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Por Mercedes Campiglia

Tengo que escribir con urgencia este texto porque me quema en los dedos la necesidad de compartir la experiencia de un parto muy reciente… El nacimiento del que voy a contarles no es más que un pretexto para abordar un tema del que quiero hablar hace tiempo. ¿Qué es lo que se debe “lograr” en un parto? ¿Qué es un éxito y qué un fracaso? 

La historia de este parto entró, desde mi perspectiva, en la categoría de éxito rotundo. Un equipo de médicos impresionantes que trabajó en armonía con los padres, las enfermeras y conmigo, la doula, durante 17 horas. Una mujer segura y valiente, un padre dispuesto a volcarse por completo en la tarea de acompañarla, un equipo sensible que supo “entonar” con la frecuencia de esa madre y un bebé rosado y hermoso que se quedó en sus brazos... Me fui esa noche a casa con el corazón satisfecho. 

El plan original para este nacimiento era tener un parto en al que la mujer pudiera decidir lo que quería y los demás estuviéramos preparados para proveerlo, y eso fue exactamente lo que sucedió. Después un largo rato de contracciones muy intensas y cuando el bebé estaba a punto de nacer, ella pidió un bloqueo. Ya ni los masajes, ni las caricias, ni la música, ni la aromaterapia, ni los rebozos, ni el agua caliente de la tina, ni la noticia de que estaba por nacer su bebé, ni siquiera el contacto de sus dedos en la cabeza que asomaba podían conformarla. Cuando dijo que si no le ponían anestesia no iba a poder pujar, su médico la hizo salir de la tina y le aplicó el bloqueo en un banquito de parto para hacerlo de la forma en que fuera menos molesto para ella. Una vez con la anestesia, como había prometido, se puso a pujar con todo y a los 10 minutos nació su hijo… perfecto y hermoso, que fue colocado de inmediato en su pecho.

Cuando la llamé al día siguiente para ver cómo se sentía su respuesta fue “me quedé con las ganas de un parto en agua, me gustaría haberlo logrado”. Creo que en ese preciso instante vinieron a mi memoria una catarata de escenas similares en las que me había quedado una sensación extraña de vacío. Vinieron a mi recuerdo mujeres con partos maravillosos que se dirigían al quirófano con ojos llorosos porque la frecuencia cardiaca de sus bebés se había alterado, mujeres que se sentían fracasadas por haber pedido un bloqueo, mujeres que de una u otra forma sintieron que habían fallado… No puedo negar que cuando esto ocurre, yo siento que algo falló en mí también. ¿Qué es entonces lo que hay que lograr en el parto? ¿Qué hay que demostrar? ¿A quién?

Después de haber acompañado algunos nacimientos, ésta es mi mirada… El parto no es una carrera en la que el objetivo es llegar a la meta, se parece más bien a un bufet maravilloso, lleno de cosas buenas. En el parto paladeamos sabores nuevos y extraordinarios; el de nuestra fuerza interior que hasta entonces nos era desconocida, el del amor incondicional de los que nos acompañan y lloran con nuestro llanto, el de la fuerza de la vida que se abre paso y el de la maternidad que se despliega como las alas de una mariposa que sale de su capullo… Paladeamos la extraña combinación entre el más intenso de los dolores y la más concentrada de las alegrías. El parto es en verdad maravilloso, tanto que hay quienes hemos quedado completamente embriagados por su elixir y no podemos más que vivir sumergidos en él. Salir de esta mesa tan ricamente servida, lamentando que no hubiera cacahuates me parece una tristeza. Y ahí es donde siento que está mi falla…

Estoy enamorada del nacimiento y cada vez que una mujer siente que lo que la hace exitosa o fracasada tiene que ver con lograr un parto sin anestesia, o en el agua o en la casa, siento que algo falló en mi capacidad para transmitir lo verdaderamente importante… así que este texto es un nuevo intento; espero que llegue a oídos dispuestos a escucharlo. 

Parir es abandonarse en las aguas de un océano grande y poderoso que nos trasciende, y una vez pasada la marea, sentarse a contemplar a dónde nos ha llevado su oleaje. El parto está fuera de todo intento de control y domesticación, es un acto único y arrollador, una oportunidad de mirar el mundo con ojos nuevos.  La mujer necesita un entorno contenido, seguro, amoroso y digno que le permita entregarse con confianza al oleaje de su vientre. ¿Qué habría entonces que lograr? Entregarse simplemente lo es todo.

En mi balance no es más exitoso un parto sin bloqueo que uno en el que la madre fue anestesiada. No es más exitosa la mujer que tuvo un parto en agua que la que enfrentó una cesárea. Qué se lleva uno del parto es lo importante. Yo me quedo con todas las horas en que hemos trabajado juntos al ritmo de sus vientres, con las risas y los llantos compartidos. Con el apoyo incondicional de los hombres capaces de hacer literalmente cualquier cosa, desde dar un beso en el momento preciso hasta arreglar las tuberías de un hospital entero, para que sus mujeres se sientan amadas. Me quedo con los buenos médicos que sujetan la mano de las mujeres cuando se sienten perdidas, que les dicen las palabras precisas que hacen que los nacimientos avancen. Me quedo con sus cabezas sumergidas en mis rebozos, con el balanceo, con el canto y las habitaciones embriagadas de olor a mandarina y vida. Me quedo con el llanto de los esposos cuando reciben a su hijo en brazos, con su asombro al cortar los cordones. Me quedo con la mirada atenta de los niños en los pechos de sus madres, con el carácter único e irrepetible de ese primer encuentro en el que los padres miran a su bebé para reconocerlo, sus brazos, sus piernas, sus dedos. Me quedo con la felicidad de las familias que desfilan por las salas de espera y las habitaciones de los hospitales haciendo del nacimiento una fiesta. Me quedo con todo!!! En mi balance, todo nacimiento respetado es un éxito.