mi cuerpo, pero así se hicieron mas llevaderas. Nunca escuché, pero Nacho me contó despues que estaba completamente dilatada, claramente por eso arranque a pujar. Las luces del cuarto siempre estuvieron bajísimas, creando una atmósfera de intimidad especial, y miraban el progreso con una linterna y un espejo. Al principio seguía pujando con ruido, pero le pedí a Olivia que me guíe. Me dijo que el sonido me sacaba fuerza, que pruebe respirar, contener y pujar con todas mis fuerzas. Pujamos arrodillados, pujamos en cuclillas, de ambos costados con una pata levantada. Ahi Nachin me agarraba de la mano y me apoyaba en el para hacer fuerza y pujar. Pujamos un ratazo largo largo, puje tanto y con tanta fuerza que al final del parto me quedaron pequitas de sangre por toda la cara. Digo “pujamos” porque eramos Rafael, Nacho y yo, un trabajo en equipo. Después de un tiempo, vino la jefa de las parteras y me recomendó que hiciésemos una episotomía. Siempre preguntando, sugiriendo. Diciéndome todos que ya estaba ahi, que faltaba poco, que Rafael ya llegaba. Mientras preparaban todo, seguia pujando, con fuerzas renovadas asi tal vez, podia evitar la intervención. Me palpaban el perineo y me lo abrian de a poco, como para ir estirandolo. Nacho me invitó a rezar y rezamos un poquito agarrados de la mano. A la epidural nunca me la ofrecieron y nunca la pedi. Seguían los latidos de Rafa y pensaba en lo que cansado que el seguro tambien debia de estar ahi adentro. Vino una obstertra e hizo la episotomía, me dijo que me podía doler…Ni me la acuerdo, un pinchacito, lo que sea para que llegue Rafael que seguia tardando pero que estaba cada vez más cerca. Yo transpiraba ya por todos lados de la fuerza. Y como el corazón de Rafael se empezaba a cansar, empezaron a entrar más médicos. A esta parte no me la acuerdo mucho, pero Nacho me dijo que la sala se convirtió en un estadio donde aparecieron mas obstetras para mirar, aconsejar y hacer. En mis momentos de descanso, los médicos se presentaban con su nombre y me pedian permiso para verme pujar. Agarrada a una palanca y a la mano de Nacho mientras él me agarraba de una pierna para ayduarme a hacer fuerza, di los ulitmos pujes. No tenía mas fuerza pero igual, me pedían que puje, y yo pujaba. Esta vez me aconsejaron que pujara más despacito , y salió la cabeza… pero se le trabaron los hombritos!! Médicos y parteras me sostuvieron y mientras pujaba, lo empujaron a Rafael también presionando mi panza. Ya no escuchaba mucho los latidos de Rafael, no se si era el cansancio del trabajo o la inevitabilidad del momento o no escucharlo y le dije a Nacho: “Que lo saquen ya!!!” Pobre Nacho, que miraba todo, que podia hacer el!! Lo mas importante es que se quedo al lado mio… Y…..SALIO!!!!!
6:45 AM
Todo calentito, pegajoso, chiquito, amoroso. Me lo pusieron arriba de la panza. A esos ojitos que me miraban desde la panza, con un llanto amoroso y tembloroso y las manitos que iban para todos lados, no me lo olvido mas. Hola Rafael!!! Me presente: soy Elisa tu mamá, el es Nacho tu papá, te queremos mucho Rafael, te estabamos esperando…
Despues de una hora, donde Nacho cortó el cordón, me cosieron y estuvimos en contacto piel con piel con Rafael, me levanté de la cama y me fui a bañar, como si nada hubiera pasado. Nos fuimos los tres, Nacho con las valijas, yo empujando a nuestro tesorito en su carrito, caminando victoriosos al cuarto de recuperación. Volvería a repetirlo todo devuelta…
Corazón de mangle
Por Mercedes Campiglia
Estuvimos una noche entera en su casa... mi rebozo pasó de sus caderas a mi espalda cuando la madrugada llegó esa hora cerca del amanecer en que la noche se congela. "¿Te toca velar muy seguido?" Me preguntó él mientras jugueteaba con uno de los dos gatos que ya habían examinado atentamente mi maleta y mis intenciones hasta concederme su confianza. "A los bebés les gusta nacer de noche" contesté.
