Por Mercedes Campiglia

Una doctora a la que respeto profundamente me dijo la siguiente frase que nunca olvidaré: “El parto humanizado no se compra, se construye”. Considero que esta es una afirmación particularmente potente y por ello se la pedí prestada para escribir un texto que hable del equívoco que con frecuencia lleva a confundir el parto humanizado con una suerte de spa del nacimiento. 

En una sociedad en la que estamos acostumbrados a pagar por servicios diversos, puede suceder que las mujeres embarazadas que recorren ávidas las tiendas de productos para bebés, incluyan en su lista de preparativos para el parto el conseguir una doula o contratar un nacimiento en agua. Cada vez es más frecuente recibir llamadas de quienes buscan esta clase de servicios comparando unos profesionales con otros en función de sus credenciales, sus años de experiencia, sus honorarios… sin siquiera conocer a las personas de la cuales solicitan la atención: “Quiero una doula”… una cualquiera.

Cuando la solicitud de acompañamiento al parto se plantea en estos términos resulta inevitable sentir una suerte de incomodidad. ¿Qué es lo que ocurre? ¿No es acaso un servicio lo que la doula o el médico ofrecen? Quizá el problema radica en el hecho de que en esta clase de aproximación al tema el carácter de sujeto de los involucrados pasa a un segundo plano y lo que queda en el centro es el servicio que ofrecen; lo cual está completamente desviado del criterio fundamental del que parte la atención humanizada. 

La doula no llega al parto con una varita mágica que reduce el índice de cesáreas, trabaja a partir del vínculo que con cada mujer construye y por ello su trabajo es artesanal, no serializado. Sin vínculo no hay nada por hacer y una vez que el vínculo se establece, el resto es accesorio… el masaje, el uso del rebozo, la aromaterapia. El vínculo puede perfectamente construirse con alguien a quien se conoce en el momento mismo del nacimiento, pero requiere necesariamente del reconocimiento de esos dos, entre sí, como sujetos. La noción de contratación de un servicio es completamente opuesta a este principio vinculante; la doula, la partera, el médico hacen un trabajo por el cual ciertamente cobran pero si se trata de profesionales comprometidos, no lo hacen por lo que cobran; su motor es otro y el vínculo que construyan con aquel para el que trabajan será determinante para obtener buenos resultados. 

Mientras quienes se atienden en hospitales públicos aceptan la atención que el proveedor de salud les quiera ofrecer puesto que “no están pagando” por ella, las mujeres que se atienden en instituciones privadas se colocan en la posición de consumidoras que recorren las vitrinas de la vasta oferta del mercado de la salud. Tanto una premisa como la otra están equivocadas porque parten del principio erróneo de entender la salud como mercancía. Ni la atención que el sector público brinda es gratuita pues la pagamos entre todos ni la atención privada es un servicio que la consumidora contrata como si eligiera paquetes vacacionales. 

La atención de la salud en nuestra sociedad pareciera estar cada vez más claramente colocada en el terreno de los servicios y las mercancías cuando se trata de uno de los derechos básicos que el Estado debería garantizar a todos los ciudadanos. En el ámbito de la atención del nacimiento, el parto humanizado es percibido como una suerte de artículo de lujo que responde a las necesidades de algunas embarazadas privilegiadas que buscan experiencias “esotéricas” cuando no comprende otra cosa que el ejercicio de una medicina basada en evidencia en la que se reconozca la centralidad de la mujer en el evento del nacimiento de sus hijos. Todas las mujeres deberían tener acceso a este tipo de atención porque es la más segura para ellas y para sus hijos.

El nacimiento humanizado no es un artículo de lujo, un parto VIP que contratan quienes pueden permitirse ese lujo, es un derecho de las mujeres que como sociedad debemos defender. Debemos exigir que la atención del nacimiento esté alineada con los criterios de la Norma Oficial de nuestro país y que brinde a las mujeres y sus hijos un cuidado adecuado. No se contrata, se construye, con esfuerzo, reconociendo y honrando la humanidad de todos los que formamos parte de la poderosa y transformadora experiencia del nacimiento.