Pero no nació de noche Julia, rompió el alba y nos encontró tomando té con galletas de miel y dormitando tirados en los sillones de la casa entre una contracción y otra... por más posiciones, jalones y meneadas, el útero no terminaba de regularizar su marcha.
Su médico la citó en el hospital y ya no pude seguirles en este último paraje que recorrieron en tierras estériles y asépticas. Julia terminó llegando al mundo, unas horas más tarde, a través de un tajo abierto a las carreras en el vientre de su madre. Su médico marcó mi teléfono ya dentro del quirófano para que la ayudara a relajarse porque estaba aterrada. La placenta se había desprendido minutos antes ¡Qué tiempos más extraños! Yo la miraba llorando y trataba de que mi mirada viajara a través de la pantalla para posarse al lado de su cabeza. Trataba de abrazarla con palabras cálidas que la arroparan mientras temblaba de frío y de miedo.
Nació su nena, llegó a su pecho, les mandé un beso y corté la llamada para que pudieran disfrutar del encuentro entre los que de verdad estaban. Qué retos nos plante este tiempo enrarecido en que los corazones han tenido que extender sus ramas para llegar a enlazarse con los otros, a pesar de la distancia, como se extienden las raíces de los árboles para beber el agua formando manglares.
La luna y el vientre
Por Mercedes Campiglia
Luna llena. Yo no lo sabía pero me enteré cuando los partos empezaron a atropellarse. Hace tiempo un muy querido amigo astrónomo me sugirió que hiciéramos un proyecto para corroborar si era estadísticamente cierto esto de que los partos se relacionaban con la luna. Nunca concretamos la iniciativa pero yo personalmente estoy convencida de que existe una relación oculta entre la redondez del astro y los vientres abultados de las embarazadas.
Estaba pendiente de una mujer que había iniciado contracciones hacía 10 horas, con todo listo para salir a su encuentro y esperando solo una última llamada, cuando escuché la suave voz de Itzel Marr anunciándome que estaba en la casa de otra de las mujeres que darían a luz en estos primeros días de agosto, inflando la tina y preparándolo todo para un nacimiento que pensaba que ocurriría pronto. Tomé la maleta que estaba lista para el otro parto, subí al coche y me dirigí a toda prisa a este nacimiento del que no tenía noticia de que hubiera arrancado, mientras veía entrar a mi celular los mensajes de la otra pareja avisando que las contracciones empezaban a ser fuertes y regulares.
Afortunadamente la vida me ha llevado al mejor de los equipos. Mientras conducía a toda prisa por la autopista siguiendo las indicaciones del Waze, logré contactar Guadalupe Trueba que se ofreció para acompañar a la pareja mientras yo me desocupaba. Ella, a su vez, contactó a Patricia Ochoa para pedirle que la supliera en la clase que tenía que impartir esa noche, quien contactó a Ana Maza para solicitarle apoyo logístico. 10 minutos, todos los planes cambiados, todos los flancos cubiertos. Una revolución ocurre cuando un parto arranca, así es siempre. La mente se muestra resistente a desordenarse pero cada vez que sus planes se derrumban resulta evidente que la vida es mejor que cualquier cosa que podamos planear.
El primer parto al que llegué era el segundo de una pareja a la que había acompañado antes y en cuyo proceso estuve íntimamente involucrada; era uno de esos nacimientos que sencillamente no me podía perder. Ella había pujado a su primer hijo rodeada de varones expertos que le daban indicaciones haciéndola sentir incapaz de vérselas con su cuerpo. Había tenido que librar una auténtica batalla interior y manifiesta hasta llegar a este momento, un parto en casa rodeado de mujeres: Itzel Mar y Penelope Antonieta Noriega Zapata a su cuidado.
Armó un refugio personalísimo con una manta tirada en el suelo y una película de su infancia corriendo como telón de fondo de sus movimientos de gata. Pidió agua primero y luego tierra hasta que encontró el modo de negociar con sus músculos, sus huesos y sus emociones sin que nadie le ordenara nada. Salió este niño de su cuerpo rompiendo todos sus miedos y liberándola de antiguos grilletes y fantasmas. En la habitación en la que dio a luz a su segundo hijo había una placa en honor a la desobediencia. Y así fue su nacimiento, desobediente ante las voces que intentaron a gritos amedrentarla cuando decidió que su cuerpo le pertenecía. Su compañero estuvo esta vez a su lado, solidario, absolutamente respetuoso y empático, acompañándola, amándola.
Ayudé a ordenar algunas cosas, les di un beso y salí a encontrar a la otra pareja que iba rumbo al hospital al cuidado de Guadalupe Trueba. Ella era perfecta para este segundo parto que estaría a cargo de su entrañable amigo y compañero, Ramon Celaya Barrera. Cuando la revisaron nos encontramos con la noticia de que tenía apenas dos centímetros de dilatación, contracciones que no terminaban de regularizarse y un bebé en posición posterior... supusimos que tendríamos un largo camino por delante, pensamos también que no podría haber dos doulas en un momento como éste en el que unos pocos hospitales permiten a gatas las entradas de una.
Pero, como dije, la vida tiene sus propios planes. Una manteada, un médico sabio, la apertura de una institución con la que hemos trabajado de forma cercana, el Sanatorio Durango y un golpe de buena fortuna acomodaron las cosas para que cuatro horas más tarde estuviéramos recibiendo a este bebé que nació en una sala llena de amor: Sus dos padres, dos doulas, dos ginecólogos porque Ramon Celaya Barrera se acompañó de la increíble Laura Bello, dos pediatras amigos de la familia y algunas enfermeras.
Me tenía reservada el destino la sorpresa de acompañar en un mismo día dos fantásticos nacimientos, uno de ellos al lado de quienes han sido mis dos grandes maestros en este camino, los que abrieron para mí las puertas de la atención humanizada. En verdad no conviene aferrarse a los planes porque la vida está llena de sorpresas que son siempre infinitamente superiores a nuestra idea limitada de lo que la realidad debería ser.
Un nacimiento inolvidable
Por Mercedes Campiglia
La vida es verdaderamente sorprendente; no hay manera de amodorrarse en ella porque de una sacudida te espabila y te levanta. Se elaboró un plan de parto para este nacimiento; ocurriría en un hospital porque ella había tenido varias pérdidas antes de lograr el embarazo, padecía además de un problema de coagulación y había sufrido una perforación uterina por cuestiones que no viene al caso explicar en este relato. Habíamos acordado con su médico, sin embargo, avanzar lo más posible en casa. Las contracciones no tardaron en regularizarse así que me fui a verla unas pocas horas después de que hubieran empezado y la encontré metida en la tina de su cuarto con enormes ganas de pujar:
- "Debemos prepararnos para salir al hospital".
- "No creo que sea capaz de levantarme".
Le pedí que me dejara ver entre sus piernas y cuando las separó encontré un mechón de pelo que me hizo saber que no podríamos ir a ninguna parte: "Está por nacer, avisa al médico", alcancé a decirle al padre.
Salió la cabeza y mis manos estuvieron ahí para sostenerla mientras corrían por mi mente todas las imágenes de tantas otras manos que había visto recibir niños bajo el agua. "No debe salir la cabeza al aire hasta que el cuerpo haya terminado de nacer" apareció como un relámpago en mi cabeza. "Esperemos a que rote", creo haber dicho, y sentí como esa cabecita grasosa y pequeña giraba entre mis mis palmas... El cuerpo no salió de inmediato y mis dedos hicieron los movimientos que alguna suerte de memoria misteriosamente, impregnada en sus yemas, les dictaron. Recorrieron el cuello en busca de una circular de cordón, la encontraron, la sujetaron firmemente y la deslizaron través de la cabeza liberando el cuerpo que terminó entonces por nacer.
"La bebé al pecho de su madre, mantenerlos calientes es lo más importante"; lo he dicho cientos de veces y ahora simplemente las manos se encargaban de hacer lo que la lengua había repetido en tantas ocasiones. Mis dedos constataron, el cordón bombeara sangre: "Nacen con su propio tanque de oxígeno, qué alivio". No lloraba. Sé que no todos los bebés lloran al nacer, especialmente después de un parto sencillo, pero ésta nena estaba, por azares del destino, a mi cargo.
El ginecólogo venía en camino, no había pediatra. Las sequé muy bien y nos mudamos a la cama. Mis manos manotearon el teléfono y marcaron. Necesitábamos una voz autorizada para que nuestros corazones recuperaran el ritmo. ¡Qué inmensa alegría tener a quien llamar! ¡Qué inmensa alegría contar, entre los contactos, con los datos de aquellos en cuyas manos pondrías sin dudar la más preciada de las vidas! Llamé y contestaron, solidarios, calmos, empáticos, los compañeros de siempre, con los que hemos caminado tantos nacimientos lado a lado. Nunca podré agradecer lo suficiente que recibieran mi llamada a pesar de estar fuera de la ciudad descansando, que nos dijeran que todo estaba en orden después de una primer consulta express por videollamada, que encontraran quién pudiera apoyarnos a pesar de que tenían otros dos nacimientos en curso y todos los equipos ocupados. Respiramos. "¿Tienen un calefactor a mano?" Afortunadamente había uno en el que fuimos calentando mantas para mantener tibias a la niña y a la madre.
Media hora más tarde llegaron los ginecólogos a recibir la placenta, misma que los padres sembraron en una maceta unos días más tarde para que después de haber alimentado a su hija, nutriera ahora una nueva vida. Entraron a la habitación sonrientes y relajados, dándole la bienvenida a lo inesperado en lugar de fingir que podían comandar al mundo. Nos sentamos alrededor de la cama de la familia a charlar y esperar que llegara la pediatra, a la que le tomó un par de horas recorrer la ciudad. Mientras tanto yo aprovechaba para darle a ella una sobadita en las piernas, no sé bien si para relajarla o para relajarme.
Esta niña no estaba dispuesta a que su llegada pasara inadvertida y, como la realidad anda tan escandalosa en estos tiempos, ella se puso a tono y decidió hacer una entrada triunfal en nuestras vidas.
De pronóstico reservado
Por Guadalupe Trueba
Un parto de pronóstico reservado, fluyó increíble gracias a la “reboceada” de Mercedes, la actitud de total colaboración de la mamá, el amor y entusiasmo del papá y un equipo fenomenal conformado por el genio del Dr. Ramon Celaya y de la Dra. Ana Laura Bello.
El Universo se confabuló para que lo que se pronosticaba como un parto muuuuy largo y difícil, se convirtiera en uno de esos ejemplos en los que la naturaleza decide contribuir.
Tras 15 horas de haber iniciado contracciones la realidad al llegar al hospital era que el cuello del útero tenía dos centímetros de dilatación, estaba posterior y el bebé estaba posterior también. Un escenario no era muy favorable que digamos; sabíamos que nos esperaba una noche y madrugada de trabajo sin la certeza de que ello fuera suficiente para que el bebé se acomodara para nacer. Pero con ayuda de los movimientos, masajes en el abdomen y manteadas, realizados por Mercedes, la siguiente exploración del doc Celaya una hora más tarde nos sorprendió gratamente a todos. Dilatación de cinco centímetros y sugerencia de romper membranas para saber cómo estaba el líquido amniótico. Nuevamente el Universo se confabuló porque a escasos instantes de introducir el amniotomo, se rompieron espontáneamente mostrando un líquido claro que todos celebramos. En la siguiente exploración se rechazó el labio anterior del cuello, el bebé iba girando y acomodando su cabecita para nacer.
La mamá aceptaba toooodo y realizando cuanto se sugería hasta que logró empujar a su bebé para conocer este mundo. Con sus pujos en cuclillas logró acomodarlo en la posición adecuada para nacer. Aún no sabían si era niño o niña…
Cuando la fatiga se hizo evidente durante el pujo le ofrecí un Gatorade para que tuviera mas energía y se lo bebió casi completo poco antes de que naciera la belleza de criatura. Los latidos de su corazón hasta poco antes de nacer eran más que confiables para seguir en el camino. Y el doc. Celaya -con la sabiduría que le distingue- guió un expulsivo perfecto para que no hubiera laceración alguna en sus genitales.
Bebé en perfecto estado de salud al nacer que fue colocado piel con piel con su mamá... un papá conmocionado que decía una y otra vez que no habían palabras para describir lo que estaba presenciando.
Tiempo total desde la llegada al hospital hasta el nacimiento cuatro horas!!! Algo que parecía imposible lograr.
¿Y cómo terminamos después de este hermoso y revelador nacimiento? Abrazándonos y festejando la vida. No hay forma de detener la felicidad de un nacimiento así... con o sin COVID
El Universo es tan poderoso que todos los implicados en este parto, si bien cuidamos y nos cuidamos... sabemos de corazón y por intuición, que estaremos bien y saludables para seguir en el camino de promover el parto fisiológico que sorprende y además confirma que lo que es es y lo que no, pues no.
Yo no puedo dormir... es mucha la emoción y gratitud con la vida y la profesión que me ha elegido. La oxitocina es gruesa... se trasmite... se derrama para cada uno de quienes estuvimos presentes en el nacimiento de Lucas y atestiguamos la felicidad de Claudia y Rodrigo.
Un nacimiento inesperado
Por Guadalupe Trueba
Cómo me habrá visto Paula de cansada que al despedirme de ella me dijo mirándome a los ojos con inmensa pena “perdóname por todos los jalones”. Y es que para apoyar en el parto hay que poner el cuerpo además de amor, pasión, entrega, compasión y kilos y kilos de fuerza física para sostener, jalar, cargar cuando la mamá te extiende los brazos y te mira para que vocalices con ella, para que la sostengas si sube, si baja, se inclina o se te deja caer peso completo.
Manolo también dijo lo suyo “vas a necesitar un spa para mañana”. Pero nada… la oxitocina que se derrama para todos los que estamos presentes, hace de las suyas, y al día siguiente lo único que sentía era una paz y alegría inmensas por haber dado todo y haber tenido el privilegio de apoyar con lo que pude.
Tenía más de 18 meses sin acompañar partos -a mis 72 años no es fácil renunciar a esta sublime experiencia- pero así lo había decidido después de 4 décadas y más de 2500 partos.
El llamado de Mercedes esa mañana me sacudió y a la vez me llenó de alegría “querida me vas a suplir en el parto que recién inició”.
Llegué a un hogar que emanaba alegría, entusiasmo y una inmensa confianza por como el trabajo de parto progresaba, lento pero seguro, mientras Itzel escuchaba los latidos del corazón de Danna.
La tina de agua caliente -como suele ocurrir- daba el alivio al dolor que Paula requería. Por momentos se iba a la cama y el descanso entre almohadas que se colocaba en todos los puntos que necesitaban apoyo parecían aliviarla y permitirle un descanso del intenso trabajo.
Los masajes fueron llegando desde los pies, piernas, caderas y espalda con la pomada de Doña Queta. Pero nada aliviaba más que las caricias y besos de su compañero que se fueron convirtiendo en voces de “tu puedes… lo estás haciendo increíble… síguele… sí así…”.
La pelvis se abría como podía para dar cabida a una nena que pesó cuatro kilos 250 gramos.
Vocalizó y todos con ella… gritó y todos con ella… hasta que con fortaleza y decisión dijo “yo ya me voy… yo ya me quiero ir…yo ya no puedo más aquí”. Si bien ya llevaba pujando más de dos horas, estaba ante un parto desafiante y no podemos dejar de escuchar los deseos -que son derechos- de la mujer en cuanto a la forma en que desea ser apoyada para finalizar la intensa tarea.
El traslado al hospital tomó 10 minutos, la Dra. Itzel revisó nuevamente el ritmo del corazón de Danna y después de un bloqueo muy suave que le permitió a Paula pujar en cuclillas, sobre el banco de parto y con una fuerza impresionante, apareció buena parte de su cabecita por la vulva. De ahí, y como es natural que ocurra, viene la felicidad extrema, el abrazo y el descanso.
Gracias Paula, Manolo, Itzel, Penelope, Faride, Nuri por haberme recibido en el equipo.
Avanzar en casa
Por Mercedes Campiglia
Cerca de las 6:00 AM sonó el teléfono y me despertó de un profundo sueño que rayaba con la pesadilla, uno de esos sueños de los que agradeces despertar. Yo no sabía siquiera que las contracciones habían empezado y ahora la voz de un hombre, que me costó reconocer en medio del sopor que caracteriza el tránsito entre el mundo de la vigilia y el de los sueños, me ponía al tanto de que el proceso estaba avanzando rápidamente.
Salté de la cama a la ducha, preparé un té y salí hacia su casa cuando los pájaros empezaban a cantar. Segundo bebé, no podíamos esperar demasiado pero el plan era avanzar en casa la mayor parte antes de desplazarnos hacia el hospital que habían elegido para el nacimiento. En estos tiempos hacer el menor uso posible de las instituciones de salud se ha vuelto prioritario; su médico estaba de acuerdo así que estuvimos en comunicación para definir juntos el momento del traslado.
La casa estaba en penumbras; olía a sueño y sábanas revueltas. Algunos globos y carteles daban cuenta de que una niña había cumplido 4 años hacía unos días. En estos tiempos las fiestas no pueden tener invitados por lo que los padres las llenan de serpentinas para volverlas, a pesar de todo, alegres. Las contracciones eran intensas y se atropellaban unas con otras, definitivamente estábamos de parto.
Todos sabíamos que faltaba poco para que este bebé naciera pero los abuelos que cuidarían a la niña de los flamantes 4 años vivían realmente lejos, así que tardaron en llegar. Era importante esperarlos, la familia había guardado un riguroso encierro de dos semanas para asegurarse de que el encuentro fuera seguro; no habían siquiera salido a sacar la basura durante todo ese tiempo para evitar contactos. Y una madre no puede dedicarse en paz a dar a luz a su segundo hijo si no deja satisfactoriamente despachado al primero.
En cuanto los abuelos llegaron y ella supo que su niña era feliz pudimos salir. Las ganas de pujar se volvieron incontenibles en un trayecto en el que su marido, que no perdió el aplomo ni por un instante, condujo más civizadamente de lo que yo lo habría hecho. Mientras tanto, en el asiento trasero ella negociaba con su hijo: "espera un poquito mi amor, ya casi llegamos, lo estamos logrando".
Los médicos sabían que el nacimiento estaba cerca así que cuando llegamos nos esperaban en la puerta. Tenían la tina lista para que ella se metiera pero no logró más que apoyarse en el borde; el único que terminó disfrutando el agua tibia fue su esposo, que entró para ayudarla a dar ese paso que ya no fue posible. Estando de pie dijo: "aquí va a nacer" y vimos asomar la cabeza de Emanuel, todavía dentro del saco de líquido amniótico, entre sus piernas.
Fue un nacimiento perfecto, el médico puso sus manos simplemente para sostener al bebé y entregárselo a los padres. No había un pediatra en ese instante pero no se requería ser neonatólogo para saber que el niño estaba perfecto. Un abrazo largo siguió al nacimiento. No hubo prisas ni interrupciones, todos simplemente conmovidos nos sentamos a contemplar su encuentro.
Y así esta cuarentena interminable trajo otro más de estos nacimientos de mujeres poderosas que han aprovechado la coyuntura para apropiarse de sus cuerpos y sus partos.